viernes, 6 de febrero de 2009

300 GRAMOS DE SEXO DE ALTA PUREZA

Rocco casi no podía respirar, por la subida de las escaleras y los quinientos cigarrillos que se fumaba a diario. Eran casi las dos de la mañana. El pasillo estaba a oscuras, escasamente iluminado por la luz de luna. Al azar, tocamos uno de los timbres de las cuatro puertas. Insistimos con otro, pero nadie respondió. Rocco tosía como un loco. Alguien nos abrió:

— Malditos cabrones, ¿qué creen que están haciendo?
— Coño, Lotus (primero fue Lotería, luego Lotario, ahora Lotus), aquí no se ve el número de los apartamentos. Esta vaina está muy oscura.
— Métanse rápido, maricones.

Nervioso y asustado, el Lotus abrió la reja y nos empujó dentro del apartamento. Estaba iluminado con una luz negra y unas velas ardientes puestas sobre candelabros de madera. El aire olía a incienso. Una muchacha medio dormida, echada sobre unos cojines, nos miraba con recelo y desprecio. El Lotus, grandote y negro, cerró la puerta con sigilo y atravesó la sala, perdiéndose en una de las habitaciones.

El Rocco y yo nos quedamos en mitad de la sala, a merced de la montaraz muchacha. El Lotus regresó con un vaso en la mano y nos preguntó:

— ¿En qué carro vinieron?
— En el Valiant.
— ¿Se quedó alguien en el carro?
— No.
— De pinga, mi pana. Así se hace. Los pacos andan como locos y si ven una vaina medio rara, comienzan a ladillar.
— No te preocupes por eso. Pero el ascensor no funciona. Tuvimos que subir catorce pisos.
— Funciona hasta las once de la noche. Yo te lo dije. Y también te advertí que tocaras el timbre rojo.
— Se nos olvido, panita. Además, cero luz en el pasillo. Tú sabes.

El Lotus nos ofreció el vaso que traía en la mano. Era anís. El olor me repelió, pero Rocco se empinó un trago largo.

El Lotus tenía un equipo de sonido para caerse de culo. Un plato Garrard, un deck con un amplificador de doscientos vatios Technics y un par de cornetas Pionner. Una vaina, de verdad, para cagarse de la envidia. El volumen estaba al mínimo, pero uno sentía que la música, aún así de bajita, te retumbaba en el pecho. Estaba sonando I got you (fell good), de James Brown, el negro más maldito de todos los negros, después de Hendrix.

El Lotus fue y se acercó a la chica que estaba echada sobre los cojines. La besó en los labios, como para cumplir con ella. Luego se levantó y se puso a buscar algo entre un lote de discos que tenía arrumado en un rincón de la sala.

— Quiero que escuchen esta vaina.

Puso Summertime, de Janis Joplin. La triste guitarra y la lastimera batería abrieron el pedregoso camino a la atormentada voz de la Joplin. Ronca y afligida, su garganta se elevaba como un ave herida por sobre el soberbio acompañamiento. Tierna y generosa, sus dulces lamentos se apagaban para ceder espacio a las seductoras puntadas de la guitarra y al rítmico y formidable bajo. Era estremecedor observar como cuatro músicos y una cantante regordeta pudieran crear una melodía tan devastadoramente triste y hermosa.

La chica nos seguía mirando con cara de pocos amigos. El Lotus estaba parado frente a una mesita, preparando algo. Pensamos que era nuestro pedido. Se acercó a nosotros y nos ofreció un gordo y grueso tabaco de hierba.

— Cortesía de la casa — aclaró el Lotus.

Rocco agarró el tabaco y se lo puso en la boca para encenderlo.

— Quiero que escuchen esta otra vaina — dijo el Lotus, regresando a su montaña de discos.

Otra chica, tan negra como el Lotus, se apareció en la puerta del único cuarto que daba a la sala. Vestía una franela blanca y unos jeans desteñidos. Usaba afro. Caminó entre nosotros, ignorándonos.

El Lotus puso la overtura de Tommy, de The Who. Solemnes y cadenciosos, las guitarras, las trompetas, los bajos, las baterías y los coros demarcaron su glorioso e inolvidable territorio musical.

Parecía mentira que un negro como Lotus, bruto e ignorante y que jamás en su perra vida había salido de los tenebrosos bloques de Cútira, pudiera apreciar esa música. Rocco le dio un par de chupadas al tabaco antes de ofrecérmelo. Luego se fue y se echó sobre los cojines, al lado de la chica que hasta hacía poco nos había estado mirando con mala cara. Ahora parecía dormida.

La chica del afro había caminado hasta la ventana de la sala. Parecía muy entretenida mirando la noche, la luna y las estrellas.

— Lotus, ¿tienes lista la mercancía? — pregunté.
— Sí. ¿Estás apurado?
— Más o menos, mi pana. Tenemos que buscar a unas carajitas dentro de un rato.
— ¿Trescientos gramos?
— Sí.
— Escucha esto.

Al lado de los discos había una montaña de cassettes. Entre decenas, escogió uno. Lo introdujo en el deck, presionó play y comenzó a sonar Born to be wild, interpretada por el grupo Steppenwolf. Giró la perilla del volumen del amplificador para que la música nos inundara el alma, olvidándose de los vecinos.

La chica del afro giró sobre sí misma al escuchar el vibrante ritmo, se apartó de la ventana y comenzó a bailar ella sola. Su piel resplandecía como si se hubiera bañado en una tina de aceite. Sus largas piernas se encogían y se estiraban mientras sus anchas caderas se mecían furiosamente sobre sí mismas. Alternativamente, sus brazos subían y bajaban, tocando su pelambre. Con los ojos cerrados, su cabeza giraba de un lado para el otro.

Rocco, abrazado a la muchacha dormida sobre los cojines, me hizo señas para que le alcanzara el grueso tabaco de marihuana.

Por su lado el Lotus también había comenzado a bailar. Sus movimientos eran violentos y frenéticos mientras caminaba para acercarse a la chica

Yo quería agarrar mis trescientos gramos de hierba y largarme de una puta vez. Me gustaba la música, me gustaba la chica del afro, pero lo único que quería era irme. Como poseído por demonios, el Lotus comenzó a orbitar alrededor del cuerpo de la bailarina muchacha.

Yo sólo quería agarrar mis trescientos malditos gramos de marihuana y desaparecerme de aquel lugar. Pero la música y el sonido eran imponentes.

El Lotus se acercó con movimientos simiescos a la muchacha del afro. Se detuvo frente a ella y la observó. Luego puso sus manazas sobre su delgada cintura. Acercó su pelvis a la de ella. Le levantó la franela, desnudando su pecho. Se inclinó y comenzó a succionarla como un animal hambriento. Los brazos de la muchacha se mecían en el aire, como si se hubieran dormido. Su espalda reposaba sobre la maciza mano que el Lotus había colocado para brindarle apoyo. Sus caderas continuaban restregándose contra el pantalón del Lotus. Casi cargada, la condujo hasta la pared donde estaba la ventana y allí comenzó a desabrochar sus pantalones. Un suave quejido de la muchacha del afro indicaba que había sido penetrada. Sus ojos se entreabrieron, como tratando de reconocer quien se la estaba gozando.

Yo estaba paralizado. Rocco se había sentado sobre los cojines, para no perderse ni un detalle. Me miró, se encogió de hombros y se volvió a recostar. Envolvió con sus brazos a la muchacha dormida y comenzó a manosearle las tetas por encima de la gruesa chaqueta que llevaba puesta. La chica, aún dormida, trató de zafarse del abrazo, pero Rocco aprovechó el movimiento para introducir su mano bajo la chaqueta y la franela de ella, mientras se restregaba con fuerza contra su cuerpo. La chica no tardó en despertarse:

— Coño, ¿qué pasa, qué haces, cerdo? ¡Quítame las manos de encima, animal!

Liberada del abrazo de Rocco, la muchacha se sentó sobre los cojines que le habían servido de cama. Como si no pudiera creer lo que veía, sus ojos se clavaron en el culo desnudo del Lotus, con los pantalones al suelo, tirándose a la negra del afro.

— ¿Qué coño estás haciendo, hijo de puta?

El Lotus la había escuchado, pero no parecía dispuesto a separarse tan fácilmente del banquete que se estaba comiendo. La muchacha se levantó inmediatamente, mirando a su alrededor. Como no encontró nada que pudiera servirle como arma, se quitó uno de sus zapatos y se abalanzó contra el Lotus. Como si estuviera poseído, el Lotus ignoraba los zapatazos que la muchacha le asestaba con furia sobre la espalda, el cuello y la cara. Al final, el Lotus bramó como una bestia herida. Su cuerpo se tensó como si fuera de piedra. Consumado su deseo, se separó delicadamente de la chica de afro y se enfrentó a la muchacha que lo había estado golpeando con el zapato.

— ¿Para eso querías que te la trajera, verdad, maldito?

Intentó arremeter una vez más contra el Lotus, pero éste la tomó por ambos brazos y la levantó por el aire, como si se tratara de una pajilla. Acercó su fea cara a la de la muchacha y le gritó “cállate, puta”. Dicho esto, la lanzó con violencia hacia el aire. La chica se estrelló contra la puerta. Ya en el piso, aún tuvo oportunidad de quejarse (un breve ¡ay!) y de llevarse una mano a la frente.

El Lotus se subió nuevamente los pantalones hasta la cintura, caminó hasta la mesita, encendió un cigarrillo y cambió la música: Deep Purple, Child in time. Se perdió nuevamente por el pasillo. Regresó con la botella de anís y un par de copitas. Las puso sobre la mesita y las llenó. Caminó hacia la ventana, donde continuaba la chica del afro y le ofreció un trago.

Rocco recogió su vaso del piso y lo volvió a llenar de anís. Se empujó otro trago y aspiró el tabaco de monte. La chica continuaba tirada en el piso, inmóvil. La muchacha del afro continuaba viendo la noche, la luna y las estrellas.

Fue escalofriante cuando noté el charco de sangre que comenzó a formarse debajo de la cabeza de la chica que continuaba tirada en el piso.

— Coño, Lotus, mira esa vaina.

Me incliné sobre la chica y la observé de cerca. No daba señales de vida. No quise tocarla. Rocco se puso a mi lado y le tomó el pulso.

— Nada — dijo Rocco.
— ¿Qué?

El Lotus puso sus dedos sobre el cuello de la muchacha. Luego se levantó de un solo salto, se puso las manos en la cabeza y comenzó a gritar:

— El maldito coño de su madre, hija de puta, ¡qué cagada!, ¡qué cagada de mierda!

Entonces se abalanzó contra el cuerpo de la muchacha y comenzó a patearla:

— Puta de mierda, puta de mierda, levántate.

Rocco se me acercó al oído y me susurró: “coño, hay que decirle al Lotus que así no se trata a una dama”. No me hizo gracia el comentario.

Al ver como el Lotus pateaba a la muerta, la chica del afro pegó un grito y se puso a chillar. Comenzó a derribar cosas y a golpearse contra las paredes. Ni nosotros ni el Lotus hicimos nada para calmarla. Estaba histérica. Luego, se inclinó sobre la muerta, buscó un cojín y lo puso debajo de su cabeza ensangrentada. Comenzó a peinarla y a acariciar su frente.


*

Todos cometimos el error de dar por sentado que estábamos implicados en aquella muerte.

La occisa se llamaba Egleé y la chica del afro respondía al nombre de Norma. Eran hermanas, o medio hermanas: hijas de una misma madre.

El Lotus había decidido que teníamos que deshacernos del cadáver. Al comienzo quería descuartizar el cuerpo, pero fue tal la llorantina de Norma y nuestra negativa de ayudarlo en eso, que no tuvo más remedio que desistir.

Lo primero que hicimos fue envolverla en unas bolsas negras de plástico. Al levantar la cabeza de Egleé una bola de sangre coagulada cayó sobre el piso, como si su cuerpo muerto la hubiera regurgitado. Notamos que el golpe lo había recibido en la nuca. Luego la empaquetamos en un par de cobijas y la amarramos con cables de electricidad.

En un primer momento el Lotus estaba muy amigable con nosotros, pero poco a poco se fue apartando, como ensimismándose. Al final nos dejó a Rocco y a mí solos haciendo todo el trabajo. Él parecía concentrado en otra cosa.

Al abrir la puerta de la salida del apartamento noté que el picaporte estaba húmedo y pegajoso: tenía restos de sangre y de cuero cabelludo. Fue allí donde se produjo el golpe mortal. Me dieron ganas de vomitar. Antes de abandonar el apartamento, vi como el Lotus agarraba una pistola y se la escondía bajo el pantalón.

Mi viejo Valiant rojo estaba a unos pocos metros de la entrada del superbloque donde vivía el Lotus. Metimos a Egleé en la maleta. El Lotus se sentó a mi lado, de copiloto, mientras que Norma y Rocco se metieron en el asiento trasero. Norma no dejaba de llorar.

Agarramos la autopista y por allí buscamos salir de Caracas. Al llegar a La Rinconada nos desviamos para tomar la carretera vieja, evitando los peajes y alcabalas de la autopista Regional del Centro. Bordeamos el estanque de La Mariposa y seguimos hacia los Valles del Tuy. Pasamos de largo por Charallave y Santa Teresa del Tuy. Eran casi las cinco de la mañana cuando nos internamos en la estrecha carretera de Guatopo. Solitario y selvático, era un excelente lugar para abandonar un cadáver.

Desde que nos habíamos montado en el carro, El Lotus no había dicho una sola palabra, salvo para darme las indicaciones que trazaron nuestra ruta. Su mirada estaba clavada en la carretera. Supe que ya no éramos sus amigos ni sus cómplices, sino sus rehenes.

Nos detuvimos en una de las pocas rectas del camino, en la cima de una de las montañas de Guatopo. Rocco y yo sacamos el cuerpo de la maleta. El sol comenzaba a salir. Norma no quiso salir del carro, pero el Lotus la arrastró con violencia y la obligó a acompañarnos. Nos adentramos en un barranco, buscando un lugar adecuado para deshacernos del cuerpo de Egleé.

Había llovido durante la noche y el terreno estaba fangoso. Nos resbalamos un par de veces y fuimos a dar montaña abajo. Ni aún así, el Lotus se ofreció a ayudarnos, como si esa muerta fuera de nosotros y no de él.

Aproveché una de las caídas para reclamar un descanso. Le pedí un cigarro a Rocco. Mientras fumaba, me acerqué al Lotus y lo agarré por el brazo. Nos alejamos unos metros y le dije:

— Coño, mi pana. Aquí todos andamos cubiertos de mierda. Este peo es de todos. Nadie va a decir nada. Esta carajita es una malandrita más, pero nosotros, no. Si nos matas, el escándalo será mucho mayor. Al final, te encontraran.

El Lotus me miraba directo a los ojos, receloso. Me respondió:

— Déjame pensarlo.

Rocco estaba sentado en el piso, al lado del cuerpo amortazado de Egleé. Norma estaba de pie, lloriqueando. Quizás sin saberlo, ambos comenzaban a sospechar que no saldrían vivos de ésta.

— Norma tampoco va a decir nada. Prácticamente mataste a su hermana frente a sus narices y ella ni movió un dedo. Está tan involucrada como tú.
— Fue un accidente.
— Está bien. Fue un accidente. Eso es verdad. Pero si nos matas, será un asesinato. Son cuatro muertos que te vas a cargar en una sola noche, mi pana.
— Déjate de mariqueras, pajuo. Norma es la hermana. Tarde o temprano, va a hablar. Y tampoco confío en el amiguito tuyo. Se le nota en la cara lo cagón que es.
— Yo me hago responsable por Rocco. No va a decir nada, no le conviene decir nada. ¿Me comprendes?

Los ojos del Lotus resplandecían como centellas en medio de su negra y fea cara.

— Coño, mi pana. Todos queremos salir de esta verga. Tiramos el cuerpo por allí y cada quien a su casa. Jamás volverás a vernos. No hay forma de que nos relacionen a ninguno de nosotros.
— Todos sabían que me andaba tirando a la Egleé. Apenas la encuentren, comenzarán a buscarme. Tengo que esconderme.
— Está bien, te tienes que esconder. Pero déjanos ir. Ninguno de nosotros va a decir nada.
— Coño, ya te dije que me dejes pensarlo.

Regresamos donde Norma, Egleé y Rocco. Seguimos bajando por la montaña unos quince minutos más. Dejamos el cuerpo en el piso cuando el Lotus así lo ordenó.

Los cuatro nos quedamos de pie, alrededor del cadáver.

— Dame la llevas del carro — me ordenó el Lotus.
— Coño, Lotus, piensa la vaina, por favor.
— Cállate de una buena vez y dame las malditas llaves, cabrón.

Era inútil. No había nada qué hacer. Le di las llaves.

— Ustedes dos, suban. Yo me quedo con Norma. Espérenme en el carro.

Comenzamos a subir. Es increíble como, en momentos como ese, hasta los detalles más pequeños se marcan en la memoria como si fueran grandes acontecimientos. Recuerdo como si la estuviera escuchando a mi lado los agónicos estertores de la respiración de Rocco. Recuerdo un azulejo que atravesó el frío aire y se posó en la rama de un bucare. Recuerdo como la luz del sol comenzó a golpear nuestras retinas apenas llegamos a la carretera. Recuerdo que a los pocos minutos de habernos montado en el carro escuchamos el disparo.


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Este relato podrá encontrarlo en el libro "Inventario y otros relatos", editado por la Casa de las Letras Andrés Bello. De venta en las librerías "Del Sur" y en la librería "El Buscón" (Paseo Las Mercedes). Para mayor información puede llamar al teléfono 5627300. La reproducción parcial o total de este relato deberá realizarse estrictamente bajo autorización escrita del autor o de da la casa editorial. Email de contacto: mesones@cantv.net.

miércoles, 7 de enero de 2009

EXCEL, MODELO SOLITARIO

Aun sobre la cama, Alfonso dio unas vueltas tratando de desperezarse y recuperarse, con poco éxito, de los estragos del ron que había tomado la noche anterior. Con cierto esfuerzo agarró con su mano izquierda el reloj digital de la mesita de noche para descubrir que hacía un par de horas el mediodía había quedado atrás. Sin soltar el reloj de la mano trató inútilmente de dar con Maruja. Como era su costumbre, debía haber madrugado una vez más en nombre del diario deber laboral de ser una periodista matutina. Su pensamiento apenas podía enfocarse turbiamente en uno o dos deseos: levantarse e ir al baño a orinar o buscar en el refrigerador una cerveza helada y alentadora. Un tercer anhelo comenzó a dibujarse en su mente: bajar a comer algo en el restaurancito de la esquina, pero luego de unos segundos se dio cuenta de que en realidad no tenía mucha hambre. Puso el reloj de vuelta en su sitio, buscó a tientas la cajetilla de Astor y encendió un cigarrillo. En algún lugar de la cama encontró Ironweed, la novela de William Kennedy. Miró a su alrededor para contemplar el desorden de franelas, camisas, pantalones, medias e interiores tirados sobre la alfombra, sobre el televisor, sobre la mesa del comedor y que cubrían casi todos los muebles del apartamento. Sólo entonces pareció caer en cuenta de que Maruja no estaba en la cama ni en el apartamento. Aceptó, una vez más, que Maruja no había estado con él ni la noche anterior ni en las últimas diez noches de su vida y que quizás ya no estuviera nunca. Sacudió su cabeza con fuerza, como lo hacen los perros para quitarse el agua de sus cuerpos, tratando de librarse de los pensamientos que le producía el recuerdo de Maruja. Pensó que un par de cervezas de la nevera y terminar el libro de Kennedy podría ser un buen plan para comenzar el día.

Casi pierde el equilibrio al intentar levantarse de la cama de un solo salto. Sus pasos pesados, lentos e indecisos recordaban el andar de los borrachos o de los noctámbulos. Se paseó alrededor del cuarto, aprovechando el trayecto para apagar el televisor, el equipo de sonido y la lamparita de noche del respaldar de su cama. Sin darse cuenta, sus pies derribaron una botella de ron casi vacía que había pasado la noche en el suelo. La tomó entre sus manos para verificar, con cierto asco, que sólo quedaba menos de un cuarto de su contenido. El resto se lo había bebido todo él solo, en menos de cuatro horas. Pensó en lo sencillo que eran las cosas antes, cuando era mucho más joven y se dejaba maravillar por el embrujo de los bares, las caminatas nocturnas por las solitarias calles de Caracas o la seducción de una hermosa mujer. Esas cosas seguían allí y continuaban siendo formidables, pero de alguna manera habían cambiado para ir a formar parte del tedio y del fastidio que era su vida. Antes, la seducción era excitante con cualquier mujer. Ahora sería necesario una verdadera mujer, una mujer hecha de miradas y de gestos precisos e inteligentes, que más que bonita le hiciera creer que sin lugar a dudas lo era, que lo obligara a olvidarse de todo y a mirarla sólo a ella. Una mujer emparentada con las heroínas de la literatura o del cine, pero muy difícil de hallar entre sus amigas, o entre las amigas de sus amigas, o entre las hermanas de sus amigos, o entre las chicas de la oficina o, más improbable aún, encontrarla y reconocerla en una calle, en un café, en una plaza o en uno de los vagones del Metro.

Miró resignado el desorden y lamentó haber perdido en menos de quince días a Maruja y a Francisca, la señora que limpia. Le había dicho que tenía un tío o un hermano postrado en una cama y tenía que irse a San Felipe a cuidarlo. A los tres días se fue Maruja. En algún momento llegó a pensar que esta coincidencia no había sido casual: "Maruja vio que Francisca agarró sus peroles y se fue, se entusiasmó y la siguió". Encendió un nuevo cigarrillo. Sabía bien lo que se hacía con cada nuevo cigarro que se llevaba a los labios, pero también pensaba que tal vez fuera mejor morir de cáncer o de un infarto a los cuarenta y cinco que de viejo a los noventa años. A los cuarenta y cinco uno termina probablemente con alguna cita pendiente, con alguien que esté esperando que caiga la noche para volver a hacer el amor con uno, o con un amigo que hace planes en su oficina para invitarnos un día de éstos a tomar un par de tragos. Pero, ¿quién carajo espera a un viejo de noventa años, quién se acuerda de que alguna vez hizo el amor y en el lugar de sus labios agrios y marchitos florecieron muchas sonrisas arrebatadoras? Nadie se enoja por las cosas pendientes que deja un viejo al morirse. Es más, no faltará quien diga: "pero, ¿es que creía que no iba a morirse nunca?" Así pensaba Alfonso mientras volvía a aspirar con fuerza el cigarrillo. Sabía que le costaría un poco más dar las últimas dos vueltas a la pista de trote y llegar sin un ataque de asfixia a los cincuenta abdominales de rigor. "Gajes de fumador", pensó. Sin embargo, estrujó con rabia el cigarrillo contra el cenicero y se volvió a meter en la cama, como si de pronto hubiera decidido que no era una buena idea comenzar el día de ninguna manera.

Se había adormecido un poco cuando de golpe recordó su último juego con la computadora. Entonces volvió a reincorporarse mediante un nuevo salto, esta vez mucho más firme y juvenil que el anterior. Cuando estuvo frente al escritorio donde tenía la computadora vio su chequera, lo que le recordó que no tenía idea de cuánto dinero disponía aún en el banco. Escondida entre un par de interiores y una camisa sucia, encontró la tarjeta bancaria de teleservicios. Llamó por teléfono y comenzó a pedir saldos y a ordenar transferencias de una cuenta a la otra. A una pregunta de la operadora, respondió que aún no cancelaría la deuda de su tarjeta de crédito. Agregó que sí, que sabía que los intereses eran diarios. Colgó molesto. Terminó por irse al baño a orinar.

El apartamento era un amplio salón en el que la sala, la habitación y el comedor estaban separados por endebles tabiques, biombos y muebles estratégicamente colocados. El balcón, con una espléndida vista hacia el norte de la ciudad, formaba parte del sector correspondiente a la sala. La cocina y el baño eran las únicas verdaderas habitaciones del apartamento. Pese al caos generalizado y al tufillo a encierro que lo envolvía todo, Alfonso tenía un bonito espacio para vivir. En realidad no podía quejarse (exceptuando lo de Maruja, claro): tenía suficiente dinero en al banco y tenía una hermosa casa. La cosa se complicaría en vacaciones, cuando sus tres hijas vinieran a visitarlo.

- Tu talento es para el dinero- le decía su hermano Javier, el mayor, con un aire de desprecio, reproche y envidia a la vez. Alfonso, por el contrario, no creía que hiciera falta ningún tipo de talento para ganar dinero. Simplemente alguien le preguntó alguna vez: "¿cuánto aspira ganar". Y él, por decir algo, mencionó una cifra. "De acuerdo", respondió un señor canoso envuelto en su traje Clement. Fue así de fácil y de difícil. El resto vino solo: una vez que ganas una cierta cantidad de dinero, todos dan por sentado que eso es lo que realmente vales. Así pensaba Alfonso. Y si quería más dinero, simplemente le bastaba con cambiar de agencia. Era uno de los mejores. Al menos así lo creían los dueños de las agencias de publicidad y los clientes que mantenían estas agencias. La opinión de Alfonso al respecto nunca contó para nada. Le pagaban y punto. El cobraba y gastaba.

Al salir del baño tomó una cerveza de la nevera y se fue directo a la computadora. Abrió la aplicación Excel. En ese programa había comenzado a diseñar una especie de cronología de su vida. Al comienzo lo había hecho por fastidio, pero luego se fue apoderando de él una suerte de extraña y morbosa fascinación por el recuento matemático de su vida. En la pantalla aparecían cuatro columnas: en la primera de ellas se introducía la fecha y en la última la descripción del acontecimiento o suceso descrito. La tabla estaba diseñada para que en la segunda y tercera columna aparecieran, automáticamente, el tiempo que hacía había ocurrido el acontecimiento en cuestión y el día de la semana en que el mismo había tenido lugar. Alfonso encontraba fascinante descubrir que había nacido un día jueves, hacía treinta y cuatro años con veintidós centésimas (34,22 años, según expresión Excel), o recordar que su hija mayor había nacido un día domingo. Había alimentado el computador con muchas fechas necrológicas, como por ejemplo la muerte de su padre, la de sus abuelos maternos y la de sus dos tíos. Excel era capaz de informarle los años, meses, días, minutos y horas que cada uno de ellos había vivido (siempre y cuando él la alimentara con la fecha exacta, con hora, minutos y segundos, si era posible) del nacimiento y deceso del difunto en cuestión. Lamentablemente Alfonso no tenía estos datos ni conocía a nadie que fuera capaz de tenerlos, ni siquiera su mamá, a quien nada se le olvidaba en la vida. Así fue como tuvo que resignarse a utilizar estas facultades de su tabla con la duración de sus dos anteriores matrimonios, dando por nacimiento y muerte las fechas de firma del Acta Matrimonial y de la Sentencia de Divorcio, respectivamente.

Fueron muy pocos los datos sobre su infancia que pudo introducir en la computadora. Se dio de cuenta que las cosas que rememoraba de niño no tenían una clara ubicación en el tiempo de su memoria. Por otra parte, más que hechos reales y tangibles, sus recuerdos infantiles estaban llenos de sensaciones, de rostros misteriosos, de palabras carismáticas con extrañas y mágicas resonancias que lograban evocar episodios enteros de su niñez, pero por sobre todas estas cosas, sus primeros años de vida parecían estar llenos de olores, muchísimos olores. Pero nada de esto tenía una posición clara en el mapa de su memoria. De esa forma, no le quedo otro camino que apoyarse en hechos concretos cuyas fechas eran más o menos verificables y a partir de allí, tratar de insertar en ese mapa borroso el amasijo de recuerdos que le venía a la cabeza. Por ejemplo: recordó que siendo niño (pero no podía precisar si cuando tenía siete, ocho o nueve años) se había enamorado perdidamente de una vecinita, María de los Angeles. Ambos tenían más o menos la misma edad y estudiaban el mismo grado en el mismo colegio, pero él en el turno de las mañanas y ella en las tardes. Hubo un treinta y uno de diciembre en el que él se había propuesto firmemente darle a María de los Angeles un abrazo intenso y apasionado al momento de desearle un feliz año nuevo. Pensaba que con ese abrazo ella tendría que darse cuenta de su amor por ella. Recordaba claramente aquella noche triste de año nuevo, pero no el año en la que ocurrió. Después de muchas vueltas, logró establecer que él se había mudado del barrio donde era vecino de María de los Angeles en julio de 1964, justo cuando finalizó su tercer grado. Eso significaba que el año nuevo que había estado evocando era el de 1963. De ese día habían transcurrido, siempre según Excel, veintisiete años y cincuenta y cuatro centésimas, cuando se quedó paralizado frente a la visión celestial de María de los Angeles, en el porche de la casa de ella, dejándola pasar a su lado mientras los demás se abrazaban llenos de alegría. Ese día miró escapar el único abrazo que le estaba destinado a la niña que lo había despertado al amor.

Esta medición temporal, con resultados tan gigantescos como veintisiete años, no dejaba de maravillar y asombrar a Alfonso. Mirándolo bien, esa era más o menos la edad de Maruja, lo que significaba que mientras él se enfrentaba aquella noche de año nuevo a la batalla perdida de su primer amor, había una bebé mamando teta en algún lugar de Caracas para crecer y hacerse su mujer y abandonarlo luego de cuatro años, dos meses, una semana, tres horas y diecinueve minutos.

Sentado frente a su computadora, terminando con desgano lo que quedaba en la lata de cerveza, Alfonso caía en cuenta de que había años en su vida en los que no le había pasado nada que fuera digno de recordar, ni bueno ni malo, como si él no hubiera caminado a través de ese tiempo, como si hubiera estado dormido o ausente. Eran años, meses, días, miles de horas y de minutos inútilmente vividos. Además, el hecho mismo de concentrarse en hacer este recuento, le permitió detectar que cosas que había considerado perentorias y fugaces, se habían vuelto permanentes y definidas, mientras que otras que creía y había deseado que duraran para siempre, habían sido fugaces y breves: sus dos matrimonios, el cuerpo de Rosana, el Mustang blanco '68 que perdió en un embargo, el soldadito de plomo de su infancia, su padre...

Este ejercicio de memoria lo había llevado a revivir muchos recuerdos que tenía ya por olvidados, para luego asignarles un orden estrictamente temporal, absolutamente innecesario, pero interesante. Era como ver una película con infinito número de historias, pero proyectada ahora de forma ordenada, mostrándonos relaciones directas y concretas entre unas y otras. Encontró, por ejemplo, que a los diecinueve años había tomado las decisiones más importantes de su vida: abandonar la casa materna, casarse, tener una hija, cambiar de carrera, despreciar el dinero. Luego, las otras decisiones no eran más que reflejos, complementos o consecuencias de estas decisiones primigenias.

Se levantó por otra cerveza. Mientras la destapaba no pudo evitar pensar en la forma como Maruja lo había abandonado: serenamente, sin escándalos, sin peleas, sin argumentar ni explicar nada, lo que le confirió una gran elegancia a su despedida. "Ya no vale", dijo en algún momento de la noche. Entró al cuarto, tomó su cartera, un pequeño bolso y se marchó. Aún no había ido ni mandado a nadie a recoger sus cosas que continuaban hablándole desde la biblioteca, llenando el closet que ambos compartían, impregnando el baño con la fragancia de sus cosméticos. Lo único que podía reprocharle es que se hubiera ido así, a crédito, en dos cómodas cuotas: despídase ahora y llévese todo después.

Alfonso no pudo esquivar el dolor y la rabia que le producían la ausencia de Maruja. Estuvo tentado de pensar en el amor, pero Alfonso no acostumbraba interrogar al amor porque le parecía una pérdida de tiempo estúpida y ociosa. El amor está allí o no está. Y cuando nos unimos a alguien y comenzamos a soportar sus malos humores, sus malcriadeces, sus manías y malos hábitos, es simplemente porque esa persona nos interesa, nos conviene sexualmente, económicamente, socialmente, incluso afectivamente. Para ennoblecer ese interés, esa conveniencia, le damos el nombre de amor. Sin embargo, también se preguntaba Alfonso, por qué entre miles de mujeres con características semejantes, casi idénticas, nos interesa una y no las otras. ¿Acaso este capricho del alma es el amor?

De vuelta a la computadora se detuvo a mirar sus cuadros colgados sobre una de las paredes del sector de la sala. Cinco cuadros en total, sólo uno de ellos en gran formato, todos pintados al óleo. Esos cuadros, esa pequeñísima y diminuta obra lo salvaba de la mediocridad de su oficio de vendedor de papitas fritas, desodorantes, preservativos, refrescos y cuanta porquería pusieran sobre su escritorio. Sin embargo, ese refugio de salvación era como una islita en medio de un océano tormentoso. Se sentía demasiado viejo para atravesar esas aguas y retomar el camino hacía tanto tiempo abandonado. Se quedaría allí, en su islita, tal vez con unos cinco cuadritos más que terminarían adornando las casas de sus hijas y luego el maletero de sus nietos.

Cuando volvió a sentarse frente a la computadora ya casi se había terminado la cerveza. Intentó recordar otro acontecimiento de su vida. Paseó su mirada por encima de la cama y volvió a ver Ironweed, de Kennedy. Le vinieron a la memoria las imágenes televisadas del entierro del otro Kennedy, el presidente. Le estaban cortando el pelo, al rape y con una pequeña y ridícula pollina sobre la frente. Estaba sentado en la silla de una barbería del barrio San Juan, en uno de los tantos callejones de la avenida San Martín. Sobre un estante había un televisor, transmitiendo el cortejo fúnebre de Kennedy. Sentía lástima por el presidente asesinado, pero al mismo tiempo sentía una gran simpatía por Lee Oswald, tal vez porque Lee era la marca de pantalones preferida por él, tal vez porque la marca de la cocina de su casa era Oswald y eso le facilitó memorizar rápidamente el nombre del asesino, permitiéndole responder en clases, aquella misma mañana, a la pregunta de su maestra Rosalía acerca del nombre del presidente muerto y el de su asesino. O tal vez fuera que el tipo tenía cara agradable, como si estuviera siempre a punto de sonreír. Comenzó a introducir datos. Excel haría el resto.
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Cuento publicado en "El atador de cabos", Monte Ávila Editores Latinoamericana, 2000. De venta en las librerías "Del Sur" y las librrías de Monte Ávila. Para mayor información, favor comunicarse con la Editorial a los teléfonos 0212-2656020 ó 0212-2638505. Este relato está protegido bajo leyes de Copyright 1999. La reproducción parcial o total de este relato sólo podrá realizarse bajo estricta autorización escrita del autor o de la casa editora. Email del autor: mesones2256@gmail.com

domingo, 28 de diciembre de 2008

REALITY SHOW

Era la tercera vez que los breakers se caían. El electricista jefe tuvo que pedir permiso al apartamento de al lado para tomar la electricidad desde su brequera, que era de doscientos veinte vatios y podía aguantar sin problema la carga de las luces. Sin embargo, el productor de campo se negaba a pagar un solo centavo por ese servicio, ya que si el sistema eléctrico de la locación no aguantaba, entonces han debido pedirle la planta.

- Pero si sólo cinco kilos, eso lo aguanta cualquier casa, no sé qué ocurre con ésta.
- Si no lo sabes, entonces tú la pagas.

Estela, la maquilladora, aún no había llegado. El productor de campo había dejado a Luis Gerardo, uno de sus asistentes, para que la esperara en el canal y la trajera en un taxi. Sabía que si le dejaba esta iniciativa a Estela, jamás llegaría.

El apartamento era demasiado pequeño para una grabación, pero Alberto Baralt, el conductor y productor del programa, exigía que por lo menos una vez a la semana se hiciera en exteriores o en locaciones naturales. "Eso nos da aire y el espectador no se asfixia. Nadie sale, les da flojera. Yo sí: me voy a las calles, a los barrios, subo cerros, me meto en las cárceles. Eso nos mantiene en sintonía, es lo que nos da el rai­ting. No se puede hacer todos los días, es muy caro, pero al menos una vez a la semana", decía.

Renata, otra asistente de producción, se acercó al productor de campo para informarle que el Concejal que se había ganado el premio grande de la lotería tenía diarrea y que no podría asistir al programa al que había sido invitado para el día siguiente:

- ¿Y ese tipo no come manzanas ni sabe que el arroz es astringente? ¿No le dijiste que hoy está enfermo pero que para mañana estará bien?

- Yo no hablé con él. Llamó al canal y habló con la secretaria de Alberto.
- Y seguro que le dijo que no había problema, que no se preocupara, aquí el pendejo es el que tiene que parir para mañana. Comunícate con él y dile que ya no se puede cancelar la pauta de mañana, dile que en el canal los baños son muy limpios y que trague manzanas y coma arroz como un chino.
- Aquí no hay teléfono.
- Busca uno.
- Préstame tu celular.
- Este celular es personal. Lo pago yo y el canal se niega a reconocerme el pago de una sola llamada. Así que busca uno, que para eso te pagan.

Renata salió deseando que unos malandros le robaran el maldito celular a la salida de la grabación y le clavaran una llamada de media hora a Japón.

Verónica, la dueña de la casa, estaba en la cocina, preparando café para tantos invitados inesperados. Efraín, su esposo, estaba aún en el cuarto, buscando con la vestuarista una camisa que no lo hiciera lucir ni tan joven ni tan viejo. Cuando el productor descubrió a Verónica preparando café, casi se la come viva.

- No, señora. No haga eso. Tenga cuidado, se ensucia. Venga, venga por acá. Tenemos como diez litros de café en esos termos. No hace falta que nos prepare nada. Siéntese aquí y no se mueva para nada. Si necesita algo, me lo pide.
- Estoy nerviosa- dijo Verónica.
- ¿Qué?
- Que estoy nerviosa. Nunca he salido en televisión.
- No se preocupe. Olvídese de la cámara. Hable como cuando habló conmigo y con Alberto en el restaurant. Si se le olvida algo, Alberto se lo preguntará.
- No es la cámara. Es mucha gente, nunca pensé que fueran tantos. Hay uno de ustedes para cada cosa.
- Y este es equipo mínimo- dijo, esbozando una mueca que debía ser una sonrisa.

El celular del productor repicó. Era Alberto que no conseguía donde estacionarse. El productor mandó a uno de los asistentes de electricidad para que se encargara del carro de Alberto.

- Si las luces se caen, vas a ir tú a pegar los cables- protestó el electricista jefe. El productor fingió ni haber escuchado nada.

Efraín salió con una camisa de rayas verticales rojas y blancas y con un pantalón color beige. El productor lo sentó al lado de su esposa. Renata volvió de su llamada.

- Ese tipo lo que no quiere es ir mañana al programa. Dice que tiene reposo médico por tres días.
- Llámate a Elba, la sacerdotisa de María Lionza.
- Está en Sorte. No regresa hasta el jueves. A ella le toca el viernes.
- ¿A quién más tenemos?
- Al sargento de la Guardia Nacional que rescató a los niños del incendio de su casa.
- Llámalo.
- Ya lo hice. Está pidiendo permiso en su Comando para adelantar la fecha, pero no se lo darán hasta mañana en la tarde.

En ese momento llegó Estela con su maletica de maquillaje.

- Coño, Estela. Hoy tenemos exteriores, hay que llegar temprano.
- Yo llego siempre a mi hora y ustedes ya se han ido. De las carreras no queda sino el cansancio.
- A ver si te cansas un poco entonces: Alberto está subiendo para acá.

Estela le dio la espalda, ignorándolo. Miró al matrimonio que estaba sentadito como un par de peluches en el sofá de la sala y les sonrió:

- Hola, soy Estela. Los voy a maquillar.
- Pero yo no uso maquillaje - protestó Verónica.
- Esto es sólo para quitar el brillo de la cara, que si no, luego se ve horrible en la tele.
- Pero un poquito y nada más.

Las dos cámaras ya estaban puestas en su sitio. Habían tenido que sacar la mesa del comedor para darle un poco más de espacio al improvisado estudio. Las luces volvieron a caerse. Alberto Baralt hizo su triunfal entrada. Todos lo saludaron y le sonrieron. Se acercó a Verónica y Efraín y los saludó efusivamente, como si fueran parientes o amigos de toda la vida. Luego se acercó al productor de campo:

- Alexis, ten cuidado con las cosas en el pasillo, que los vecinos no protesten.
- No te preocupes.
- Cuando termine con la entrevista, haz unas tomas del bloque, del barrio, de ella haciendo mercado, de él montado en su camión.
- Ya tengo eso en pauta. Ya Luis Gerardo salió para el automercado para preparar la locación.
- Ah, y el niñito que me mandaste para que le diera el carro no maneja sincrónico. ¿Qué pasa con las luces?
- Problema técnico. La red parece que no tiene suficiente resistencia.
- ¿Por qué no trajiste la planta?
- No me la pidieron.
- Resuelve.
- Eso es lo que hago todo el día, todos los días.

No quiso decirle aún que el Concejal que se había ganado el premio grande de la lotería no vendría para el programa del día siguiente.

De pronto las luces se encendieron, Efraín y Verónica se veían perfectos, dentro de su estilo, claro. Alberto se sentó frente a ellos, en un banquito. Los camarógrafos terminaron de desayunar sus cachitos de jamón y queso y se colocaron tras sus equipos y el sonidista comenzó a conectar y a probar sus micrófonos.

De pronto, como siempre, aunque pareciera mentira, todo estaba listo.

- Estamos listos, Alberto.
- Dame un minuto para conversar con ellos. Dale un vistazo a mi carro, Alexis.
Alexis envió a Renata, quien salió mascullando: "me van a violar en esos ascensores con tanta bajadera".


II

- ¿Cámara?
- ¡Grabando!
- Aquí estamos de nuevo, felices de que nos permitan entrar una vez más a sus hogares para llevarles media hora de acción y reflexión sobre nuestra realidad urbana. ¿Qué pasa en nuestra ciudad? ¿Todo es bueno?, ¿todo es malo? A veces es bueno y a veces es malo, porque así es la vida. Hoy hablaremos sobre el amor, porque no todo es sangre y destrucción, violencia y crimen sobre nuestras calles. También en esta ciudad ocurren cosas hermosas, milagros sobre los cuales alguna vez tenemos que hablar. Hoy tenemos como invitados a Verónica Fernández de Sotillo y a Efraín Sotillo. ¿Los recuerdan? Hace tres años fueron famosos. Efraín fue despedido del Liceo donde daba clases de biología por decisión del Consejo Directivo Sectorial. El se dirige a la fiscalía y demanda al Ministerio de Educación. El Estado contra el Estado. ¿La razón de todo esto? Una de sus alumnas, Verónica Fernández, se había enamorado de él. ¿El resultado? Tuvieron un romance. ¿Las consecuencias? Fueron rechazados por la comunidad educativa. Verónica contaba diecinueve años, Efraín tenía cuarenta. Parece que nuestra sociedad se siente agredida frente a estas manifestaciones del amor. Hoy los tenemos aquí, para ustedes, tres años después de la tormenta, felizmente casados. ¿Cómo se sienten?
- Bien, gracias
- Yo, nerviosa.
- ¿Cómo empezó todo esto?
- No sé, yo no me acuerdo- respodió Verónica.
- ¿Recuerdas la primera vez que lo viste?
- Sí, claro que sí. Yo estaba en la plazoleta del liceo, frente a la entrada. Lo vi hablando con un grupo de alumnos y le pregunté a una amiga "¿y ese quién es?" , "el profesor de biología", "nunca lo había visto", comenté. Y más nada.
- ¿Te enamoraste de él en ese momento?
- No, no creo. Eso ocurrió después, en cuarto año, cuando él comenzó a darme clases.
- ¿Y qué estudiabas cuando lo viste esa primera vez?
- Tercer año. Tenía diecisiete años para ese momento.
- Y tú, Efraín, ¿recuerdas la primera vez que la viste a ella?
- No con tanta exactitud. Ella era mi alumna, una alumna más. Lo primero que recuerdo de ella es que no era muy buena estudiante y siempre tenía que llamarle la atención. Bueno, no siempre, pero sí con cierta frecuencia.
- ¿Ella tenía algo especial para ti?
- No en aquel momento. Era una alumna, más nada.
- ¿Cuando te enamoraste, Verónica?
- No lo sé. Al comienzo sólo me gustaba. Era distinto a los demás profesores: cómo nos regañaba, cómo nos aconsejaba que estudiáramos, que no nos metiéramos en cosas de drogas. Siempre nos decía que estudiando era la única forma de que saliéramos del barrio. Casi todo el salón vivíamos en el barrio, en Pinto Salinas.
- ¿Sólo eso te gustaba de él?
- ¡Nooo! Me gustaba su boca y su mirada. Me gustaba cuando sonreía y sus ojos me parecían muy vivos, muy pícaros. Me di cuenta de que sentía algo por él porque me daba celos que le sonriera a otras alumnas. Me enojaba muchísimo y me parecía que le andaba coqueteando a todo el mundo.
- ¿Le coqueteabas a todas tus alumnas, Efraín?
- Nunca. Como profesor tú sabes que uno tiene muchos chances con las alumnas, pero yo nunca abusé de mi posición.
- ¿Y cómo te enredaste con Verónica?
- Eso fue otra cosa.
- ¿No tuviste novios de tu misma edad?
- ¡Claro!, pero no me sentía bien con ellos. Me parecían muy torpes y muy desaforados.
- ¿Cómo es eso?
- Bueno, no sé. Tenían como mucha prisa: no te habían terminado de agarrar una mano cuando ya querían meterse en la cama con una. Creo que eran muy torpes, o al menos eso me lo parecían.
- Y cuando estabas con ellos, ¿ya sabías que estabas enamorada de Efraín?
- Ya lo sabía, pero yo tenía que continuar mi vida, tratar de enamorarme de algún muchacho de mi edad. Efraín era un sueño imposible. Estaba segura que él ni siquiera se imaginaba lo que yo sentía por él.
- Y es verdad, yo no me imaginaba nada. Incluso, hubo un momento en que llegué a estar convencido de que le caía mal: siempre andaba como malhumorada conmigo, como enojada. Hasta llegó a contestarme mal un par de veces en clase.
- Es que él llegaba y se paraba a mi lado, junto a mi pupitre y me decía: tú letra se parece a la de la mamá de mi hija. Yo sabía que estaba divorciado, que tenía una hija y todo eso, pero por qué tenía que compararme con esa señora. Eso me daba mucha rabia. Y me daba rabia que hablara con otras alumnas: no lo soportaba.
- Y entonces, ¿cómo ocurrió todo?
- Cuando estaba en quinto año, Efraín llegó un día a clases y nos dijo: "hoy es mi último día con ustedes. Me voy del liceo de año sabático. Cuando regrese, ya ustedes estarán graduados. El curso lo continuará el profesor X. Les deseo lo mejor". Y se fue.
- ¿Por qué hiciste eso, Efraín?
- Quería abandonar la docencia, básicamente por razones económicas, tú sabes. Tenía un par de proyectos entre manos y necesitaba tiempo para intentar desarrollarlos.
- ¿Por qué le avisaste a tus alumnos de tu partida a última hora?
- Porque el Ministerio de Educación aprobó mi solicitud a última hora.
- ¿Tú que hiciste, Verónica?
- Me quedé, como dicen, en el sitio. Al salir de clases me fui a mi casa, me encerré en mi cuarto y me pasé el resto del día llorando. Se me acabaron las lágrimas de tanto que lloré.
- ¿Nadie sabía de tus sentimientos?
- En mi casa no, por lo menos hasta que me expulsaron del liceo.
- ¿Por qué te expulsaron del liceo?
- Bueno, usted sabe... por conducta indecente.
- ¿Te da vergüenza decirlo?
- No, me da rabia. La boleta de expulsión decía: conducta inmoral con personal docente del plantel.
- No nos adelantemos. ¿Qué pasó luego de haberte pasado todo el día llorando?
- Me propuse firmemente olvidarme de él. No podía seguir enamorada toda la vida de un hombre al que no iba a ver nunca más. Al comienzo no quería salir para nada de mi cuarto. Dormía y amanecía allí, encerrada. Por nada en el mundo quería volver al liceo, ya que sabía que allí todo me lo recordaría. Entonces enfermé. Me dio una gastritis horrible y no hacía otra cosa que vomitar. En mi casa llegaron a pensar que me iba a morir de lo delgada que me puse. Y la idea de morirme era lo único que me gustaba. Entonces un día se lo conté todo a una amiga, a Yajaira. Se quedó muy sorprendida. Me dijo que tenía que olvidarme de él, que era un sueño de niña, que ese hombre jamás sería para mí. A los pocos días regresé al liceo con la absoluta decisión de sacarlo de mi vida.
- ¿Lo lograste?
- Creo que no. No se trata de una lámpara que uno enciende y apaga cuando nos conviene. Estas cosas se apagan cuando quieren, no cuando uno quiere.
- Entiendo. Y a ti, Efraín, ¿cómo te fue en tu año sabático?
- Mal. Las cosas no salieron como yo esperaba. Me estaba comiendo los ahorros y no tenía ninguna entrada de dinero fija. Entonces envié una carta al Ministerio solicitando la suspensión de mi permiso y la reincorporación inmediata a mi trabajo.
- ¿Así fue que regresaste?
- Sí, regresó. Yo no lo podía creer. Volvió igual que como se fue: sin avisar. Yo estaba segura que aquello era un milagro, un regalo de la vida que no iba a dejar escapar. Durante toda la clase estuve pensando en lo que iba a hacer, sin perder tiempo. Había perdido tantas oportunidades, pensando que siempre lo tendría allí cerca. Cuando terminó la clase me fui hacia su escritorio y le dije que quería hablar con él un asunto muy delicado. Me dijo que estaría en su cubículo hasta las doce del mediodía.
- Ese día me quedé esperándola. Yo pensaba que quería hablarme sobre algún problema familiar. Tú sabes, muchas veces los profesores somos como guías para sus alumnos: tienen problemas y saben o creen que no los pueden plantear en sus casas. Entonces recurren al profesor.
- No fui porque estaba aterrada. No sabía cómo iba a reaccionar Efraín. Era mi profesor, yo era su alumna, él me doblaba la edad. No pude bajar a hablar con él. Me pasé toda la tarde con Yajaira, escuchando música. Nos compramos una botellita de ron y nos la bebimos toda. Yo me estaba preparando para lo peor. Yajaira pensaba que yo estaba loca de atar, pero me preguntaba: "Cómo se lo vas a decir". Y yo le respondía: "no lo sé, ya veré". Cuando ya estábamos un poquito borrachas, le dije: "se lo voy a contar todo y punto". "Me parece muy bien". Terminamos muy borrachas. Hasta lloramos las dos, abrazadas. Esa ha sido la única vez que me he emborrachado en mi vida.
- ¿Y entonces?
- Al día siguiente no tenía clases con él. Averigüé en la Coordinación a qué hora estaría en su cubículo. Esperé a que entrara y me le presenté. Me invitó a sentarme y empecé a hablar sobre el calor y de los mosquitos.
- Yo le dije: "Verónica, tú no viniste a hablar conmigo sobre el calor ni sobre los mosquitos: ¿qué es lo que quieres decirme?
- Entonces le dije: "es algo muy delicado y muy personal, algo muy íntimo y muy importante para mí. Estoy enamorada de usted".
- Entonces fui yo quien se quedó en el sitio. Me esperaba cualquier cosa, menos eso. Pero me agradó oírlo, me agradó muchísimo. Le dije que ese no era lugar para hablar sobre esas cosas y le propuse una cita. No pensé lo que hacía. Sé que he podido decirle que podía ser su padre, que eso le ocurría a muchas alumnas, que veían en sus profesores a una especie de héroe, de líder. Pero no hice nada de eso. Simplemente establecí una cita, una cita de amor, con una de mis alumnas.
- Fue nuestra primera cita. Allí nos hicimos novios.
- Bueno, ese primer día no ocurrió nada. Simplemente hablamos.
- Hablamos toda la tarde. Me dijo: "debo estar loco, pero quiero ver hasta dónde puede llegar esto". Y yo pensé: hasta el cielo. Pero no le dije nada. El me propuso esperar a que terminara de graduarme, pero faltaban seis meses para eso. Comenzamos a salir y a vernos con mucha frecuencia. Yo comencé a estudiar muchísimo porque si estás saliendo con un profesor, no puedes ser mala alumna. Al poco tiempo nos hicimos amantes.
- Tardamos menos de un mes en hacer el amor. Allí todo comenzó a agarrar más cuerpo. Comenzamos a mirar hacia adelante, hacia el futuro.
- Todo era nuevo para mí.
- Y para mí también.
- ¿Y qué pasó, cómo se inició la tormenta?
- Una profesora nos vio.
- Leticia Marrero, mi profesora de historia. Una vieja retardataria.
- Ibamos abrazados por Sabana Grande. Habíamos dejado de andar escondidos, nos gustaba que nos vieran. Allí nos pescó la profesora. Se acercó a nosotros, pero me saludó sólo a mí: "¡Profesor Sotillo!", y se fue. Al lunes siguiente, apenas llegué al plantel, el director me mandó a llamar. Me pidió una explicación y yo se la di, sin negar nada. Creo que el director, como hombre al fin y al cabo que es, logró entender. Pero la profesora ya estaba llevando el caso al Departamento Legal del Ministerio de Educación. Allí la cosa no sería tan fácil. Intervinieron el liceo, amonestaron al director, expulsaron a Verónica. Yo defendí mis derechos hasta el final: ¿quién le prohibe a un médico enamorarse de una enfermera, hasta de su paciente?, ¿quién le prohibe a un abogado enredarse con su asistente o con su secretaria, hacerse su amante, casarse con ella si le da la gana? Entonces, ¿por qué un profesor no puede enamorarse de una alumna? ¿Por qué una alumna no puede enamorarse de un profesor? Verónica era muy joven, pero tenía diecinueve años, era mayor de edad. Tenía edad suficiente para votar, para casarse, pero no para decidir su vida. Yo no entiendo.
- A ti también te expulsaron del liceo, ¿no?
- Por comportamiento insubordinado. Yo pedí que mi acta de despido dijera: "conducta inmoral", igual que decía la boleta de expulsión de Verónica, porque si el pecado era el mismo, el castigo debía tener para ambos el mismo nombre. Pero nadie me hizo caso.
- Mi casa se volvió un infierno. Papá, que nunca se ocupó de mi, me prohibió salir de la casa, arrancó el teléfono en un ataque de rabia, no me dejó estudiar en ningún otro liceo. Todos en mi casa, menos Aída, mi hermana, me trataban como a una perdida. Y mis hermanos querían buscar a Efraín para matarlo. Fue horrible, pero fue muy bello. Efraín y yo nos comunicábamos por notas escritas, por cartas. Aída era nuestra mensajera. Sentíamos que todo se había perdido, pero a cada segundo nos prometíamos tiempos mejores. Efraín introdujo demanda contra el Ministerio de Educación. Entonces hubo una reacción extraña en mi casa: lejos de tomar como un escándalo que mi nombre hubiera ido a para a la prensa, comenzaron a ver las cosas de otra forma. No me decían nada, pero veían las cosas con más respeto.
- Entonces yo me presenté un día en su casa. Me abrió la puerta la mamá, quien casi se cae de espaldas al verme. Sin saber qué hacer, llamó al marido. Yo les dije que necesitaba ver a Verónica. "Cinco minutos". me dijo su padre, Ramón, un tipo apenas siete años mayor que yo. Al día siguiente me volví a aparecer y luego al día siguiente. Aun el juicio no se había resuelto cuando pedí en matrimonio a Verónica. Los padres no tuvieron otro camino que aceptar.
- Ganaste el juicio, ¿no?
- Lo gané, pero inmediatamente puse la renuncia. Lo verdaderamente increíble de esta historia es el tiempo récord que el Ministerio tardó en darme el cheque de mis prestaciones: veinticuatro días.
- ¿Seguiste estudiando?
- Tuve que repetir quinto año. Ahora estudio en un Instituto Técnico, para ser asistente administrativo.
- Yo trabajo por mi cuenta.
- ¿Los reconocen en la calle?
- Al comienzo, mucho. Ahora no tanto. Una vez nos pidieron un autógrafo.
- Y en Maracaibo una vez los dueños de un restaurancito se negaron a cobrarnos la cuenta.
- Sentamos un precedente en muchos sentidos. Les dimos algo para creer, les dimos una muestra de que las cosas son posibles, si crees en ellas. El problema es que la gente ya no cree en nada, porque las cosas son difíciles. Nada es fácil. Menos que nada, querer a alguien.
- ¿Podrías decirnos algún detalle de su intimidad?
- ¿Un detalle cómo qué?
- Un detalle, cualquier cosa.
- A veces, cuando él se enoja o hacemos el amor, le digo profe. A él le encanta.
- Perfecto- concluyó Alberto-. Aquí tenemos una historia de amor bien bonita- dijo, mirando a cámara.

Alexis se acercó a Alberto como un perro regañado:

- Para mañana no tenemos entrevistado. El Concejal tiene cagantina.
- Resuelve, inventa. Después de esto podemos meter hasta una entrevista con un violador. Yo te hago el camino fácil y tú me lo dificultas.

Cuando el programa salió al aire, concluyó con imágenes de Verónica comprando remolachas en el mercado, Efraín cargando guacales en su camión y niños correteando por entre pipotes de basura en los bloques de Lídice, que era donde ellos vivían. Mientras tanto, la banda sonora rezaba lo siguiente:

"El amor es como esos crepúsculos multicolores: hay quienes lo ven y comprenden el secreto sentido de la vida, y hay quienes sólo pueden pensar que el día se acaba y que llegarán tarde a sus citas".

La frase era de Monghe Sarmientos. La propuso Renata. Alexis la presentó como idea suya. Alberto Baralt la aceptó.


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Cuento publicado en "El atador de cabos", Monte Ávila Editores Latinoamericana, 2000. De venta en las librerías "Del Sur" y las librrías de Monte Ávila. Para mayor información, favor comunicarse con la Editorial a los teléfonos 0212-2656020 ó 0212-2638505. Este relato está protegido bajo leyes de Copyright 1999. La reproducción parcial o total de este relato sólo podrá realizarse bajo estricta autorización escrita del autor o de la casa editora. Email del autor: mesones@cantv.net.

viernes, 21 de noviembre de 2008

LA NOTA

"¿Qué hay en el mundo más peligroso que una mujer?:
!Dos mujeres!"






Las dos mujeres entraron acaloradas al local tenuemente iluminado. Caminaron en línea recta, de prisa, hasta llegar a la barra del bar. Ninguna de las dos pasaba de los treinta años. Una de ellas se llamaba Sandra, la otra, Antonieta. Ambas eran, sin duda, muy atractivas.

— No deberíamos estar acá, Toña. Nos tomamos un trago y nos largamos. ¿De acuerdo?
— No sé, déjame pensar. ¡Maldito bastardo! ¿Cómo no pude darme cuenta por mí misma?
—Tranquilízate, mujer. Entiendo por lo que pasas, pero no puedes perder el control.
— Deja que lo agarre. Lo voy a dejar en la calle. No le va a quedar ni para un cepillo de dientes. Ni para un maldito cepillo de dientes, te lo juro, Sandra.
— Está bien, pero ahora no es el momento. Cálmate.

El barman, un jovencito de palidez cadavérica trajeado con un chaleco rojo y corbatica de lacito negro, se había instalado frente a las dos mujeres, esperando sus órdenes.
— Tráiganos un gin tonic y un martini seco, ¿o prefieres un vinito blanco?
— Un martini doble, seco — corrigió Antonieta.

Eran cerca de las tres de la tarde de un día martes. Se encontraban en el bar del hotel “Río Grande”. En la calle, el calor era infernal, pero la suave iluminación del bar y el fuerte aire acondicionado rompían con cualquier conexión climática u horaria con el exterior. Allí dentro bien podían ser las seis de la tarde o la una de la mañana. Igual podía haber un sol recalcitrante o caer un diluvio, adentro nadie lo notaría. El único indicio de que en realidad eran las tres de la tarde de un día laboral era que el bar estaba prácticamente desierto. Además de Sandra y Antonieta, había un hombre cincuentón con aspecto de turista gringo, un par de tipos encorbatados sentados en uno de los extremos del bar en una mesa arrinconada y una pareja dedicada a los retozos de la seducción. De vez en cuando la dama de esta pareja, una señora de unos cuarenta años, se reía con estruendosas carcajadas.

— Voy a subir a la habitación. Quiero verle la cara. Necesito verle la cara. Y quiero que él también me vea la cara y que no se le olvide nunca.
— ¿Te volviste loca, Antonieta? Vámonos, anda. Vámonos para tu casa. No voy a formar parte de una escenita de telenovela. Y si no me acompañas, me voy sola.
— Pero, ¿qué quieres que haga? ¿Que lo deje tranquilo tirándose a la puta esa? Y ni se te ocurra irte. Ni me lo digas. Ni siquiera lo pienses. Hoy me acompañas, pase lo que pase.
— Te acompaño, pero compórtate.

Antonieta tomaba su trago con avidez mientras con la mano izquierda izaba un cigarrillo humeante como una bandera de guerra. De vez en cuando agitaba su pelo casi rubio, como si se dispusiera a atacar a un personaje que sólo ella era capaz de ver.

— ¡Qué bolas! ¡Con una alumna, Sandra! Ni siquiera con una mujer, con una verdadera mujer, sino con una mocosa que ni siquiera sabe quitarse las pantaletas con estilo. Una descarada, una maldita puta descarada. Mira qué atrevimiento el de llamarme a mi casa, a mi propia casa para decirme la hora y el lugar en el que se va a acostar con mi marido. Es que esto se cuenta y no se cree.
— Es verdad, esto es increíble. Los hombres deberían fijarse mejor con quien hacen sus vagabunderías.
— ¿Fijarse mejor, Sandra? Pero, ¿de parte de quién estás tú? Algo así debería pasarle a todos los hombres mentirosos, a todos los que tienen el cerebro en la punta de la verga.
— Coño, Antonieta, o te calmas o me voy. No la cojas ahora conmigo.
— Si no la cojo contigo, pero fíjate en lo que dices, ¿okey?
— Estás insoportable.
— Voy al baño — tomó su cartera y se fue sin esperar respuesta.

Antonieta se levantó y buscó el tocador. El baño era un lugar amplio y limpio, aunque quizás excesivamente iluminado con luces fluorescentes y con intenso olor químico de desinfectantes. Era un salón frío y Antonieta no pudo evitar asociarlo con una morgue. Al volver al bar no se fue a la barra sino que se dirigió a la salida. Sandra estaba de espalda y no podía verla. Atravesó el lobby, buscó las escaleras que llevaban al sótano y de allí caminó hasta el estacionamiento del hotel. Después de una breve caminata logró encontrar el camry de Luis Armando, su esposo.


Regresó a la barra agitada y sudorosa.

— ¿Dónde diablos andabas? — le preguntó Sandra.
— Todavía están acá. Acabo de ver el carro otra vez. Tenemos que hacer algo antes de que se vayan.
— ¿Hacer qué, Antonieta? Ya sabes que están acá, y sabes lo que están haciendo. ¿Necesitas acaso pescarlo con las manos en la masa? ¿Quieres verlo cuando se lo meta?
— No me hables así, coño. ¡Respétame! — su voz se quebró e hizo un amago de llanto contenido. Sandra comprendió que se había propasado, y comprendió que además de sentir rabia, su amiga sufría.
— Hay que hablarte así para que entiendas. No vas a hacer ninguna locura, ¿me entiendes?
— Hay que averiguar al menos el número de la habitación. Y me tienes que ayudar.
— Voy a pedir otro trago, me voy a fumar otro cigarro, te voy a acompañar aquí sentadita, pero no esperes que haga nada más, ¿estamos claras?

Antonieta ya no la escuchaba. Se bebió la última gota de su trago, la puso sobre la mesa y la apartó con desprecio a un extremo, detrás de los ceniceros. El cadavérico barman volvió a aparecerse, como por arte de magia.

Antonieta y Luis Armando se habían conocido cuando ella tenía dieciocho y él, veintitrés años. Fue en la fiesta de quince años de Isabella, una prima de Luis Armando. Guapo, simpático, arrogante, seguro de sí mismo, era el chico que cualquier muchacha esperaba para ver cumplidos sus más ambiciosos sueños. Bailó con ella toda la noche. Le contó chistes, le confesó sus planes de irse a trabajar al norte (era estudiante de ingeniería electrónica y se graduaría en un año) y, al final de la noche le dijo una frase devastadora: “Con una mujer como tú, uno se casaría sin pensarlo dos veces”. Antonieta se hubiera conformado con un beso, con que le pidiera su número telefónico, con que le dijera que era linda, la más linda de todas las mujeres. Pero aquella confesión, aquella declaración tan radical cuatro horas después de haberla conocido, la dejó simplemente idiotizada. Cuando estaba por retirarse a su casa, Luis Armando la acompañó hasta la mesa donde estaban los padres de Antonieta, y luego los acompañó a todos hasta la puerta, como si él fuera un novio enamorado. De regreso a casa, Antonieta casi se echa a llorar al darse cuenta de que él no le había pedido su número telefónico. Sin embargo, al día siguiente, a las once de la mañana (era domingo, jamás podrá olvidarlo) Luis Armando la llamó. Le dijo que esperaba no haberla despertado. Ella, aun medio dormida, dijo que sí, que la había despertado, pero luego le aclaró que eso no importaba. Y allí se pegaron a hablar. Para siempre.

Se casaron cinco años más tarde. Cinco años en los que Antonieta se mantuvo en el más perfecto estado de feliz idiotez. Al poco tiempo de andar juntos se acostaron. Antonieta era virgen, aunque ya antes había estado con alguien en la cama, totalmente desnuda, pero nunca se había dejado penetrar. Así que, técnicamente, era virgen, y en tanto que virgen, Luis Armando era, técnicamente, el primer hombre de su vida.

Para el momento de este relato, llevaban siete años de casados, con dos niños varones, uno de cinco y el otro de dos años.

Como no hay idiotez ni enamoramiento que sea más fuerte que la férrea rutina de un matrimonio, a los pocos meses de casados las cosas comenzaron a cobrar su verdadero nivel. Antonieta no era tonta y no le costó percatarse de que su atractivo esposo no era inmune al coqueteo de otras damas. Y eso la mantuvo siempre en un estado de permanente angustia y de alerta máxima. Era un rol agotador.

Pero tampoco Antonieta había sido inmune al galanteo de otros caballeros. Mientras estudiaba el último semestre de administración en la universidad, y durante el embarazo de su hijo más pequeño, apareció Alejandro, un compañero con quien cursaba estadística. Mientras se preparaban para un examen, una noche en casa de Sandra, Alejandro no le quitaba la mirada de encima a Antonieta. Estaba serio y distraído. Y cuando Sandra se levantó de la mesa de estudio para preparar café, Alejandro aprovechó para tomar sin previo aviso el cuaderno de apuntes de Antonieta. Al principio observó la libreta en silencio, como si estuviera descifrando alguna fórmula matemática allí escrita. Ella lo miraba sorprendida y curiosa. De repente, Alejandro tomó su bolígrafo y escribió algo en el cuaderno. Luego se lo devolvió, sin quitarle los ojos de encima a Antonieta. Ella recibió el cuaderno y leyó en él lo que le había escrito: "Creo que me he enamorado de ti", decía. Pálida y aterrada, Antonieta cerró el cuaderno de un solo golpe. Con la mirada baja, se levantó de la mesa y se fue a la cocina, sin decir nada. Cuando regresaron ella y Sandra, Alejandro estaba en el balcón, fumando. Parecía abstraído en los carros que atravesaban la nocturna avenida. Durante todo el resto de la noche, Antonieta no le dirigió la palabra ni volvió a cruzar mirada con el impertinente y desubicado enamorado.

Manejando de regreso a su casa, Antonieta se sintió ofendida e irrespetada. Tenía cuatro meses de embarazo y ya se le notaban. ¿Qué pretendía ese cretino, qué esperaba de ella? ¿Que le abriera las piernas y le pidiera delicadeza para no maltratar al bebé? Con Luis Armando apenas si hacía el amor, y ahora este imbécil pensaba que podía acostarse, sin más, con ella? Estaba indignada, pero, en el fondo, estaba excitada. Era como si hubiera recuperado en un segundo, a través de esa frase, la conciencia de su enorme capacidad para convocar el amor de otro hombre.

Al día siguiente, a la salida del examen de estadística, decidió esperar a Alejandro y confrontarlo. Al verlo, le dijo que tenían que hablar. Fueron al cafetín. Su plan era leerle la cartilla y ponerlo en su sitio. Sin embargo, al caminar en silencio a su lado, lo sintió tan dócil, tan ajeno a cualquier requerimiento ilícito, tan tierno incluso, que su enojo no tardó en evaporarse. Se sentaron sin decir palabra. Alejandro se ofreció a buscar un vaso de agua para ella y un café para él. Al regresar, volvieron a quedarse mudos. Alejandro la miraba, pero eso no la incomodaba. Al final Antonieta le dijo:

— Estás loco. Esto es una locura, Alejandro.
— Sí, allí sí estamos de acuerdo. Sólo quería que lo supieras. Más nada.

A partir de ese momento, Alejandro la llamaba a su casa, se escapaban una y otra vez al cafetín de la Universidad para hablarle de su amor. Le escribía cartas, notas de pasión sobre servilletas o en cajas vacías de cigarrillos. Al comienzo le decía que no aspiraba a nada, pero no tardó en quererlo todo. La acosaba para que dejara a su marido y se fuera con él. Poco a poco Antonieta comenzó a necesitar cada vez más este acoso amoroso y lo hizo parte de su vida. Necesitaba oírlo, verlo, sentirse amada en términos tan absolutos y desmesurados. Nunca Luis Armando la había enamorado de forma tan efusiva. No había necesitado hacerlo. Él se limitó a chasquear los dedos, y ella salió corriendo detrás de él. Por primera vez en su vida, hubo un par de noches en las que Antonieta pensó en su matrimonio como en una equivocación. Fue cuestión de minutos, pero lo pensó. Y nunca más pudo olvidar esos breves minutos en los que el mundo se hizo un lugar más ancho que el que le brindaba su marido. La única persona a quien Antonieta se atrevió a confesarle este affaire fue a Sandra. Incluso, llegó a pedirle que le guardara en su casa las escandalosas y emotivísimas cartas que Alejandro le escribía casi a diario.

Antonieta y Alejandro jamás se tocaron. Ni siquiera se tomaron de la mano. Sólo una noche, Antonieta estuvo dispuesta al contacto físico, pero no hizo nada para hacerlo saber a su enamorado, así que el deseo se consumió en sí mismo, sin mayores consecuencias.

Cuando Antonieta parió al más pequeño de sus hijos aprovechó para aislarse de Alejandro. Tres semanas después del parto, cuando finalmente ella atendió el teléfono, le dijo que ya no debía seguir llamándola, que ella había enloquecido, quizás por el desbarajuste hormonal del embarazo, pero que ya no le encontraba sentido seguir adelante con ese juego que no los conduciría a nada bueno. Alejandro la escuchó en silencio. Ella esperaba que él la confrontara con vehemencia, que utilizara todo lo que ella había aceptado escuchar y leer, pero no lo hizo. Simplemente la escuchó calladamente y al final le dijo que lamentaba muchísimo esa decisión, claro, por él, y le prometió que ya nunca más la molestaría, y así lo hizo. Al colgar el teléfono, Antonieta se volvió un mar de lágrimas. Así estuvo durante días, llorando por cualquier cosa. Ella se justifica ante los demás y ante sí misma como un efecto de la depresión post-parto. Pero ella y sólo ella sabía la verdadera razón.

— Vamos a hablar con el recepcionista. Le dices que eres su secretaria privada y que sabes que tu jefe está aquí. Le dirás que a la mamá de él, la de tu jefe, le acaba de dar un infarto y que agoniza en una clínica. Incluso le darás el teléfono de la clínica, estoy segura que no verificarán nada, pero eso les dará confianza.
— ¿Yo, yo haré eso? ¿Y por qué no vas tú?
— Coño, porque yo no puedo, se me huele que soy la esposa del tipo. En cambio, tú puedes permanecer impasible, como lo haría una secretaria de verdad-verdad. Te dan el número de la habitación y nos vamos para allá arriba. Quiero que me vea la cara.
— Estás de atar, Toña. Ni en sueños haré nada de eso, y menos que nada, subir a la habitación a verle la cara a Luis Armando.
— O le ofreces dinero al recepcionista. Le damos un buen cheque y él nos da el número de la habitación.
— Escúchame bien: yo me voy. Ya me tienes harta. Estás pero que bien loca.
— ¡Qué ladilla contigo! Estar contigo y estar sola es la misma vaina.
— Si eso piensas, creo que estoy de sobra — respondió Sandra, ofendida, agarrando su bolsito, dispuesta a marcharse.
— Discúlpame, no quise decir eso. Pero no me abandones ahora, por favor.

Las mujeres tomaron sus tragos y fumaron como chimeneas durante un buen rato, sin decirse nada. Fue Antonieta quien volvió a hablar:

— Nunca pensé que Luis Armando me hiciera algo así. Nunca.
— Bueno, tampoco dramatices. Pareciera que no conocieras a los hombres, y menos a hombres como tu marido: atractivos, jóvenes, exitosos. Son tuyos, pero tienes que compartirlos. Aunque sean gordos, barrigones y unos fracasados, tienes que aprender a compartirlos, ellos siempre se las arreglan para conseguir a otras mujeres. Y una tiene que aprender a mirar para otro lado. Hacernos las locas. Porque dime, ¿qué vas a hacer? ¿Botarlo de la casa? Eso sería dejarle el camino libre a la mocosa esa. Mañana los tendrás bien juntitos, él despechadito y ella consolándolo con las piernas bien abiertas.

El barman se apareció con dos tragos más, sin que las mujeres se lo hubieran pedido. Les dijo:

— Esto se los envía aquel señor.

Ambas se voltearon a mirar al tipo que estaba sentado al otro extremo de la barra, el que tenía aspecto de turista gringo: un catire regordete, rojo como un camarón.

— ¡Hijo de puta!— masculló Antonieta con furia— Fuck you, son of a bitch — le gritó, mostrándole su mano derecha con el dedo del medio levantado mientras se golpeaba el brazo con la otra mano. Un poco asustado, el gringo levantó sus manos, como tratando de protegerse del obsceno gesto, mientras recitaba i'm sorry, i'm sorry. El cadavérico barman se esfumó, como por arte de magia.
— Coño, Antonieta, que pena, por dios.
— Pena un coño, Sandra. Ese hijo de puta debe pensar que somos par de putas baratas. Seguro que es un vendedor de cables que lo mandan para esta vaina y se quiere coger a cualquier indiecita que se le atraviese. Porque no importa que estemos bien buenas, para él somos indiecitas. El muy bastardo debe tener una esposa que se le ha puesto gorda pariéndole hijos y ahora nos quiere en la cama para que le mamemos el huevo. Que se largue al infierno. Es mejor que se vaya, que ya no quiero ni verlo, hijo de puta invasor. I'll shut you. I have a gun and I'll shut you, son of a bitch— le volvió a gritar al gringo regordete, quien ya se apresuraba a pagar la cuenta y escapar de aquella loca.

— Mejor nos vamos.
— ¡Nos vamos un coño! Ahora es que la vaina se pone buena. Si quieres te vas, pero yo que tú me quedaría. Aprende a ser mujer. Esto que me está pasando a mí hoy, te va a pasar a ti algún día. Dos tragos más, garçon— ordenó.

El bar estaba decorado con elegancia barata, con adornos dorados y alfombras y cortinas rojas. Los dueños debían ser emigrantes italianos. No era un hotel para parejas. Era caro, pero vulgar, ostentoso. De pronto Antonieta comprendió que ese seguramente era el hotel preferido de su marido, su pequeño y arrogante nidito de amor.

— Me dejé engordar demasiado.
— ¿Qué? — preguntó Sandra.
— He tenido dos carajitos. Las tetas se me cayeron, y la carne se me puso flácida. Mi culo se puso como una gelatina. Luis Armando cada día está más altivo, más fuerte, más atlético. Se pasa media hora en la piscina y se broncea como un actor de cine. Nunca comprendí por qué quería dar clases en la universidad: pagan poco y nos roba tiempo para estar juntos. Me vino con un montón de argumentos para taradas. Pero ahora comprendo todo: lo que buscaba era culos jóvenes, tetas paraditas, carajitas fresquesitas y perfumaditas. Mangos bajitos.
— No pienses en eso. Piensa en lo que vas a hacer. Tienen dos hijos. No se pueden volver locos. No es un santo, de acuerdo, pero es tu marido.
— Me tengo que poner a dieta. Debo ir a un gimnasio. Aún soy joven, y sigo estando buena.
— ¿Ves? Esa es una solución. Además, ninguno de nosotros somos santos. ¿Te acuerdas de lo tuyo con Alejandro?

Antonieta la miró con furia. Aquello fue un golpe bajo.

— No mezcles las vainas, querida. Lo de Alejandro fue algo platónico.

Así había resuelto Antonieta todo aquel extraño capítulo de su vida: un amor platónico, un romance quinceañero vivido durante el embarazo de su segundo hijo. Un desbarajuste hormonal.

Antonieta llamó por el celular a su casa. La señora de servicio le informó que el señor llegaría tarde porque había tenido una cena imprevista con unos clientes.

— El muy cabrón llegará tarde porque está cenando con unos clientes — le informó, irónica, a Sandra —. Así será que tendremos que esperarlo para darle su postre. !Garçon!

A medida que caía la noche comenzaron a llegar nuevos clientes al bar. Un pianista comenzó a tocar. Hubo un momento en el que Antonieta pareció estar contenta. El ambiente se había animado bastante.

— Cuando fui al baño, me escapé y me fui a ver el carro de Luis Armando... — se quedó callada, pero sonriente, como si supiera algo que no quería confesar.
— Ajá, ¿y?
— Le dejé una nota pegada al parabrisas: "Cariño, ¿rica tirada? Te espero en el bar. Antonieta".
— ¡¿Qué?!
— Que le dejé una nota. En cualquier momento debe estar por llegar. Lo conozco. Llegará hecho una fiera. Se hará el ofendido. Es tan poca cosa ese tipo, tan previsible. Me quedaré con la casa y con los carros. Le armaré un escándalo en la oficina. Quizás hasta lo boten. Espero que lo boten. Iré sola, no te preocupes, no me tendrás que acompañar. Lo dejaré en la calle. No tendrá ni para comprarse un buen cepillo de dientes.

— No sabes lo que estás diciendo.
— Sí, pero no te vayas. Ahora es que la cosa se pone buena.

Antonieta giró sobre su asiento para observar al pianista y a los nuevos visitantes del bar. Sandra la imitó. Tomaron de sus tragos y fumaron sin decir palabra. Ambas estaban ya un poco borrachas.

Fue Antonieta quien primero vio a Luis Armando entrar al bar. Él se mantuvo inmutable mientras caminaba hacia su mujer. Las blancas mejillas de Antonieta se encarnizaron y sus grises ojos brillaron de rabia y miedo. Sintió que el final estaba cerca.

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Este relato podrá encontrarlo en el libro "Inventario y otros relatos", editado por la Casa de las Letras Andrés Bello. De venta en las librerías "Del Sur" y en la librería "El Buscón" (Paseo Las Mercedes). Para mayor información puede llamar al teléfono 5627300. La reproducción parcial o total de este relato deberá realizarse estrictamente bajo autorización escrita del autor o de da la casa editorial. Email de contacto: mesones@cantv.net.

viernes, 17 de octubre de 2008

COMO UNA FLOR DE CARNE VIVA ANTE MI BOCA

Caminaba por calles solitarias, rumbo a mi casa. Bajo la luz del farol, como en una de esas viejas fotografías en blanco y negro, una mujer aguardaba parada en una esquina. Quizás sólo esperaba por un taxi. O a lo mejor a que apareciera un cliente. Su aspecto y su pose desafiante ante la soledad de la calle me hicieron sentir temor y atracción: piernas largas, falda corta, altos tacones. Poseía, aun sin moverse, una femineidad descarada, casi impúdica. Pasé a su lado, observándola de reojo. Ella ni me miró. De su cuerpo emanaba un aroma a perfume caro. Exudaba lascivia y carnalidad. Seguí de largo, no sin antes girar la cabeza para disfrutar una vez más de la sensual figura de la mujer.

No eran ni las diez de la noche pero las calles estaban prácticamente desiertas. El hampa irreductible, la ya crónica crisis económica que nos embarga desde hace años y quizás hasta nuestra propia naturaleza pacata han hecho que Caracas regrese a los albores de su antigua condición de aldea. De sus años cosmopolitas apenas si nos quedan las autopistas y algunos pequeños rascacielos, ahora con sus ventanales a oscuras, ahorrando energía eléctrica.

Un carro pasó a mi lado aminorando la marcha. Era un mustang vino tinto último modelo. Los vidrios ahumados me impedían ver hacia su interior. Instintivamente, me arrimé hacia la fachada de los edificios de la calle, buscando un poco de protección. No creía que me fueran a asaltar, pero nunca se sabe. El mustang aceleró y continuó su camino, doblando a la derecha en la siguiente en la esquina.

Dos minutos más tarde el carro regresó. Esta vez sí se detuvo y frenó a pocos metros delante de mí. Yo me paré y aguardé a ver qué pasaba, pero nada. El carro permanecía allí, inmóvil, sin que nadie se bajara ni se montara en él. Con mucha precaución reanudé mi marcha. Por la acera de enfrente apareció un trío de parroquianos, quizás de regreso de algún bar. Yo aproveché la imprevista compañía para apurar mi paso y adelantarme al carro estacionado, sin embargo, cuando estaba frente a él, la ventanilla del copiloto se bajó. Pude distinguir a dos mujeres. Una de ellas, la que iba al volante, me llamó.

— Señor, por favor.

Traté de ignorarlas, pero la mujer hizo sonar su bocina. Me detuve y les presté atención a lo que trataban de decirme.

— Señor, por favor, ¿nos puede ayudar?

Me acerqué al carro. Efectivamente, eran dos mujeres. En el asiento trasero no había nadie.

— Estamos perdidas. Andamos buscando el hotel Hilton, pero de verdad que no tenemos ni idea.
— Bueno, realmente están algo lejos. Deben bajar buscando la avenida Urdaneta para luego tomar hacia la plaza Oleary y de allí agarrar por la Lecuna. Al final, cruzan a la derecha. Allí encontrarán al hotel.

Ya me había acercado lo suficiente a ambas mujeres y, aunque la situación era extraña, no parecían peligrosas. La que me hablaba era una chica de piel clara y una melena rubia que apenas le tocaba los hombros. La otra era morena, con el pelo negro y largo, recogido en una improvisada coleta. Ambas eran extraordinariamente atractivas y ninguna parecía mayor de treinta años.

— Está bien, muchas gracias, pero, ¿sabes algo?: no vamos a llegar. Yo soy de Mérida y ella es del Zulia y apenas si conocemos Caracas. Dime, ¿podrías acompañarnos e indicarnos el camino?
— ¡Claro que no! Ya estoy llegando a mi casa y estoy muerto de cansancio.
— Anda, vale, no seas malo. Cuando lleguemos al Hilton te pagamos un taxi para que te traiga de regreso a tu casa.

Comencé a asustarme y me aparté un poco del carro cuando de pronto reconocí a la mujer que iba sentada en el asiento del copiloto: era la misma que minutos antes había visto un par de cuadras atrás, bajo el farol.

— Bueno ... ¿De verdad necesitan que las acompañe?
— Claro que sí, mi vida. Te pagaremos el taxi apenas lleguemos.
— No, no, ese no es el problema. Yo me lo puedo pagar.

La mujer con la que me había tropezado minutos antes tuvo que bajarse del carro para dejarme entrar al asiento trasero. Hasta el momento ella no había dicho palabra, lo que la envolvía en un aire aún más misterioso y seductor.

Ya en el carro, comencé a guiarlas hacia el Hilton. Luego les pregunté:

— Y si no es indiscreción de mi parte, ¿qué van a hacer al Hilton?
— Vamos a una especie de fiesta.
— Ah, está bien. Y díganme, ¿no les da miedo montar en el carro a un desconocido como yo?
— No, para nada. Estamos armadas, las dos. Y si no haces exactamente lo que te digamos, pues no creo que la vayas a pasar muy bien.

Tragué grueso. Cierto que eran dos mujeres, pero bastaba una sola de ellas, armada como decían que estaban, para someterme. Mis posibilidades de pedir ayuda eran casi nulas. Sin embargo, me tranquilizó el hecho de que la mujer rubia seguía obedeciendo las instrucciones que yo le daba para llegar al Hilton.

— ¿Te asustaste, no? No te vamos a hacer nada, cariño, pero tampoco te pongas a meternos miedo. De verdad que andamos bien armadas.
— Discúlpame, no fue mi intención. Sólo trataba de ayudarlas.
— Lo sabemos, y te lo agradecemos mucho. Ahora, ¿hacia dónde?
— A la derecha.
— Yo me llamo Roxana, y ella, Nadhir. ¿Y tú?
— Gabriel — como ellas no lo hicieron, yo tampoco quise darles mi apellido.
— Mucho gusto, Gabriel.

La chica morena, Nadhir, continuaba en silencio.

Lo primero que se me vino a la mente es que las dos mujeres eran prostitutas: hermosas, jóvenes, del interior del país, armadas (según Roxana), montadas en un carro de lujo y buscando desesperadamente un hotel para asistir a una "especie" de fiesta.

— Y tú, Gabriel, ¿qué haces para ganarte la vida?
— Soy ingeniero de sistemas y trabajo en una compañía de instalación de cableado estructurado.
— ¡Vaya!, ingeniero, qué bien. ¿Y qué hacías caminando por esas calles?
— Vivo por allí, cerca de donde ustedes me recogieron.
— Y, ¿no tienes carro?
— Le están revisando. Lo compré hace poco y tiene algunos detallitos.
— ¿Qué carro es?
— Un Neon.
— Mmm, pues, no tienes cara de tener un Neon.
— ¿No?
— Definitivamente, no. Te veo en una Blazer, o en una Autana. Un vehículo rústico. O en un Lexus, si a ver vamos —, dijo Roxana, riéndose.
— Díganme algo, pero no se vayan a molestar, ¿de acuerdo?
— Pregunta, anda.
— Dale la vuelta a la plaza, luego agarra a la izquierda. Dime algo, ¿ustedes son prostitutas, verdad?

Roxana se quedó en silencio. Indudablemente, había metido la pata y pensé que ella sacaría su pistolita y me metería un tiro en la frente, allí mismo. Pero para mi sorpresa, Nadhir, la chica que había visto bajo el faro, fue quien se volteó hacía mí y, muy sonriente, me miró fijamente a los ojos para preguntarme:

— ¿Parecemos prostitutas?

Tenía una voz grave, profunda.

— No, no. No lo parecen. Simplemente preguntaba para hablar de algo...
— No lo somos — me cortó Nadhir, sin dejar de mirarme ni de sonreír—, pero andamos en eso. Todas las mujeres del mundo andamos en eso.

Nos quedamos unos minutos en silencio. Fue Roxana quien lo rompió:

— Mira los cojones que tienes, pendejito. Venir a insultarnos en nuestro propio carro sólo porque te hemos pedido un poco de ayuda. ¿Tú crees que lo del arma es puro cuento, verdad?
— No, no, yo ya no creo nada.
— ¿O crees que porque nos estás ayudando, puedes venir y acostarte con una de nosotras, o con las dos? Dime, ¿te has acostado alguna vez con dos mujeres?
— ¿Qué?
— Con dos mujeres a la vez, pero con dos mujeres así como nosotras.
— No, nunca. Óyeme, que no he querido ofenderlas. Estábamos conversando animadamente y se me ocurrió preguntarles si eran putas, más nada. Pero lo hice sin ánimos de ofender.
— ¿Quieres acompañarnos a la fiesta?
— ¿Cómo?
— ¿Qué piensas, Nadhir?, ¿lo invitamos?
— Me encantaría.
— ¿Vienes con nosotras?


Si sentadas en el carro parecían hermosas, al caminar se volvían demoledoramente bellas. Soy un tipo alto y muy pocas veces la estatura de una mujer me ha resultado un problema, pero estas dos, montadas en sus tacones, casi que me sobrepasaban. Desde que nos habíamos bajado del mustang yo me limitaba a seguirlas. Hacia un buen rato que me ignoraban, a tal punto que si yo me hubiera escabullido no creo que lo hubieran notado. Llegamos a la recepción del hotel donde ellas pidieron instrucciones para llegar a una de las suites.

Justo un segundo antes de que nos abrieran la puerta de la habitación ambas mujeres me tomaron por el brazo, como si se hubieran puesto de acuerdo con antelación. Hicieron una entrada teatral, o más bien cinematográfica. Inundaron el recinto con sonoros saludos y ninguna de las dos se apartó de mis brazos hasta tanto no acudieron a saludarlas los que parecían ser los personajes más importantes de la reunión.

No era aquello, ciertamente, lo que yo me había imaginado. Era una recepción decorosa. Había un par de conocidos actores de televisión, algunos personajes de la política y reconocidos hombres de negocios como el constructor Alfredo Carneiro. Estaban presentes damas de respetable presencia y otras ataviadas con escandalosa sensualidad, al mejor estilo de mis dos recientes amigas.

Fui presentado como ingeniero y, como no lo sabían, las muchachas me inventaron un apellido con resonancias de abolengo: Azpurua. Nadie pareció sorprendido ni especialmente intrigado por mi presencia. Las chicas no tardaron en confundirse con los demás invitados, abandonándome a mi propia suerte.

Nadhir, la chica del farol, se movía de un lado a otro del salón. La dureza de su rostro había adquirido una expresión gentil, pero continuaba atrincherada en su parco silencio. Con muy pocas personas parecía sentirse realmente cómoda, y era con ellas con quienes aparentemente podía entablar conversación.

Después de un buen rato, ella caminó hacia la terraza. Buscó un rincón solitario y se entregó al disfrute de su copa de vino y a la contemplación de la adormecida ciudad. Yo estaba hablando con un tipo que decía ser escritor y que me estaba mareando contándome los muchísimos premios que había recibido por su obra. Me deshice de él y me fui hacia donde estaba Nadhir. Me detuve a su lado, sin decir palabra. Ella giró levemente su cabeza, hasta reconocerme. Entonces me aproximé un poco más y le dije:

— De verdad lamento mucho mi comentario en el carro. Me comporté como un imbécil.

Ella me escuchó con indiferencia, pero inmediatamente comenzó a reírse de mí:

— No te adelantes. A lo mejor sí somos putas. Pero te digo que si estás aquí en este momento es por habernos hecho esa pregunta tan osada y picante. Yo no soy así, pero mira que Roxana sí que es muy sensible. Yo pensé que te iba a bajar del carro a patadas.
— Me lo merecía. Soy un verdadero patán.

Nadhir se quedó callada por unos instantes, mirándome directamente a los ojos, o dejándome que yo contemplara los suyos. Luego me preguntó:

— Yo te gusto mucho, ¿verdad?

La pregunta hecha así, a quemarropa, me desarmó:

— Sí, mucho.
— Y dime, ¿qué estarías dispuesto a hacer para acostarte conmigo?
— Lo que sea.
— ¿Eres de los que se enamoran?
— A veces.
— Vaya, ¡qué decepción!

Giró sobre sí misma y volvió a contemplar la desolada avenida. Repentinamente se apartó del antepecho de la terraza y me abandonó sin decir palabra. La seguí con la mirada hasta que se perdió entre las demás personas.

Cuando regresé al salón fui sorprendido por un inesperado silencio. Uno de los invitados acababa de ajustarse a su cuerpo un cello para luego interpretar una pieza de Jean-Baptiste Lully. Una muchacha a mi lado me miró a los ojos y me hizo un comentario en francés que no fui capaz de comprender. Nadhir se había sentado en una de las poltronas, extendiendo su brazo derecho a todo lo ancho del respaldar. No miraba hacia ningún lugar en particular, como si la velada le resultara mortalmente aburrida y prefiriera estar en otro sitio. Sin embargo, apenas comenzaron a sonar las cuerdas del cello, su atención se concentró en el joven músico.

La chica que me había hablado en francés me tomó por el brazo, pero lo hacía sin mirarme, como si se tratara de un acto involuntario. Luego me soltó, dio unos pasos y buscó, al parecer, un lugar que le permitiera disfrutar mejor de la triste melodía.

Cuando la interpretación musical concluyó, nadie aplaudió en señal de reconocimiento. Inmediatamente una voz masculina comenzó a declamar un poema que hablaba de una última noche entre dos jóvenes amantes condenados a una amarga separación.

Un viejo canoso de elegante aspecto se sentó en uno de los posa brazos de la poltrona donde estaba sentada Nadhir y comenzó a acariciar su larga y oscura cabellera. Ella, indiferente y con evidente fastidio, se dejaba tocar.

Una vez que el declamador finalizó su triste historia de amor, la iluminación se apagó para dar paso a la luz de una de lámpara estroboscópica. Inmediatamente comenzó a sonar un rock muy lento de ascendencia árabe, probablemente una pieza de Lisa Gerrard, Tempest, me atrevería a asegurar. Cobijados bajo la onírica luminaria, los invitados se movieron lentamente, como tratando de encontrar un mejor lugar. Entre el intermitente engaño de la luz, pude ver como el viejo canoso se había inclinado sobre Nadhir para besarla en la boca. De pronto, de la nada, un par de personajes aparecieron en mitad del salón. Eran un hombre y una mujer con los cuerpos laboriosamente pintados con flores multicolores, animales fantásticos y serpientes adormecidas. Ambos encubrían su desnudez bajo el exótico maquillaje. Se pararon el uno frente al otro, mirándose a los ojos. El hombre rompió la quietud de la pareja dando un repentino paso hacia la mujer, quien retrocedió rápidamente ante el acoso. Los brazos de él se alzaron sobre su cabeza, amenazadores. La mirada de ella no se apartaba de los ojos del hombre. Los brazos del hombre comenzaron a descender, sin que la mujer se moviera de su sitio. Sólo sus ojos parecían tener vida: miraba a uno y otro lado, sospechando las intenciones del hombre. Paralizada o hechizada, dejaba que las manos de su compañero bordearan su cuerpo. Respondiendo a un súbito cambio en el ritmo de la música, la mujer dio un nuevo salto hacía atrás, buscando la huida. Pero el hombre la seguía con terca devoción. Ambos actores ¿o bailarines? recorrieron el pequeño espacio que los invitados le concedían en el centro del salón. Cansado o ansioso, el hombre desnudo y de piel pintada hizo presa con sus brazos a la cintura de la mujer desnuda y de piel pintada. La atrajo hacía sí y acercó su boca a la boca de la mujer, siempre amenazante pero sin decidirse a actuar. Ambos comenzaban a sudar y sus pieles coloreadas brillaban como fugaces relámpagos de colores bajo la luz centelleante de la lámpara estroboscópica. El hombre mantuvo su brazo izquierdo sujetando firmemente la cintura de la mujer mientras que con la otra forzaba la cabeza de ella, obligándola a que su boca se acoplara a la de él. Mientras era besada a la fuerza, ella comenzó a frotar sus manos contra los muslos del hombre, buscando con fingida torpeza el erecto pene. Una vez encontrado el viril y prominente miembro, la mujer apartó violentamente sus labios de los de la boca invasora. Se inclinó hasta que, de rodillas, su rostro quedó a la altura de la pelvis del hombre. Entonces comenzó a felarlo. No había simulación ni sugerencia. A pesar de la relampagueante luz, era obvio como la mujer introducía en su boca el pudendo eréctil de su compañero. Los invitados permanecían en silencio, inmóviles, hipnotizados. La bailarina ¿o actriz? se acostó sobre la alfombra, echó los brazos sobre su cabeza y entreabrió sus piernas. Su compañero comenzó a besar y lamer los firmes muslos de la mujer, bordeando la humedecida y ardiente caverna, pasando una y otra vez la enorme y sedienta lengua por sobre los labios del sexo de ella. Luego se arrodilló, tomó entre sus manos la majestuosidad de su méntula y la introdujo en la deliciosa y mojada hendidura de la actriz ¿o bailarina?

Fue entonces cuando una de las damas más espontáneas gritó "coño" y se acercó lentamente al hombre desnudo de piel pintada, buscando sus labios, mientras sus manos trataban de alcanzar las redondas tetas de la muchacha tirada sobre la alfombra. Se produjo un tumulto entre los invitados. Algunos se abrazaban entre ellos, otros se besaban apasionadamente mientras algunos simplemente aprovechaban la situación para despojarse de algunas de sus ropas.

Repentinamente me di cuenta de la presencia de Nadhir a mi lado. Acercó su rostro a mi oído y me susurró:

— Cuando la música termine, di al maestresala que vas a la habitación catorce. Queda en el piso uno. Aguarda diez minutos y bajas. Allí te espero.

Antes de poder preguntar nada, Nadhir ya había desaparecido entre el inquieto enjambre de invitados que se arremolinaban alrededor de la pareja de fornicadores.

Cuando la música terminó y el salón volvió a estar iluminado por una suave luz amarillenta, a duras penas pude comprender que tenía que acercarme a un viejo corpulento y calvo, trajeado de etiqueta, quien supuse debía ser el maestresala. Estaba dedicado a responder preguntas o repartir discretas instrucciones entre los invitados semidesnudos o, de plano, ya totalmente desnudos.

Me acerqué a él y le dije:

— Habitación catorce.

El hombre revisó un papel que llevaba en uno de los bolsillos de su elegante saco. Me miró desconfiando y me preguntó:

— ¿La catorce? ¿Está seguro?
— Absolutamente
— Pues, entonces, debe esperar — me ordenó, sin una pizca de amabilidad.
— ¿Cómo?
— Siéntese allí. Yo lo llamaré en unos minutos.

De hecho, muchos no necesitaban habitación. Cualquier sitio parecía bueno para amancebarse. El viejo canoso que había besado y manoseado a Nadhir, ahora estaba en la terraza con los pantalones al suelo. Detrás de él, engarzado en un movimiento rítmico y frenético, el joven cellista lo poseía.

A los pocos minutos me llamó el viejo de etiqueta:

— Tome, señor. La catorce.

Me dio una tarjeta magnética.

Aturdido abrí la puerta y salí de la suite. El pasillo estaba vacío. Llamé al ascensor y bajé hasta el piso uno. La tarjeta, efectivamente, me permitió el acceso a la habitación número catorce. Estaba oscura, así que antes de entrar golpeé la puerta con mis nudillos:

— ¿Se puede?

Nadie respondió. Recordé que Nadhir me había pedido que esperara diez minutos después de que me entregaran la tarjeta, pero igual entré y cerré la puerta tras de mí. Había una lamparita de noche encendida, pero no había nadie dentro de la habitación. La brisa que entraba por el acceso que daba al balcón movió la cortina. Detrás de ella, parada en la pequeña terraza, estaba Nadhir.

— Hola — le dije, anunciándome. Ella me miró con desgano y continuó mirando hacia la piscina iluminada pero desierta. Al fondo se veía a algunas personas tomando en un bar construido bajo el techo de una enorme churuata.

— Si quieres un whisky, sírvete tú mismo. La botella, el vaso y la hielera están sobre la neverita.

Me acerqué a ella y comencé a contemplarla. Su rostro estaba cubierto por una delgada película de grasa, lo que le daba un cautivante brillo a su piel color canela. Sus ojos, su pelo, sus cejas y sus pestañas se veían aún más negras en medio de la penumbra. Su boca era gruesa y carnosa, pero exquisitamente dibujada. De sus orejas colgaban unos pendientes metálicos, probablemente oro blanco. Quería acercarme, provocar de una vez el encuentro, pero no me atrevía. En realidad ni siquiera estaba seguro de que me iba a permitir tocarla. Entonces decidí aceptar su oferta del whisky y entré nuevamente a la habitación para servírmelo. Cuando me disponía a volver al balcón, ya ella estaba en la cama, sentada.

— Soy wayúu.
— ¿Sí?
— Guajira. Soy una indígena guajira.
— Sé lo que es una wayúu.
— Nos gusta que nos llamen indígenas y no indios.
— Es bueno saberlo...
— ¿Te has acostado alguna vez con una guajira?
— No que yo sepa...
— Creéme, si te hubieras acostado con una de nosotras, lo sabrías.

La mujer cruzó sus perfectas piernas, apenas cubiertas por la corta falda.

— Ven, acuéstate a mi lado — me pidió.

Me metí en la cama, recostándome sobre el espaldar de madera del lecho, muy cerca de Nadhir.

— ¿Viste a Roxana?
— No, no sé donde anda. Cuando bajé no la vi por ninguna parte.
— ¿Sabes? Fue muy gracioso que nos preguntaras si éramos prostitutas, porque Roxana sí lo es.
— ¿Sí?
— Sí. Por eso es que hay que tratarla como a una dama.
— ¿Y tú, también eres... ?
— No, yo soy una dama, así que tendrás que tratarme como a una ...
— Como a una puta — la interrumpí.
— Exactamente — afirmó, sonriéndome por primera vez desde que nos habíamos bajado del carro.

Puestas sobre la mesa lo que parecían ser sus reglas, Nadhir se levantó de la cama y comenzó a desvestirse. En pocos segundos su cuerpo desnudo se alzaba frente a mis ojos. Yo me senté al borde de la cama y la tomé por la cintura, atrayéndola hacia mí. Dócil, se dejó. Cuando ya la tenía a mi lado comencé a olfatear y a besar su ombligo. Ella hizo descansar sus brazos sobre mis hombros. Bajé mis manos y apreté sus recias nalgas. Su cuerpo se contrajo. Al sentir que mi boca buscaba su sexo, ella levantó una de sus piernas y la apoyó sobre la cama, facilitándome el dulce camino hacia su hendidura de mujer. El olor de sus emanaciones era intenso y los pliegues róseos donde se escondía su clítoris eran suaves y calientes, resbaladizos a causa de los lujuriosos aceites que comenzaban a mojarlos. Pasé mi lengua una y otra vez por sobre los labios de su vulva. Luego introduje mi lengua, saboreando el exquisito manjar que se abría como una flor de carne viva ante mi boca. Sus manos se contrajeron sobre mis hombros. Acaricié sus brazos. Luego aparté mi boca de su monte de pelos y me levanté, buscando sus senos. No eran grandes, tampoco pequeños, pero sí redondos y turgentes. Paseé mis labios sobre sus erectos pezones, jugueteando con ellos antes de comérmelos con un apetito que apenas podía controlar. Al chuparlos, de sus senos pareció emanar una sustancia entre amarga y dulzona, pero en cualquier caso deliciosa. Luego busqué su boca. Los labios eran suaves, pero su lengua era firme, recia, compacta. Se movía en su cavidad como un animal receloso que controlaba cada uno de los movimientos de mi propia lengua, cortando cruelmente mi ansia de avanzar, para luego replegarse y permitirme disfrutar de su paladar, de sus dientes, de sus encías y de la misma lengua que ahora se abalanzaba hacia la mía, frotándome con tenacidad. Tal era la fuerza de su lengua que en momentos pensé quería expulsarme de su oquedad, pero inmediatamente se retractaba y me succionaba, como si quisiera tragarme. Me olvidé de todo su cuerpo y me concentré en esa boca hermosa y perversa hasta que casi me hizo perder el aliento.

Como pude, me aparté de ella para comenzar a desvestirme. Nadhir me interrumpió con sus manos y comenzó a hacerlo ella misma. Me quitó la corbata y desabotonó mi camisa. Colocó sus dedos sobre mi pecho y los paseó sobre mi piel hasta alcanzar mi espalda. Entonces me abrazó. Sus labios recorrieron mi cuello, mis hombros, mi pecho. Yo aproveché para hundir mis dedos en su larga cabellera. Al quitarme la camisa, ella pellizco, como una niña traviesa, mis tetillas. Acercó su boca a ellas y las besó casi con ternura. Contemplaba mi pecho con un placer casi malsano, como si se olvidara de que yo estaba presente y que podía ver el voraz apetito de sus ansias. Luego me miró fijamente a los ojos mientras su mano se introducía bajo mi pantalón. Ella quería observar en mi cara el reflejo del placer que me provocarían sus dedos al encontrarse con mi enardecido miembro. Lo agarró con mano suave pero firme. Apretó el pene y comenzó a mover sus dedos sobre mi glande. Luego lo soltó para librarse del pantalón que se interponía entre mi falo y su boca. No sé de donde saqué fortaleza para evitar correrme en su boca. Sabía que esto no era más que el comienzo de una larga noche y debía aguantarme hasta donde me fuera posible.

Desnudos ambos, se metió a la cama. Yo corrí hacia ella y agarré sus piernas largas y sinuosas. Acaricié sus rodillas, sus muslos, me acerqué a su sexo. Regresé, hambriento, a sus senos. Ella misma me los servía con sus manos, sujetándolos entre sus dedos, facilitándome que pudiera tragármelos por completo. Sabía que luego me esperaban sus suaves labios y su lengua complaciente y castigadora. La besé hasta que sus dientes y sus fuertes succiones laceraron mi boca y mi lengua. Sus mordiscos iban desde la más delicada contracción de sus dientes sobre mis labios hasta terminar en una intensa, fuerte y brevísima dentellada que me sacudía de dolor.

Borracho de gozo, la aparté de mi lado, abrí sus piernas y me monté sobre ella. Entonces la penetré, pero sin encontrar el menor sosiego, al contrario. La sostuve por los hombros para aumentar el empuje de mis despechados movimientos. Bajo mis ojos tenía su rostro sudoroso y más hermoso que nunca. Ella contemplaba el mío, como extasiada ante todo el placer que había logrado desatar en mí. De vez en cuando ella bajaba su mirada para observar como la penetraba. En un momento ella me tomó por las mejillas y me advirtió:

— No vayas a acabar hasta que yo te lo pida.

Casi inmediatamente, fue ella quien terminó. Su cuerpo entero se tensó y su vagina apretó con tal fuerza mi pene que llegué a temer me hiciera daño. Sus uñas se clavaron en mis brazos, en mi espalda, en mi cuello. Hambrienta, ella buscó mi boca. Luego, asfixiada, la apartó, buscando aire. Entonces gimió como un animal herido. Recuperada de su arrobamiento, cubrió mi espalda con sus brazos y me ordenó que continuara. Comenzó a indicarme la forma en que quería se lo hiciera. Primero muy suave, muy lento. Luego más y más rápido y más fuerte, conduciéndome a un vertiginoso farallón en el que temía caer y dejar que mi esperma se desparramara violentamente dentro de su cuerpo de hembra.

En un momento ella se separó de mí, se puso de espaldas y me ofreció sus espléndidas nalgas. Comencé a besarlas y mordisquearlas. Con sus manos ella las abrió, mostrándome la oscurísima aréola que bordeaba su culo. Comprendiendo sus deseos, lo besé. La piel allí era de una exquisita suavidad. Enloquecido por el acre olor, quise meter mi lengua allí adentro. Pero ella me detuvo interponiendo su mano entre mi boca y su minúsculo y apretado agujerito. Me ordenó que se lo metiera. Levantó su trasero apoyándose sobre sus manos y rodillas. Yo la tomé por la cintura y, forzándome, le introduje mi rígido príapo. Ella no paraba de gemir. Una vez que lo tuvo dentro, dejó caer su cabeza sobre la cama, exigiéndome que se lo metiera más fuerte y más profundo. Luego comenzó a lanzar unos sollozos que me hicieron temer estuviera llorando de suplicio, pero no era así: era otro tipo de goce, más descarnado, más doloroso, quizás más gustoso para ella.

Cuando terminó su delicioso sufrimiento, me pidió que se lo sacara con suavidad.

Pensé que ya todo había terminado, pero no. Apenas lo tuve afuera, ella se volteó, separó nuevamente sus piernas y me invitó a continuar.

Más que a mis caricias, descubrí que la excitaba mi voz. Comencé a guiarla en su placer, a decirle que se lo estaba metiendo, a ordenarle el momento en que debía llegar al clímax, acompañando mis palabras con nuevos y portentosos movimientos de mi pelvis. Si antes había tenido muchos orgasmos, los de ahora eran de una suculenta intensidad y muchísimo más prolongados.

Sé que debía estar exhausto, pero me sentía como bajo el influjo de alguna droga o de algún portentoso maleficio. Estaba sudando y los brazos me dolían, ya que los usaba como recias columnas para poder mantener mi torso levantado y de ese modo disfrutar mejor mirando la exuberante hermosura de Nadhir. Yo continuaba adelante, arrebatado de gozo, esperando que en cualquier momento ella me exigiera nuevas posiciones o insospechadas excursiones hacia algún delirante recodo de su cuerpo. Extenuada, ella me pidió que acabara.

Contemplé su rostro, su pelo empapado de sudor, aspiré profundo y reconocí en su piel los últimos rastros de su perfume. Miré sus ojos, su boca, sus cejas. Tenía una cara hecha para el amor, para la lujuria. Entonces exploté. Caí sobre su cuerpo, prensándola con desesperación mientras yo convulsionaba dentro de una gigantesca ola de placer y sosiego. Sentí la rigidez de sus muslos, la presión hiriente de sus paredes vaginales contra mi pene y supe que ella había acabado una vez más.

Nos dormimos en silencio.

Al día siguiente me advirtió que yo debía abandonar la habitación del hotel antes del mediodía. No pregunté las razones.

— Nunca más nos veremos, ¿verdad?
— No, no creo. Pero fue bueno que nos hayamos visto al menos una vez, ¿no te parece?

Antes del mediodía, salí a luz de la calle como quien despierta de un sueño. Me dolían los labios irritados y mi lengua lacerada. Eso me decía que el sueño había sido real. Sin embargo, era un hecho que jamás volvería a verla. Y eso la hacía, desde ya, una mujer imaginaria.

Ella tenía razón: era bueno que nos hubiéramos visto y tocado por lo menos durante una noche. Pero, entonces, ¿por qué sentía que era más lo que había perdido que lo que había ganado esa noche?



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Este relato podrá encontrarlo en el libro "Inventario y otros relatos", editado por la Casa de las Letras Andrés Bello. De venta en las librerías "Del Sur" y en la librería "El Buscón" (Paseo Las Mercedes). Para mayor información puede llamar al teléfono 5627300. La reproducción parcial o total de este relato deberá realizarse estrictamente bajo autorización escrita del autor o de da la casa editorial. Email de contacto: mesones2256@gmail.com