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jueves, 13 de mayo de 2010

EL ATOLONDRADO MUNDO DE DANIELA GOLDMAN


Me llamo Daniela Goldman, tengo doce años y soy judía. Esos son mis datos básicos. Mi familia es ortodoxa, pero he decidido que yo no lo seré, razón por la que a escondidas  como cerdo y  a la carne le pongo queso, ambos alimentos en un mismo plato.

Una de las razones por las que he decidido no ser muy ortodoxa en la práctica de mi religión es el chico Ricardo Arteaga. Es divino. Cierto que no es muy aplicado en los estudios, pero no lo necesita. Es arrogante y vanidoso, y cuando le preguntan algo en clase y no sabe la respuesta (cosa que ocurre con muchísima frecuencia), no se deja que lo hagan sentir bruto. Siempre responde con voz muy firme la razón por la cual no sabe lo que le han preguntado, o simplemente comienza a inventarse algo con tal seguridad que, de no ser por la cara de espanto de los profes, todos pensaríamos que esa sería la respuesta correcta.

Es muy lindo, pero en relidad es feíto. Se parece a un actor que a mi mamá le gusta mucho, un tal Steve McQueen. Es rubio, pero con el pelo muy rizado y reseco. Lo lleva muy corto. Su nariz es ancha y aplastada y sus ojos verdes. Le gusta mucho el deporte y se las arregla muy bien en las carreras de cien metros. Toca guitarra y, por cierto, es católico, pero tampoco es muy ortodoxo con su religión. Como yo.

Tengo una perra coquer spaniel, color caramelo. Se llama Lola, pero Elías, mi hermano mayor, la llama LALO-CA. O cuando la tropieza adrede, se diculpa con ella en tono burlón diciéndole LOLA-MENTO. A mí no megusta que la llame así  porque sé que ella lo entiende todo (comprende muy bien nuestro idioma) y se resiente, pero mientras más se lo protesto, pues, Elías más lo hace. Debe tener la cabeza llena de leche condensada o de chocolate derretido. Lola, en cambio, es educada y no se hace sus gracias en casa, sino en el jardín. Me costó mucho hacerla aprender, pero lo logré.

Además de Elías, tengo otra hermana llamada Raquel. Ella estudia quinto año. Elías, tercero, y yo apenas acabo de entar al primero de bachillerato. De mis profesores, el preferido es Eduardo López. Él nos da biología, pero sus clases no son para nada aburridas. Siempre trata de enlazar los conocimientos de su clase con cosas de la vida real. Por ejemplo, nos explica que esa locura que estamos sintiendo ahora las chicas por los chicos, y viceversa, es gracias a una explosión de hormonas en nuestros cuerpos. Cuando dice cosas así, todos nos reímos mucho, pero le prestamos muchísima atención.

En enero la profesora de matemáticas, Matilde, salió de permiso prenatal y en su lugar llegó la profesora Laura. Es la profesora más bonita de todo el liceo y creo que todas nosotras queremos ser como ella cuando seamos más grandes. Es morena, con la piel color canela. Sus cejas son espesas y gruesas, pero combinan muy bien con sus tupidas y largas pestañas. Su abundante pelo lacio que muchas de nosotras consideraríamos infernalmente aburrido, luce estupendamente bien gracias al corte que ella ha sabido escoger. Es menudita y muy delgada, pero su cuerpo está muy bien proporcionado y luce bien tanto en falda como en pantalones. Cuando usa falda, por lo general se pone botines, lo que le da un aspecto aún más juvenil al de su verdadera edad. Es divorciada y tiene una hija como de cuatro o cinco años. Se llama Jeniffer, digo, la hija.

El profesor Eduardo se va a casar a finales de año. No conocemos a su novia, pero sabemos que se llama Alicia y que trabaja como enfermera. De vez en cuando nos contaba algo de ella y nos informaba sobre algún detalle de sus planes de boda. Se le notaba a leguas que la quería mucho y de verdad. Pero a los pocos días de comenzar a darnos clases la profesora Laura, el profesor Eduardo dejó de hablarnos de su novia. De esto nos dimos cuenta después, cuando comenzaron a pasar cosas extrañas.

Al comienzo veíamos a los profes Laura y Eduardo hablar durante los recreos, pero en grupo, acompañados de otros profesores. Pero al poco tiempo comenzaron a andar ellos dos solos. Se sentaban en algún banquito y charlaban. Parecía que se la pasaban muy bien juntos, pero poco a poco las cosas cambiaron. Apenas si se reían y parecían hablar de cosas muy serias. Y mientras él le hablaba, ella bajaba la cabeza mientras dejaba que sus manos juguetearan con su pelo o con su falda. Y cuando sonaba el timbre que ponía fin al receso, ellos continuaban allí sentados, como si alguna fuerza muy grande les impidiera levantarse de sus asientos.

Una de nosotras logró averiguar que el señor que pasaba a recoger a la profesora Laura a la salida de clases en un carro muy elegante, era un alto ejecutivo de Petroleos de Venezuela. Supusimos que era su novio, ya que no era tan viejo como para ser su papá. Y tampoco nos hubiéramos creído que la profesora Laura hubiera dejado que su papá la pasara recogiendo a la salida de clases.

Un día Andrea, una de mis compañeras de clase, vio algo que no podíamos creer y que nos hizo comprender muchas cosas. Ella pidió permiso para ir al baño (una pésima costumbre que tiene desde la primaria) y en el camino logró ver a la profe Laura con el profe Eduardo medio ocultos entre los arbustos del jardín. A Andrea le paració extraño y, oculta tras una columna, se quedó un rato observándolos. De pronto él se inclinó y la besó en los labios. Andrea, sin haber ido aún al baño, se devolvió corriendo al aula de clase. Para nada, porque no nos pudo contar nada hasta que terminó la clase.

Al comienzo no le creímos: eran profesores y ambos tenían novio y novia. Pero ya era notorio que se pasaban el recreo juntos, siempre hablándose  con extrema seriedad.

A los pocos días yo misma vi como el profe le agarraba la mano a la profe en pleno recreo. Ella la liberó rápidamente, llevándosela al pelo, como tratando de disimular la osadía de su compañero. El profe la miraba de forma extraña. La miraba con dolor.

A los pocos días, Gabriela los encontró solos en la seccional del liceo y según ella, estaban agarrados de la mano. Gabriela se devolvió unos pasos, dejó caer unos libros al piso para hacer mucho ruido y luego entró a la seccional. Eso les pemitió a los profes separar sus manos y sus cuerpos.

Roraima fue otra que los encontró un día besándose en un rincón de la biblioteca. Ya nosotras andabamos por el liceo muy asustadas, ya que no sabíamos en que lugar podíamos llegar y encontrarnos a los tortolitos en plena faena amorosa.

Me dolía mucho lo que el profe le hacía a su novia. Lo hubiera entendido de otro profe, pero no de él.

Un día que mamá le prestó el carro a mi hernana Raquel, ella montó en el auto a por lo menos cincuenta de sus amigas. Yo iba absolutamente aplastada y no sé como fue que no morí asfixiada. Apenas todas lograron acomodar sus enormes caderas y prominentes senos, comenzaron a hablar de los profe Laura y Eduardo. ¡Ellas también estaban al tanto del romance! Entonces mi hermana, que siempre quiere saberselas todas, comentó que ella pensaba que ese par no se había ido aún a la cama y que por eso andaban por allí besándose como chiquillos.

Yo nunca había pensado en mis profes en la cama. Era una posibilidad, es verdad, pero jamás había pensado en eso. Y aunque me duela admitirlo, tuve que darle la razón a mi hermana: seguro que no se habían acostado ... aún.

Apenas llegué a casa llamé por teléfono a mis amiguitas y les comenté la conversación de las amigas de mi hermana. Aquello fue una verdadera  bomba, ya que pensábamos que solo nosotras sabíamos del romance entre los profesores.

Un día el profesor Eduardo llegó a clases con una carpetica amarilla. Intentó disimularla entre sus papeles de clase, pero todas nos dimos cuenta de qué se trataba: eran los manuscritos de su libro.

Hacía como ocho meses atrás el profe nos había mostrado copia de ese manuscrito, ya que lo iba a llevar a una casa editorial muy conocida. Después de un par de meses, nos comentó muy contento que habían aprobado su publicación. Era un libro de cuentos.

Cuando diecisiete niñas nos ponemos a detallar a un profesor, podemos hasta adivinar sus pensamientos. No nos costó nada descubrir que aquella carpetica era una copia de su libro que aún no había salido de imprenta, y supimos sus intenciones: darselo a leer a su a su nuevo amorsito, la profe Laura.

No vayan a creer que toda esta historia me hizo olvidar al chico Ricardo, tan lindo él. Las cosas iban bien, o al menos eso era lo que yo me imaginaba. A veces lo descubría mirándome en clase. Pero eso le molestaba mucho, digo, sentirse descubierto. Yo disumulaba y me hacía la desentendida.

Es increíble, pero apenas salimos de clase los chicos desaparecen, como si la tierra se los tragara. Una nunca se los encuentra en el automercado haciendo compras con sus mamás, ni en las tiendas, ni en las librerías, ni en las plazas, ni siquiera en las calles. Creo que todos andan peleados con el mundo entero y se ocultan de él, y solo confían y se sienten bien entre ellos mismos. Lo digo por Elías, mi hermano. Cuando le preguntamos que cómo está, invariablemente responde "perfecto". Aunque venga con la camisa rota a pedazos, con raspones en los codos o con la nariz partida, para él siempre todo está perfecto. Nunca ayuda para nada en la casa, ni siquiera con el jardín, que es cosa de hombres. Y si papá lo obliga a pasar la podadora de césped, entonces entra a la cocina cada dos minutos a tomar agua, aunque en realidad lo que busca es que estemos descuidados para robarse una cerveza. Ya lo pescaron una vez medio borracho y papá lo castigo muy duro, pero parece que a Elías no le importan mucho los castigos. Para mí, que terminará siendo un delicuente juvenil. Bueno, en cierta forma ya lo es. Mamá le descubrió una vez que había vendido el reproductor de VHS que él tenía en su cuarto. Con el dinero se compró un taco para jugar pool. ¿Se imaginan lo tarado que es? Pues papá y mamá lo obligaron a deshacer la venta del VHS y a que devolviera el dinero al comprador con el dinero de su mesada.

Sólo una vez me conseguí a Ricardo en la plaza. Yo andaba paseando a Lolita. Andrea iba conmigo. Entonces llegó Ricardo. Andaba solo, montando bicicleta. Me preguntó por la raza de Lola. Me dijo que él tenía un doberman, un verdadero salvaje, y que si su perro veía a mi perrita, seguro que la aprisionaba entre sus mandíbulas hasta matarla. Me advirtió que en estos casos él no podría hacer mucho, ya que el doberman entraba en una especie de trance de furia y ya no obedecía a nadie. Yo le escuché en silencio. Estaba tan contenta de verlo y tan emocionada de que me hablara, que no me dio tiempo a molestarme por la retahíla de idioteces que me dijo.

Los chicos tampoco parecían muy interesados en el idilio entre los profes Laura y Eduardo. Creo que su atención se concentraba únicamente en tratar de desnudar con la mirada a la profe Laura. Y cuando los chicos andan en eso, no son capaces de ver ni a un dinosaurio, aunque les camine frente a sus narices.

Cada día sentíamos más lástima por la pobre señorita Alicia, a quien sin haberla conocido nunca, sabíamos que su futuro matrimonio y felicidad estaban en pico'e zamuro. A veces odié con todas mi alma a la profe Laura. Odié su encantadora cara, sus hermosos vestidos, su glamorosa forma de caminar. Si no se hubiera atravesado en la vida del profe Eduardo, él continuaría amando a la señorita Alicia y sólo pensaría en casarse con ella y en hacerla feliz, como lo había hecho hasta hacía pocos meses. Pero también sabía que el profe Eduardo no era sólo una víctima de los encantos de la profe Laura. Hubiera podido resistirse a esa loca atracción y mirar hacia otro lado. Pero no, en su lugar se dejó embaucar por las linduras de la profe y se dejó arrastrar como si fuera un hombre libre de compromisos y ella, una señora libre. Ambos eran unos mentirosos y unos traidores.

Una semana después de haber visto al profe Eduardo con el manucristo de su libro, vimos a la profe Laura llevarlo en sus manos. Mientras nosotros resolvíamos larguísimos problemas de polinomios y de despeje de ecuaciones, ella aprovecha para leer el manuscrito. Lo leía con imponente seriedad, y se notaba que repasaba una y otra vez cada palabra, ya que tardaba como una hora en pasar de una página a la otra.

Durante esos días, ellos continuaban hablándose durante los recesos. Mientras conversaban, ella acariciaba el manuscrito con tal devoción que parecía que se tratara de una extensión del cuerpo del porfe Eduardo. Por lo general era él quien hablaba, mientras ella inclinaba la cabeza y miraba distraídamente hacia los lados o hacia el piso. A veces lo miraba y su cabeza dibujaba un gesto de negación a las palabras de su compañero. Me di cuenta de que ella también sufría, y por un momento mi desprecio por ellos desapareció y sentí mucha tristeza.

En ese momento decidí que nunca le sería infiel a nadie, a ningún hombre, ya fuera mi novio o mi esposo. Y si alguna vez sentía algo por otro hombre, se lo confesaría en el acto, para que él me protegiera de mis malos pensamientos. Eso haría.

Aunque ustedes no lo crean, hay muchas cosas que ya he decidido en mi vida. Como ya les dije, he decidido que no seré una judía ortodoxa como lo son mis padres, y dejaré incluso que mis hijos celebren la navidad. Aún no he decidido si seré arqueóloga o biologa marina, pero ya pronto lo haré. No he decidido a que edad exactamente me casaré, pero será entre los veinticinco y los treinta años. Antes seré muy joven, y después de esa edad, un poquito viejita. He decidido dejar que mis hijos tengan mascotas, y también decidí que no los andaré regañando por todo, en especial por el desorden de sus cuartos.

Andrea y María Fernanda son las únicas que saben lo que siento por Ricardo. Ellas sí saben guardar un secreto, cosa que muy pocos saben hacer. María Fernanda es una ilusa y está enamorada del profe Tom, un joven irlandés que nos da clases de inglés. Ella no necesita asistir a esa materia, ya que cuando niña vivió con sus padres un par de años en Kingstone, Inglaterra, pero aún así no falta ni a una sola clase.

El último sábado de mayo celebramos la Verbena Anual Profondos para mejoras del colegio. Son estupendas porque podemos ir vestidas como querramos y podemos llevar patines o pelotas para jugar. Las bicicletas no están permitidas. Las pasamos muy bien ya que comemos como cerdas durante todo el día y tomamos jugos y gaseosas hasta reventarnos. La verbena está organizada por los padres, quienes llevan comida, ensaladas, postres y jugos. También contratan juegos como competencias de tiro al blanco o arneses para escalar muros. Los alumnos debemos ayudar aistiendo a los representantes durante un par de horas, pero esto también es divertido.

Este año Andrea, María Fernanda, Gabriela y yo organizamos una pequeña pista de baile animada por un equipo de sonido portátil. La idea era que los bailarines concursaran y el mejor se llavaba la tercera parte de la colecta. El resto sería para el colegio. Pero fue un rotundo fracaso. Aunque arrastrábamos a los chicos a nuestra pequeña pista, ninguno se animaba a bailar, menos cundo le decíamos que debían pagar. Todas nos ofrecimos a bailar con ellos, pero ninguno se animo. Son imbéciles no de nacimiento, sino desde que sus padres eran novios. Preferían irse al tiro al blanco en donde estaba una muchacha en traje de baño sentada en una silla que colgaba en el aire sobre una pequeña alberca de agua. Si el lanzador acertaba a darle en el centro al  pasador que activaba el mecanismo del juego, la chica caía repentinamente al agua. Como no era fácil acertar, por lo general la chica siempre estaba distraída al momento de caer, por lo que invariablemente pegaba un grito. Hasta nosotras nos animamos a disparar nuestras pelotas contra el pasador, pero aunque acertamos un par de veces, no lo hicimos con suficiente fuerza.

Decidimos cerrar nuestra fracasada pista de baile y nos fuimos a patinar al patio central  del colegio. En eso, todas nos quedamos de una sola pieza. Vimos al profesor paseando por entre los kioskos, tomado de la mano de una hermosa chica. Sin duda, era la señorita Alicia. Sin pensarlo dos veces, me dirigí hacia ellos, con tal ímpetud que no logré frenar a tiempo y me estrellé contra el profe. Como no tenía nada qué decirle ni qué preguntarle, me inventé que me había hecho daño en el tobillo. Se inclinó, movió mi pie de un lado a otro, y en algún momento pegué un pequeño quejido, para disimular, pero le dije que no era nada. La chica era muy blanca, de pelo castaño claro, casi rubio. Sus ojos eran grises oscuros. Era una belleza y me complació que no tuviera nada que envidiarle a la profe Laura en ese sentido. Sin embargo, con el alboroto de mi supuesta caída, el profe Eduardo no me presentó a su acompañante, el cual había sido el objetivo de mi treta.

Patinamos hasta que nos cansamos. Pero yo no podía dejar de pensar en la señorita Alicia, y en los profes Laura y Eduardo. La profesora Laura, por ejemplo, no había asistido a la verbena, cosa muy extraña ya que todos los profesores participaban de ella, incluso los suplentes. ¿Había ocurrido algo que le impidiera venir? ¿Habrían discutido ella y el profe Eduardo? Por otra parte, ¿por qué el profe Eduardo había llevado a su prometida al colegio? ¿Acaso la usaba para darle celos a la profe Laura? ¿O acaso la señorita Alicia había sospechado algo raro con respecto a su prometido y había ido a visitarlo para que supieran que era ella la quien mandaba en ese juego? Todo aquello era muy raro.

Yo estaba muy alterada y no sabía si estaba muy contenta o muy triste. Era como si estuviera apunto de que me pasara algo muy importante y yo me sentía absolutamente capaz de afrontarlo. Tal vez fuera el inclemente sol, tal vez el endiablado y humedo calor de mayo, tal vez los veloces latidos de mi corazón que impulsaban litros de sangre por segundo a mi cabeza, pero en aquel momento me sentí dispuesta a todo. Fue entonces cuando se me ocurrió acercarme a Ricardo y a pedirle que patinara conmigo. Era ahora o nunca, y todo se había vuelto tan repentinamente importante para mí que no podía quedarme sentada esperando a que las cosas pasaran.

María Fernanda y Andrea me escucharon horrorizadas cuando les conté mis intenciones. Gabriela me miró en silencio. Decidí no escucharlas y me fui a buscar a Ricardo. Lo encontré a orillas de la cancha de basket sentado en un  banco, junto a dos chicos más. Patiné con firmeza hacia ellos, aunque no sabía exactamente qué haría al llegar.

Me planté frente a él y le dije:

- ¿Puedo patinar con ustedes, Ricardo?

Todos se quedaron en silencio. Ricardo intercambio rapidísimas miradas con sus amiguetes. Luego, burlón, me respondió:

- ¡Ni lo sueñes!

Me quedé mirándolos en silencio. Sentía como la cara se me encendia y casi me quemaba. Lo peor es que sabía que ellos notarían mi reacción. Di media vuelta y me fui. Antes de alejarme lo suficiente logré escuchar que Ricardo se mofaba de mi nariz judía. Entonces quise quitarme el patín y estrellárselo en la cara. Mis amigas andaban más o menos cerca y me reuní con ellas. No les comenté nada, pero sabía que lo había visto todo. Me miraban de reojo, pero sin decir palabra. Entonces Gabriela hizo algo que no debió hacer: en un gesto de lástima, puso su mano sobre mi hombro. Entonces comencé a llorar y sabía que ya no pararía en mucho rato. Había perdido el control, así que me alejé de ellas y me fui hacia el borde del patio. Luego busqué el pasillo de los laboratorios que era uno de los pocos sitios que estaba sin gente. A la entrada de una de las aulas, había unos pupitres. Me senté en uno de ellos y le di rienda suelta a mi llanto.

Vi de reojo vi que alguien mayor se acercaba a mí. Pensé que sería algún profesor o algún bedel, ya que los baños de profesores andaban muy cerca de donde yo me encontraba. Lo que no me imaginé nunca es que fuera el profe Eduardo.

- ¿Qué te pasa, Daniela?
- Nada.
- Nadie llora así por nada, ¿qué te ocurre, te golpeaste?
- Nada. No me he golpeado.
- ¿Te peleaste con tus amiguitas?
- No, no.
-Entonces, ¿es por un chico?

Me molestó que hubiera acertado, y me molestó no poder negárselo. Al contrario, mi llanto cobró más fuerza y me impedía mover la boca. Creo que se asustó un poco, ya que tomó uno de los pupitres y se sentó frente a mí.

- Cálmate. Esas cosas nos pasan a todos. Y los primeros golpes suelen ser los más duros. Pero apenas eres una chiquilla, ya tendrás tiempo de aprender y de encontrar al chico indicado.

Mientras más me hablaba, más lloraba. Entre lágrimas, lo miraba con furia. Mi cabeza no podía pensar, sólo sentir. Quería hablarle, gritarle, pedirle que me dejara en paz, pero no me salían las palabras. Finalmente, no sé de dónde, me salió un hilo de voz:

- Odio a los hombres. Los odiaré siempre. Ya lo he decidido. Todos son unos patanes.

En su rostro se dibujo una sonrisa condecendiente. Me dijo:
- No nos juzgues a todo por uno solo.
- Todos son iguales - , le volví a confirmar. Ahora podía hablar, pero sabía que no podría controlar lo que diría. Era como si hubiera enloquecido.
- Fijese en usted mismo... - le dije, pero el llanto me impidió terminar la frase.
- ¿Qué pasa conmigo?- me preguntó, repentinamente serio.
- ¿Por qué le hace eso a su novia? ¿Por qué si no puede dejar en paz a la profesora Laura, por qué al menos no termina con su novia Alicia?

El profe Eduardo se quedó en silencio. Estaba pálido.

- Usted no tiene edad para entender estas cosas, señorita-, me dijo. Había comenzado la frase con un tono autoritario, pero en el camino rectificó y la terminó en un tono casi de confidencia-. La vida es muy complicada, muy enrededada.
- Y solo porque está confundido, ¿tiene que andar por todas partes besando a la señorita Laura y mostrándole su libro?
- Tú no puedes entender esas cosas aún.
- No necesito entender nada para comprender muy bien lo que usted está haciendo-, le dije. De verdad que no podía parar. Ni siquiera me daba cuenta de que le hablaba a un profesor, que muy bien podía levantarse y expulsarme durante una semana entera por indisciplina e irrspeto.
- Ambos estamos muy confundidos, pero no hemos hecho nada malo, ni lo haremos. Ya eso lo hemos discutido.
- No podrá dejar a la profe Laura. Se ve que la quiere mucho-. Yo ya casi había dejado de llorar, ya que esta historia también me interesaba mucho.
- No sé si la quiero, pero sí, me costará dejarla. Por eso ella renunció ayer. Ya nunca más la veré.
- ¿Renunció? ¿Por su culpa? Bueno, no por su culpa, digo, ¿renunció por usted?
- Sí, ayer.
- ¿Y siempre se va a casar con la señorita Alicia?
- Nunca pensé en dejarla plantada, eso nunca estuvo en discusión.
- ¿La ama?
- Daniela, creo que ya hemos hablado más de la cuenta sobre este tema.
- Sí, claro, profe.
- ¿Ya estás tranquila?
- Mucho. Temía que fuera a abandonar a su novia... - pero el profe me cortó.
- Daniela, Daniela, no me refiero a eso. Pregunto si ya estás más tranquila de tu llanten.
- Sí, claro. Ya estoy más tranquila.

Estuvimos un ratito más sentaditos en silencio. Luego él se levanto y se despidió. Dijo que ya había dejado a la señorita Alicia demasiado tiempo sola e iría a reunirse con ella.

Mientras estuvimos en silencio, temí que me preguntara que quién más sabía lo de él con la profe Laura, o que me hiciera prometer que no le diría nada a nadie. Pero no lo hizo. Eso me gustó.

A los pocos minutos de irse, me levanté. Busqué la salida del liceo y me fui a patinar sola, por allí. Estaba triste, pero a la vez muy contenta. Nunca comenté a mis amigas la conversación que había tenido con el profe Eduardo. Me gusta impulsarme con las piernas y dejarme luego desplazar sobre mis patines con las piernas muy firmes. Me gusta esa vibración en todo mi cuerpo. De pronto vi un colibrí revoloteando entre las flores. Me acerqué lo más cautelosamente que pude, y lo asusté. Cada vez que veo un colibrí, no puedo evitar asustarlo.

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Publicado en el libro "Japi berdei tu yu", Playco Editores Publicaciones. Primera Edición 2002. Segunda Edición 2007. Premio "Narrativa Juvenil Salvador Garmendia", edición 2002. Este libro podrá conseguirlo en las más importantes librerías del país. Para mayor información, favor comunicarse a los teléfonos 0212-2354736 y 0212-2372764.
Este relato está protegido por las leyes de Derechos de Autor año 2000. Su reproducción total o parcial deberá hacerse bajo estricta autorización escrita del autor o de la casa editorial.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

No se lo cuentes a nadie, por fa

No se lo cuentes a nadie, por fa


Susana se apartó bruscamente de él, llorando. Acababa de decirle que estaba embarazada. Carlos no supo qué responder y se mantuvo callado. Susana dio, furiosa y desesperada, un zapatazo en el suelo y se marchó. Ambos estaban en un rincón de las gradas de la piscina, solos. sin embargo, algunos los miraban desde lejos, tras la cerca. Era la hora del receso y todos andaban fuera de clases.
Carlos buscó a Javier y le contó todo en cámara rápida.
- ¿Y qué vas a hacer?
- Lo que haya que hacer. No voy a dejarla sola en esto - le respondió Carlos. Dicho esto, ambos corrieron a sus respectivas aulas de clase. Estaban retrasados.
Carlos en realidad no tenía idea de nada. Sabía que apoyaría a Susana en todo lo que hubiera que apoyarla, lo cual significaba que tal vez debía prepararse para casarse con ella y tener al bebé. Pero si decidían no tener al bebé, él igualmente la apoyaría para abortar. En ese caso, debía buscar el dinero necesario.
A la salida de clases se fue a la entrada principal del liceo a esperar a Susana. Esperaba que estuviera más calmada y pudieran hablar mejor. Pero Susana se había marchado a su casa después del receso de las once de la mañana. Eso se lo dijo Lorena, una de las compañera de clase de Susana.
Carlos llamó Susana a su casa, pero aún no había llegado. Según su mamá, la señora Mercedes, Susy aún estaba en clases.
Carlos sabía que las cosas no estaban para perder tiempo, así que desde ese mismo teléfono público se puso en contacto con su tío Omar, quien era apenas unos seis años mayor que él, y ya trabajaba y estudiaba en la universidad.
Se reunieron en el cafetín de Macro, donde Omar trabajaba como asistente de compras. Cuando Carlos le contó, Omar reaccionó más como un tío que como un amigo:
- Pero, ¿se te volvió agua el cerebro? ¿En qué carajo andabas pensando, tarado? ¿Tienes idea de la dimensión del peo en el que andas metido?
- Sí - respondió, sin apartar la mirada del vaso de limonada que aún se estaba tomando.
- Imagino que si me vienes con el cuento es porque no le has nada aún ni Mario ni a tu mamá, ¿no es así?
- No, no se lo he contado a nadie. Pero es que apenas me enteré esta mañana, como a las once.
- ¿Y qué quieres de mí?
- Necesito saber cuánto cuesta un aborto.
- Mucha plata. Como un millón.
- ¡Un millón! - exclamó Carlos, abriendo los ojos de tal forma que parecía se le iban a salir.
- Más o menos, quizás más, quizás un poco menos. Déjame averiguar. ¿Cuando vas a hablar con tus padres?
- Tal vez no les diga nada y necesito me des tu palabra que tampoco lo harás sin mi autorización.
- Eso no te lo puedo prometer. Déjame ver como van pasando las cosas y veremos.
- No te preocupes, haremos las cosas bien. Estoy dispuesto a casarme con ella. O si no, la ayudaré con lo del aborto.
- ¿Qué edad tiene la niñita esa, Susana?
- En noviembre cumple dieciseis.
- Es decir, dentro de ocho meses. La carajita tiene quince años, tarado. Es una menor. Si no nos movemos bien, terminarás pudriéndote en la cárcel, o casado como un imbécil.
- Yo quiero casarme con Susana. De verdad que la amo y me quiero casar con ella. Todo esto no viene sino a adelantar las cosas.
- Carlos, métete esto en tu cabezota: tú-no-te-puedes-casar. Aún eres menor de edad, ni te has graduado de bachiller, ni nunca has movido un dedo para ganarte un puto bolívar, ni nadie va a darle trabajo a un comemoco como tú, ¿me explico? ¿Puedes entender eso? No hay nada que puedan hacer para salir de este problema sin la ayuda de sus padres. Te doy tiempo para que tú mismo te convenzas.
- Tío, comprendo muy bien todo eso, pero, ¿no podrías prestarme ese dinero? Te lo pagaré con intereses.
- Escucha, peazo'e pendejo, pero escúchame bien. Yo no gano esa cantidad ni entres meses de trabajo, así que no la tengo. Todo lo que gano se me va en pagar la universidad y el carrito ese que me compré. Pero si tuviera esa plata, ni sueñes con que te la daría para hagas sabes dios qué estupidez. ¿Has comprendido bien?
Carlos se arrepintió profundamente de haber hablado con su tío Omar. Sin embargo, antes de despedirse, Omar se lo llevó a un telecajero, sacó cincuenta mil bolívares y se los dio. Le dijo que comprara una nueva tarjeta telefónica y que lo mantuviera informado de la situación, sobre todo después de haber hablado con Susana.
Y eso era lo que realmente Carlos necesitaba: hablar con Susana y analizar juntos la situación. Además, era importante que le advirtiera a ella que no hablara aún con sus padres, aunque comprendía cada vez más que Omar tenía razón: sería difícil salir de ésta sin el apoyo de los papás.
Eran casi las cuatro de la tarde cuando volvió a llamar por teléfono a Susana. Atendió Francys, su hermanita. Le dijo que Susana había estado en casa pero que había salido casi inmediatamente después de almorzar. No sabía a dónde había ido. Carlos le pidió que al verla, le dijera que él quería hablar con ella, pero sabía que era un ruego inútil, ya que ni bajo tortura china Francys daría jamás un mensaje para su hermana ni para nadie. La niña era un desastre para esas cosas.
Carlos tomó un taxi hacia Colinas de Bello Monte, rumbo a su casa. Encontró a Carla, su hermana menor, escuchando a Link in Park a toda mecha, por lo que supuso que aún no habían llegado sus papás. Respondiendo a su pregunta, Carla le dijo que salvo Javier, nadie más lo había llamado en todo el día.
Respondió la llamada a Javier y le informó que aún no había podido hablar con Susana. Quedaron en verse en una hora.
Luego de darse una ducha, Carlos hizo un recorrido por sus cosas, inventariando sus objetos de más valor y de fácil venta. La bicicleta, el discman, un viejo reproductor VHS, treinta CD's. Eso era todo lo que podía vender, y no llegaría ni a cien mil bolívares. Bajó al estudio y anotó en una libretica el reproductor DVD, pero tampoco sería mucho lo que le darían por él. Pensó en las joyas de su mamá. Recordó su famoso collar de perlas y un prendedor de oro con incrustaciones de esmeraldas, del cual ella siempre decía que valía una fortuna. También estaba el reloj de Mario, su papá, un Rolex de platino. Pero no se lo quitaba ni para dormir. Tampoco su cadena de cochano. «Viejos avaros y desconfiados», pensó Carlos. Pero tampoco hubiera sabido a quien venderle un reloj o alguna de las joyas de su mamá, además, seguro se lo comprarían por una bagatela. Recordó la chequera. Su papá la llevaba siempre en su maletín. Ya antes había imitado su firma para la entrega de algunos boletines de notas, o alguna nota de reprimenda del liceo. Todos se la habían tragado, y en verdad que era una buena imitación. Pero Carlos mismo no podría cobrar los cheques ya que era menor de edad. Tenía que buscar a un adulto para sacar más de un millón de bolívares. Un millón cien mil, esa sería la cifra, para darle cien mil bolívares al que fuera cobrar el cheque. Pero, ¿quién demonios podría ser esa persona?
Apenas llegó donde Javier, se lo propuso:
- ¿Y cuando lo conformen? - preguntó Javier-. Allí se darán cuenta de todo y me meterán preso. Ni de vaina. Búscate a otro.
Carlos no había pensado en eso, en lo de la conformación del cheque. «Malditos desconfiados banqueros», pensó.
- Diremos que es para pagar una nómina. Esos tipos respetan mucho lo de las nóminas.
- Déjate de vainas, Carlos. Que me ponen preso y la cosa se va a complicar. No estoy para esos peos.
- Lo haremos por montos pequeños, de cien mil bolívares cada uno. Once cheques de cien mil bolívares. Tú te quedas con cien mil.
- Déjate de vainas. No quiero ir preso. Ni quiero tu plata. Además, ¿vas a falsificar once cheques? Estás frito, mi pana. Requete-contra-archi-frito.
Carlos tuvo que admitir para sí mismo que Javier tenía razón. La idea no era muy buena que se dijera.
Después de unos minutos de pesado silencio, Javier pensó en el repartidor de periódicos. Era un tipo medio idiota, pero mayor de edad. Y haría cualquier cosa por cien mil bolívares.
- Tal vez haya que ofrecerle algo más - advirtió Javier.
Ahora sólo faltaba que hubiera dinero en esa cuenta. Nunca había dinero en ningún lado, al menos eso era lo que su papá siempre decía. Pero Carlos sabía que en la cuenta del banco Provincial siempre había dinero. Es decir, si había dinero en alguna parte, sería en esa cuenta.
Por si ese plan fallaba, le dijo a Javier que estaba vendiendo su bicicleta, el VHS, el discman y un reproductor DVD. Lo encargó de venderlos al mejor precio posible.
A las seis de la tarde volvió a llamar a Susana. Le respondió la señora Mercedes, la mamá de Susana. Le dijo que estaba dormida. Por el tono amable de la señora se notaba que aún no estaba enterada de lo del embarazo de su hija. Le dijo que la llamaría nuevamente como a las nueve de la noche.
Al salir de casa de Javier se dio cuenta de que no tenía nada qué hacer hasta las nueve de la noche, cuando había previsto llamar nuevamente a Susana. Sin embargo, no quería regresar a su casa. Tomó un taxi y pidió que lo llevaran hasta Sabana Grande.
Tenía que organizar sus ideas. Primero que nada, debía reunir el maldito millón de bolívares. Quería brindarle a Susana la suficiente libertad para que pudiera escoger entre el matrimonio o el aborto. Pero sin el dinero no estaba en posición de ofrecer nada. En el fondo sabía que ella le diría que quería tener al bebé y que se casarían. Carlos tendría un millón de bolívares en su bolsillo, y con eso arrancarían su vida. Ninguno de los dos dejarían de estudiar. Lo harían por la noche, en liceos públicos. Y luego irían a la Universidad. Ella quería estudiar Idiomas, y él, Ingeniería. «Todo se puede hacer en las noches», pensó Carlos. Trabajarían como burros durante el día y estudiarían como bestias en las noches. Se turnarían para atender al bebé. Con el tiempo, cuando le hubieran demostrados a sus padres su determinación de seguir adelante, quizás ellos, sus padres, se decidieran a ayudarlos y se ofrecieran a cuidar al bebé. Entonces, con su apoyo, todo sería más fácil. Pero si nunca los apoyaban, no importaba. Ellos igual seguirían adelante. Se graduarían muy jóvenes y comenzarían a trabajar en sus respectivas carreras. Ya el bebé tendría unos seis o siete años. Se compraría una moto para sacarlo a pasear en las tardes. Comerían helados, a escondidas, para que mamá Susana no los regañara durante la cena. No sé por qué, pero esa idea de salir a comer helados a escondidas lo hacía muy feliz. Dentro de todo, Carlos se dio cuenta de que era feliz.
Eran casi las ocho de la noche y recordó que aún no había llamado ni una sola vez al tío Omar. Hizo una cola enorme frente a un teléfono público y lo llamó:
- ¿Dónde diablos andabas metido? - ese fue su amistoso saludo.
- Ya estoy resolviendo las cosas, Omar. Todo saldrá bien - le dijo, tranquilizándolo, como si quien estuviera en problemas fuera el tío y no él.
- ¿Ya hablaron?
- ¿Cómo?
- Que si ya hablaste con Susana.
- No, aún no.
- ¿No? ¿Y eso?
- Está dormida, pero la llamaré a las nueve.
- Quiero hablar contigo mañana, ¿de acuerdo? En mi casa mañana a las nueve.
- OK.
- Sin falta. Pero avísame hoy cuando ya hayas hablado con Susana, ¿okey?
- OK.
Aprovechó su turno al teléfono y llamó a su casa. Atendió Carla. Le dijo que no tenía llamadas, pero vaya usted a saber. Le pidió le dijera a sus papás que andaba en Sabana Grande con Javier, y que no sabía a qué hora iba a llegar. Como sus dos llamadas habían sido muy breves, hizo una tercera conexión.
- Ya te tengo vendida la bicicleta y el DVD. A nadie le interesa el VHS ni el discman - le informó Javier.
Apenas se alejó del teléfono público, cayó en cuenta de que no había comido nada desde el desayuno. No hizo más que pensarlo cuando ya sentía que se moría de hambre. Entró a un McDonald's. Estaba atestado. Al ver tanta gente junta, Carlos pensó que uno se siente más solo en sitios así, en donde todos andan acompañados y parecen ser muy felices. Le hubiera gustado estar allí con Susana. La extrañó mucho en ese momento. La imaginó a ella buscando una mesa mientras él hacía el pedido. Luego comerían juntos, en silencio. O simplemente comentarían lo ricas que estaban las papitas fritas. O le robaría un par de sorbos de su nesté, bajo la protesta de ella, avariciosa como ella sola con sus bebidas. Se sintió muy solo. Tenía hambre, es verdad, pero también tenía frío. Sus manos temblaban. Tenía miedo. Su vida estaba a punto de cambiar de una forma tal que apenas podía imaginarla. Y sintió que ÉL ya no era ÉL. Como si estuviera viendo una película en la que el protagonista era alguien como él, con su mismo nombre, su misma casa, sus mismos padres, su misma novia, pero que en realidad no era él. ¿O era un sueño? Se sintió en medio de un sueño, o de una pesadilla. Ya se despertaría en su cama, llamaría a Susana por teléfono y ella se reiría de esa loca alucinación suya en la que iba de un lado a otro dentro de su cabeza planeando un matrimonio o un aborto. Le dio un par de mordiscos a la hamburguesa, pero apenas si pudo tragarla. Vaya que sí tenía hambre, pero no podía tragar nada. Abandonó su plato sobre la mesa y salió casi corriendo buscando la salida. Llegó a la calle y comenzó a caminar. Le gustó sentirme perdido y arrastrado en medio de aquel río de gente.
No sabía de donde le había venido la idea de que necesitaba un trago. En su vida apenas si había probado licor, pero en ese momento tenía un irresistible deseo de tomarse un buen trago. Buscó un bar.
Pidió un gintonic sin que nadie repara en su edad. Era alto y algo corpulento, ya que antes había hecho mucha gimnasia y había nadado mucho y sus musculos se desarrollaron muy bien, así que, ayudado por la penumbra del bar no tuvo problemas en hacerse pasar por mayor. Se bebió el primer trago de un solo jalón, como un vaquero sediento. Pidió otro.
En el bar había parejas, pero también había hombres y mujeres que hablaban entre ellos, sin formar parejas. Había otros hombres que andaban solos, igual que Carlos. Le pareció que eran muy machos y que tras su aparente soledad debía haber una gran historia de amor, como la de él en aquel momento. Engolando la voz, pidió al barman le diera la hora. Eran las ocho y cuarenta y cinco. Igualmente le informó que al lado de los baños había un teléfono público, pero que no sabía si estaba funcionando. Cuando intentó levantarse de su banqueta frente a la barra para ir a buscar el teléfono público, casi se cae. Estaba mareado y apenas si podía sostenerse en pie. Se apoyó sobre la barra, respiró hondo y comenzó a caminar.
Le atendió la señora Mercedes:
- No, no está, Carlos. Fue al cine. Pensé que andaban juntos.
- Si, bueno, habíamos quedado en ir al cine pero luego tuve que cancelarlo - le costaba pronunciar las erres.
- ¿Cómo? Y si no fue contigo, ¿entonces con quién anda?
- Con sus amigas. Señora Mercedes, discúlpeme, pero la estoy llamando de un celular y ya no puedo seguir hablando. Muchas gracias. Hasta luego.
Colgó. Le ponía nervioso hablar con esa señora.
Susana debía estar con Gabriela, pensó Carlos.
Aprovechó su visita al teléfono y llamó a Omar.
- ¿Aún no han hablado?
- Ya hablaremos, Omar. Lo que ahora tenemos es tiempo para hablar. Ese no es el problema.
- ¿Dónde estás?
- En un celular. Debo colgar. Te llamo mañana.
Y colgó.
Antes de regresar a la barra entró al baño. Le dolían las tripas y la vejiga, así que cerró la puerta y se senté en la poceta. El sitio apestaba a mierda. Las paredes estaban llenas de notas. Se puso a leerlas. Hubo una que llamó su atención. En realidad, eran dos notas. Una escrita con marcador rojo, y la otra con marcador negro. La primera decía "MARISELA, ¿QUÉ DEBO HACER PARA QUE NO TE VAYAS?" Estaba fechada el catorce de octubre de 1998. La segunda, muchísimo más reciente que la anterior, estaba escrita unos centímetros más abajo, con la misma letra, pero con marcador negro, y decía "MARISELA, ¿QUÉ DEBO HACER PARA QUE TE VAYAS?" Esta no tenía fecha. A la derecha de su cabeza había otra: BRUTALAMAFIA. Más abajo, en letras gordas, se podía leer NO FEAR, RASTAFARI. WE ARE YOU.
Regresó a la barra, terminó su trago y se marchó.
La calle seguía repleta de gente. Ya eran las diez de la noche. Eso le pasaba cada vez que tomaba, que el tiempo parecía darle saltos. El creía que había pasado un minuto, y había pasado una hora. Le dieron ganas de llorar. No podía quitarse de encima esa sensación de soledad. Tenía miedo, mucho miedo. Llegó a la esquina de la calle Villaflor y esperó un taxi. Le dio al taxista la dirección de su casa y se echó a dormir. El taxista era un bruto y en cuanto llegaron lo despertó con un fuerte sacudón.
Dios es grande, pensó Carlos, ya que sus papás habían salido a cenar y no tendría que enfrentarlos con ese tufo a caña que cargaba encima. Entró a su cuarto y se tiró en la cama. Cayó como un tronco.
Al día siguiente, sábado, se levantó con una fuerte resaca. Lo primero que hizo fue llamar a Susana, pero ya había salido.
Ya todo era muy raro. Pensó que la muy loca, al igual que él, debía andar buscando soluciones y salidas a esta situación, pero lo hacía sin buscar hablar con él, el principal implicado, después de ella, claro. Ni siquiera le había dado oportunidad de decirle que él estaba a su lado y que la apoyaría en todo lo que hubiera qué hacer. Carlos no tenía ni idea de las cosas que estaban pasando por la cabeza de su novia. Era obvio, por la forma en que aún le respondían en su casa, que Susana aún no había dicho nada.
Intentó comunicarse con Gabriela (la amiga de Susy) a su casa, pero ella también había salido. Seguro que andaban juntas, y eso estba bien, ya que eran amigas. Pero, ¿qué diablos estarían tramando ese par de locas? ¿Acaso creían que su opinión no contaba? Sintió pánico ante la idea de que Susana no estuviera considerando el casamiento como una posibilidad. De ser así, todo estaría perdido. Ella asumía que el embarazo y el bebé, eran su problema. Y ya él no jugaría ningún papel en su vida. Hiciera lo que yo hiciera, él estaría fuera.
Recordó su cita a las nueve de la mañana con el tío Omar, pero ya casi eran las once de la mañana. Lo llamó y le dijo que iba saliendo para su casa. Mal que bien, era la única persona de su familia que lo estaba apoyando y no quería quedarle mal, aunque no le encontraba mucho sentido a ese encuentro.
Cuando tocó el intercomunicador de su apartamento, Omar le dijo que bajaría. Luego le explicó que la abuela de Carlos -la mamá de Omar- estaba en casa, y a esa no se lo podía esconder nada, así que mejor hablarían afuera. Se fueron al salón de fiesta del edificio y, aunque era innecesario, hablaban en voz muy baja, casi en susurros.
- Quiero que me respondas con absoluta franqueza, ¿okey? - así comenzó Omar.
- Ajá.
- Esa carajita, Susy, tu novia, cómo es que sabe que está embarazada. ¿Se ha hecho algún examen serio?
- No lo sé. Pero me imagino que sí.
- Entonces, ¿no están seguros de que realmente esté embarazada?
- Coño, Omar, ¿tú crees que alguien va a venir a decirme algo así sin estar segura?
- ¿Ya hablaste con ella? ¿Ya sabes si se hizo una prueba seria o una de esas porquerías que venden en las farmacias?
- Eso no lo sé, Omar. No he podido hablar con ella desde ayer en la mañana, cuando me dijo que estaba embarazada y salió corriendo. Creo que debe andar con Gabriela, sabrá dios planeando qué cosas. Esas dos juntas son peor que un manicomio andante.
- ¿Cómo es que aún no has podido hablar con ella? ¿Se te está escondiendo?
No supo qué responderle. Tenía razón, todo estaba muy raro. Nunca le había costado tanto hablar con Susana como ahora, desde el viernes. No podía explicarlo, pero era así. Claro, tampoco nunca antes Susana había estado embarazada y seguro que toda su rutina estaba alterada.
- Te voy a dar una opción, pero quiero que la escuches con calma. ¿Okey? Es sólo una posibilidad, pero dada las circunstancias, hay que pasearse por ella, así que no te enojes, ¿okey?
- Está bien. Dime. No me vengas con tantos rodeos.
- ¿Y si ese bebé no es tuyo? ¿Y si es de otro?
- Pero, ¿qué coño dices?
- ¿No te parece extraño que no hayas podido hablar con ella?
- Esa carajita está cagada. No tiene ni idea de qué va pasar con su vida. En este momento debe odiarme, porque no me ha dejado decirle que la estoy apoyando, que estaré con ella sea donde sea que ella quiera estar.
- Está bien, no te molestes. Pero un poco de malicia no te hará daño, ¿okey?
- No la necesito. Susana me adora. Ella es mi vida, y yo soy su vida. Susana no tiene ojos para más nadie, sólo para mí.
- Está bien, pero, tienen que hablar. Tienen que estar seguros de los resultados de ese examen, y verifica que haya sido en un examen serio, ¿okey? Nada de esas porquerías caza-bobos que venden en las farmacias, ¿okey? Deben estar muy seguros de lo que realmente está ocurriendo antes de iniciar el show.
- ¿Cuál show, Omar?
- Usé mal el término, discúlpame. Pero deben estar muy seguros de todo y de lo que van a hacer antes de dar un paso adelante, ¿me entiendes?
- Te entiendo.
- Ya tengo el nombre de un par de clínicas.
Una vez que dejó al tío Omar, Carlos quiso caminar hasta llegar a la avenida principal de Las Mercedes. Buscó un teléfono público y llamó nuevamente a Susana. Nuevamente, atendió su mamá:
- No, Carlos, no está. Salió con Gabriela.
- Puede decirle que necesito hablar con ella urgentemente.
- Sí, claro. ¿Ocurre algo?
- No, nada. Sólo quiero hablar con ella. Ahora debo colgar, le estoy hablando de un celular. Gracias.
Y colgó. Pensó que ya estaba abusando un poco de excusa del celular para deshacerse de las preguntas de la señora Mercedes, así que tendría que pensar en otra cosa.
Llamó a Javier, quien estaba reunido con los compradores. Se fue a su casa y ajustó los precios de la bicicleta y el DVD. Los interesadoss eran Manuel para el DVD, e Ignacio, para la bicicleta. Concretarían el negocio para el lunes. Con la bicicleta no habría mayor problema, ya que siendo de Carlos, pasaría un tiempo antes de alguien notara su falta. Pero el DVD era de la casa y lo usaban casi a diario, así que debía robárselo y lo echarían de menos en pocas horas. Manuel ofrecía por él noventa mil bolívares, mucho más de lo que Carlos esperaba. Sin dudarlo, aceptó.
En la tarde, se reunieron con José, el repartidor de periódicos. Ya Javier le había adelantado el asunto, pero el tipo tenía de tonto sólo el aspecto: quería quinientos mil bolívares de comisión por su trabajo. El mismo sugirió que se hiciera un sólo cheque, el cual él depositaría en su cuenta de ahorro, y luego, al hacerse efectivo a las cuarenta y ocho hora, le daría a Carlos su millón. Aceptó. No había otra. No tenía otra opción que confiar que el tipo no se desaparecería del mapa con todo ese montón de dinero en sus manos.
De regreso a su casa, Carlos comprendió que todo dependía de poder robarle un cheque a su papá y de poder imitar su firma a la perfección. En cuanto a la conformación de la emisión del cheque, no podía hacer nada, salvo dejarlo en manos de dios, del destino y de la suerte.
A las diez de la noche del sábado llamó por última vez ese día a Susana. Aún no había llegado.
El domingo fue un día terrible. quizás el peor de todos. Dado que Susana no respondía a sus llamadas, Carlos había comenzado a considerar seriamente la posibilidad de que a ella no le interesara de tener al bebé. Quizás ella hubiera averiguado por su lado mucho más que Carlos sobre las alternativas de un aborto y simplemente planeaba aplicarlas, sin consultarle ni pedirle apoyo de ningún tipo. Quizás, también, para ella y sus amigas, la Gabrielita y la Samantha, les hubiera resultado más fácil que a Carlos reunir de la nada ese maldito millón de bolívares. Era poco probable, pero, ¿quién sabe?, pensó Carlos.
Estaba agotado y hambriento, ya que aún no había logardo tragar bocado. Se despertó a las once de la mañana y salió a caminar al Parque del Este. Le dio tres vueltas. Exhausto, se tiró sobre la grama del parque. Volvió a sentir miedo. Ya todo le daba miedo. Temía que Susana respondiera sus llamadas telefónicas, pero a la vez temía que ya nunca más pudiera ni siquiera verla. Sentía a Susana como el ser más entrañable de su vida, pero a la vez, el más extraño y ajeno. Trataba de reconstruir su rostro en su memoria, como si hubieran pasado siglos desde la última vez que la había visto. Ya no recordaba siquiera cuando la había besado por última vez.
Antes de salir del parque llamó a su casa. Su mamá le dijo que Javier lo había lbuscando en tres oportunidades y que le urgía comunicarse con él. Lo llamó inmediatamente, pero no estaba en su casa. Eso sí, había un recado: que se pusiera en contacto con él a la brevedad posible.
Carlos estaba indignado. ¿Cómo era posible que Susana no hubiera respondido una sola de sus llamadas? ¿Acaso lo había decidido todo ella solita y lo había dejado pintado en la pared? Si era asi, pues que se fuera muy largo al carajo, ¡recontracarajos!
Se montó en el Metro y se bajó en la estación Bellas Artes. Caminó hasta el museo de Ciencias Naturales. Vio geroglíficos y momias, pero en verdad que no quería ver nada. Sólo ganaba tiempo para volver a llamar a Susana.
Llamó a su casa y sólo tenía dos nuevos mensajes urgentes de Javier. «¡Qué ladilla!», pensó. Lo llamó a su casa. Él mismo fue quien atendió el teléfono. Le preguntó que dónde carajo andaba escondido. Le respondió que no estaba escondido nada y que se encontraba en la estación del Metro de Bellas Artes, pero que ya se iría de allí. Quedaron en verse en el Sambyl, en la entrada principal.
Cuando se reunieron, Javier estaba tranquilo. Al verlo, extendió su mano para que Carlos la extrechara, cosa que nunca hacía y que le pareció muy rara a Carlos.
- Javier, yo ando como loco con todo esto que me está pasando. ¿Qué diablos es lo que tienes que decirme tan importante que tiene que ser cara a cara y no por teléfono? ¿Acaso se echó para atrás el tipo de los periódicos? ¡Sólo eso me faltaba!
- Coño, cálmate. Vamos a buscar un lugar para tomarnos unos heladitos y allí hablamos, ¿te parece?
- Me da igual.
Como era domingo y todos los locales estaban repletos de gente, los amigos decidieron hablar mientras caminaban. Fue entonces cuando Javier se lo dijo:
- Susana no está embarazada.
Carlos no comprendió muy bien lo que acababan de decirle.
- ¡¿Qué?!
- Que no está embarazada.
- ¿Se hizo nuevos exámenes y salieron negativos?
- No, nunca se hizo ningún examen.
- No entiendo. ¿Acaso está embarazada de otro?- recordó la posibilidad que le había sugerido su tío Omar.
- No, de nadie. Simplemente no está embarazada. Y nunca lo estuvo
- Y tú, ¿qué coño puedes saber? ¿Acaso te acuestas con ella?
- Me lo dijo Esperanza, mi hermana. Lo planearon juntas. Susana, Esperanza, Samantha y la Gabriela. Quería terminar contigo y no sabía cómo.
- ¡¿Qué?! ¿De qué me hablas? No inventes vainas, coño.
- Ellas pensaban que saldrías corriendo y te desentenderías del asunto y esa sería la excusa para darte el corte. Nunca previeron que fueras a tomarte tan a pecho todo este asunto.
- Entonces, ¿no está embarazada?
- No.
- ¿Y cómo es que lo sabes? ¿Acaso está embarazada de otro?
- No. No está embarazada de nadie. ¿Acaso no estás escuchando lo que te estoy diciendo?
- Sí, te escucho, pero no entiendo nada. ¿Acaso está enamorada de otro?
- Quizás sí.
- ¿Cómo que quizás?
- Está bien, anda enamorada de otro, pero no sabía cómo terminar contigo.
- ¿Cómo sabes eso? ¿Acaso estás saliendo con ella a mis espaldas?
- No te vuelvas loco, ¿quieres? Me lo dijo Esperanza.
- ¿Por qué te lo dijo?
- ¡Qué voy a saber yo! Tal vez porque es muy lengua larga, o tal vez porque ellas decidieron que me lo dijera para que yo te lo dijera a ti y te quedaras tranquilo de una maldita vez y por todas.
- ¡Verga!
- Así es, mi pana. ¡Verga!
- Pero, ¿cómo se le pudo ocurrir eso?
- ¿Qué sé yo? Son mujeres. Mientras uno mira una cosa, ellas miran diez, y le dan la vuelta al derecho y al revés. Y uno como un tonto, mirando la maldita cosa desde un solo sitio.
- No entiendo, ¿qué coño quieres decir?
- Que son mujeres. Y que son más listas que uno, aunque vengan locas de fábrica.
Le dieron ganas de llorar. De rabia y de vergüenza. Sentía como la cara se le ponía roja y acalorada, como si la estuviera metiendo en un horno.
- Ya no hay nada qué hacer, mi pana. La carajita se volvió loca y te está sacando el culo.
- Sí - aceptó Carlos, sin réplica.
- Yo quería casarme con ella. Desde que me lo dijo el viernes, sólo quería casarme con ella. Nunca me dejó decírselo.
- Vamos, mi pana. Olvídese de eso. Carajitas es lo que sobran.
Ambos amigos siguieron caminando en silencio. Carlos se sentía aliviado, es verdad, pero infinitamente triste y avergonzado.
- ¿Qué quieres hacer?
- Nada. Caminar. Estar solo.
- ¿Seguro?
- Si.
Antes de irse, le preguntó:
- ¿Alguien más sabe de esto?
- No lo sé, Carlos.
- No le digas nada a nadie, por favor.
- De acuerdo, mi pana. Pero recuerda que Esperanza y Gabriela lo saben. Allí no te garantizo nada.
- Eso no importa. Simplemente no se lo cuentes a nadie, por fa.


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Publicado en el libro "Japi berdei tu yu", Playco Editores Publicaciones. Primera Edición 2002. Segunda Edición 2007. Premio "Narrativa Juvenil Salvador Garmendia", edición 2002. Este libro podrá conseguirlo en las más importantes librerías del país. Para mayor información, favor comunicarse a los teléfonos 0212-2354736 y 0212-2372764.
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