viernes, 16 de abril de 2010

Enloquecer en Toledo, o la misteriosa soledad del cometa


Una conversación con Roraima en el "Sevillana Latina", Madrid, España.
Tanto tiempo sin verla y está como cuando me despedí de ella en Maiquetía, cuatro años atrás. Beso sus mejillas y presiento sus senos desnudos y recios bajo su blusa de algodón. Nos hemos citado en la Gran Vía. Me arrastra a tomar vino. Le cuento algunas cosas de mi vida, de Violeta y Marisela. Me expresa su rechazo por Violeta ("nunca entendí como pudiste casarte con una mujer así") y su asombro ante Marisela:
- ¿Y te sientes bien con ella? - me pregunta.
- Si me lo hubieras preguntado ayer, incluso hoy en la mañana, te hubiera dicho que sí. Pero en este momento no sé qué responderte.
Me sonríe con picardía, con malicia, como sospechando una treta en mi respuesta. Paga la cuenta, me pregunta si me apetece bailar y me invita al "Sevillana Latina".
- Hoy serás mi invitado de honor, en todo - me dice, pícara.
El "Sevillana Latina" está atestado de gente. No es un lugar pequeño, pero aún así apenas si puedes caminar. Luego de unos breves minutos logramos conseguir un asiento en la barra. Roraima, por supuesto, tiene influencia entre los mozos. Bailamos salsa, merengue y rumba flamenca. Ella tiene un extraordinario sentido del ritmo. Sus piernas largas y delgadas se mueven con pasos cortos y rápidos, manteniéndolas siempre muy juntas, lo que le brinda a su cuerpo una estructura de cosa firme y apretada. Su cintura, en cambio, es inquieta y elástica, acompañándote con soltura en cualquier movimiento que le ordenes. Pero tal vez lo más seductor de su baile es su cuello, largo y finísimo. Su hermosa cabeza se balancea sobre ese cuello bronceado e incansable, brindándole a su pelo un movimiento estremecedor y salvaje. Me marea bailar con ella, sentir sus piernas firmes moviéndose contra mis piernas vigilantes, sentir sobre mi pecho la tibia desnudez de sus senos redondos y duros. Nunca he hecho el amor con Roraima, pero siempre he fantaseado con la idea: debe ser una de esas experiencias que tardan en ser olvidadas. Pero eso me asusta. Porque Roraima es una mujer dura para el amor. La conocí casada con Miguel Adolfo y, después de su divorcio, le he conocido un par de amantes, en Caracas. Y en ninguno de los casos la he visto enamorarse, ni siquiera estremecerse con un poquito de afecto. Ella sabe lo buena que está y se sabe capaz de enloquecer a cualquier hombre. Y cuando se entrega, lo hace como un premio, como un regalo delicioso al hombre que ella ha escogido. Pero el premio tiene su precio y Roraima se vende cara. Ella tiene que recibir mucho para poder pasar a la entrega. Y cuando se fastidia, lo abandona todo, de un solo golpe, sin importarle nada. Creo que a Roraima le interesa muy poco el amor. Por encima de todo es una mujer calculadora. Por eso me asusta y he preferido fantasear con ella y permanecer de este lado de la frontera en la que me es posible continuar siendo su amigo.
Sin embargo, sé que esta noche Roraima está al alcance de mi mano. Lo presiento en el ritmo de sus piernas, en la forma como sus pasos se hacen cada vez más cortos y más lentos, permitiéndome entrar como un ladrón furtivo en la cuenca de sus muslos. Su cintura se ha vuelto independiente de mi dirección y se mueve a su capricho, a su propio ritmo cíclico y ondulante, como enseñándome un demo de lo que será su baile amatorio. Y su cuello se inclina hacia atrás para dejar que sus ojos me miren sin que sea necesario apartar la dulce presión que sus senos ejercen contra mi pecho. Me pregunta:
- ¿Cuando te vas?
- Pasado mañana.
- ¡Qué rápido!
- No quiero darle lata a Javier. Siempre es un fastidio tener invitados en casa. Diez días es más que suficiente.
- Te puedes quedar en mi casa, a tu aire - me ofrece. La miro a los ojos mientras ella impulsa imperceptiblemente su cuerpo contra el mío. Le sonrío:
- Eso sería una bomba de tiempo, Roraima.
Luego de unos segundos de silencio, me responde:
- Tienes razón: sería una bomba, pero no de tiempo.
Me marea. Roraima me marea. Me la imagino desnuda haciendo el amor escuchando rumba flamenca o merengue. Decirle: baila. Y seguir sus movimientos, la danza de su cintura mientras sus piernas se van abriendo para dejar al descubierto sus húmedos olores de hembra. Lo pienso, pero no lo digo. Porque Roraima me asusta.
- Lástima que no quieras - comenta. Y su cuerpo se devuelve a la formalidad del baile.
Al regresar a la barra ordena un par de Rioja.
- Hoy estuve en Toledo -
- Ya lo sé. Ya me lo dijiste - me responde con desgano.
- Fue un paseo extraño. Me pasó algo raro...
- ¿Raro cómo qué? - me pregunta con cierta curiosidad.
- Me sentí como si anduviera errado en la vida, como si siempre hubiera vivido de una forma equivocada.
- Eso nos pasa a todos por lo menos una vez a la semana. No te preocupes: eso es normal, si estás vivo, claro.
- Pero esto fue distinto. ¿Cómo te lo digo?, fue una sensación inoportuna. Siempre pensamos que estamos equivocados frente al fracaso o las contrariedades, cuando las cosas nos salen mal. Pero es extraño pensar en eso frente al disfrute, en medio de un paseo turístico. Después de almorzar me fui a caminar y me perdí en las calles de Toledo. Eso me hizo sentir bien. De pronto me vino la certeza de que había pasado toda mi vida así, perdido, equivocado, errando. Como si hubiera vivido la vida que me habían ofrecido y no la que yo hubiera elegido. Como si me hubiera pasado toda la vida yendo a un restaurant en el que el mesonero no espera mis órdenes, sino que simplemente me trae lo que le da la gana, con la certeza de que el hambre me obligará a comerlo. Pero al final quien paga la comida soy yo, no él. Caminando en Toledo me di cuenta de que si yo pago la factura, entonces el derecho a elegir es mío, no del mesonero.
- ¿Me estás diciendo que descubriste el agua tibia?
- Más o menos. Cosa muy importante si te has pasado toda la vida dándote duchas de agua fría.
- ¿Sabes? A veces me pareces un niño, a veces los hombres en general me parecen niños. Les cuesta tanto entender tantas cosas.
- Creo que enloquecí, ¿sabes? Sé que ..., bueno, no lo sé. Pero creo que ya nada será igual. Y sospecho que eso me producirá mucho dolor. Estoy asustado.
- Huelo que en todo esto hay una mujer, una difícil, ¡para tu suerte! - me dice sonriente, como satisfecha de comprobar el endiablado poder femenino, aunque sea el de otra.
- Es extraño cómo ocurren las cosas. Hace como dos años estuve con Marisela en Bejuma...
- ¿Bejuma?
- Un pueblito al lado de Cuyagua.
- ¡Cuyagua! Amo sus playas. Allí perdí mi virginidad. Tenía diecisiete años. Cuyagua está hecha para el amor.
- Pero Marisela y yo no estábamos en Cuyagua, sino en Bejuma, como a quince minutos caminando.
- No lo conozco. Tal vez sea nuevo. Yo conozco Cuyagua. Allí me desvirgaron.
- Nuevo nada. Es más antiguo que Cuyagua, sólo que Cuyagua se puso de moda y todo el mundo lo conoce y media Caracas menor de veinticinco años debe haber fornicado en sus playas. Bejuma apenas tiene tres calles y no más de ciento cincuenta habitantes. La electricidad proviene de una vieja planta eléctrica que se enciende de siete a nueve de la noche. Esa es su vida nocturna. Marisela y yo estuvimos allí durante una semana. Nos alojamos en una habitación de una vieja casa construida a medias con ladrillos y a medias con barro. Estando allí, Marisela se enfermó. Estaba resfriada y la fiebre y los vómitos no la dejaron dormir en toda la noche. Para conseguir un médico habríamos tenido que ir hasta Ocumare o quizás hasta Maracay, así que tuvimos que arreglárnosla con lo que teníamos: un par de aspirinas, unas tazas de limonada que preparó la dueña de la casa y unas compresas de agua fresca. Al amanecer ambos caímos rendidos por el sueño. Nos levantamos casi al mediodía. La fiebre había desaparecido y Marisela se sentía mucho mejor, aunque agotada por los estragos de la noche. Salí a buscar algo de comida y no le permití que se levantara durante todo el día, pero al final de la tarde ella insistió en dar una vuelta por el pueblo, hasta la orilla del riachuelo, para tomar un poco de aire, tú sabes. La tarde era cálida y me pareció que esa caminata no le haría mal. Cuando llegamos al riachuelo se sintió muy cansada. Se sentó en una roca bajo las ramas de una mata de mango. Recostó su cabeza contra el tronco del árbol y cerró sus ojos. Yo la cubrí con el suéter que llevaba en mi mano, previendo cualquier variación en el clima. Al verla descansar, me pareció que se estaba muriendo, aunque sabía que simplemente estaba cansada. Entonces acaricié su rostro frágil y demacrado, como si con ese gesto pudiera espantar la muerte que mi imaginación había invitado. Tocaba sus mejillas, pero era como si estuviera acariciando su alma. Y en aquel momento sentí que haría cualquier cosa para no perder a aquella mujer. No era hermosa en aquel momento. Estaba pálida y ojerosa, pero la sentí más hermosa que nunca, más deseable que nunca. En ese momento descubrí que la amaba.
- ¡Qué romántico!
- No te burles, coño, que esto es importante. Siempre me sorprendió la manera como el amor se nos muestra de improvisto, sin antesala y sin advertencia. Muchas veces me he preguntado: ¿y si no hubiéramos dado ese paseo, habría descubierto alguna vez que la amaba? ¿Y si ella no se hubiera cansado con la caminata, si no hubiera recostado su cabeza contra el árbol, si no hubiera cerrado sus ojos como si se estuviera muriendo, qué hubiera pasado? Me pregunto: ¿La amé en ese instante o ya la amaba antes, la noche anterior, mientras ella vomitaba sobre una poncherita de plástico? ¿La amaba y no lo había descubierto o la aprendí a amar mientras ella reposaba su cansancio? Si ese paseo no se hubiera dado, ¿cómo hubiera ocurrido esa revelación? ¿Hubiera ocurrido ese mismo día o seis meses, un año más tarde? ¿Qué hubiera pasado si las cosas no hubieran ocurrido como ocurrieron?
- Muchas preguntas para interrogar un asunto demasiado simple.
- Pocas, diría yo para interrogar a un milagro.
- ¿Ahora eres creyente? - se vuelve a burlar. Roraima está más ácida que un limón.
- Un milagro es algo que ocurre pero que es asquerosamente inusual que ocurra, ¿entiendes? Como cuando pasa un cometa. Es un enigma. Matemáticamente es posible determinar su trayectoria en los próximos diez siglos, pero eso no es más que la descripción del milagro. Lo verdaderamente inexplicable es cómo es que el maldito cometa recorre el espacio durante cientos de años sin chocar contra nada. O tal vez el milagro, el enigma sea que algún día encuentre finalmente la muerte en la soledad de su camino. Así son nuestras vidas: recorremos una ruta durante años sin que ocurra nada. De pronto una mujer inclina su cabeza contra un árbol y chocas de frente contra el amor.
- Te entiendo. ¿Otro? - me pregunta señalando nuestros vasos vacíos.
- No. Para mí un ron seco.
- Te acompaño.
No hay sino Gran Reserva. No es lo mejor, pero funciona para recordar a la patria.
- Hoy en Toledo me ocurrió algo parecido.
- ¿Te enamoraste de nuevo?
- No sé para qué te hablo. No haces más que reírte.
- Es que te pones tan pomposo que no puedo evitarlo. Pero no me burlo, no creas. Te escucho atentamente.
- Ven, creo que la pasarás mejor si bailamos.
- Después. Cuéntame de Toledo.
- Primero fue en el tren. Todos estos días Ana o Javier me han acompañado a todas partes. Han sido unos extraordinarios anfitriones, por cierto. Pero hoy tenían cosas que hacer. De esa forma, hoy fue mi primer día solo en España. Me fui a la estación de trenes y decidí ir a Toledo. Me confundí de andén y perdí el tren de las ocho y diez. Estuve tentado en cancelar el viaje e irme a otro sitio, pero no lo hice. Abordé el vagón y continué con mi plan original. En Aranjuez el tren fue abordado por unas diez personas, entre ellas una familia colombiana. Tú sabes, empiezan a hablar entre ellos y lo descubres por el acento y esas cosas. Ese fue el primer zarpazo. Yo me sentía bien, realmente bien, te lo juro. Ellos, los colombianos, se sentaron muy cerca de mí. Comencé a observarlos. Eran un matrimonio, él de unos cuarenta y ella de unos treinta y cinco, con un par de hijos. El varón de unos catorce y la niña de unos nueve años. Me pareció que eran felices. De pronto pensé que ese hombre y yo éramos muy parecidos y, a la vez, muy distintos: él tenía dos hijos y yo tenía dos hijas, más o menos de la misma edad. El tenía una pareja y yo también. El llevaba una cámara de video colgada al hombro y yo tenía una cámara fotográfica colgada a mi cuello. El viajaba en un tren rumbo a Toledo, y yo también. Sin embargo, y ese pensamiento no sé de donde carajo me vino, yo tenía todo eso roto, disperso, hecho pedazos. Yo tenía todo lo que él tenía, pero era él quien era feliz, mientras que yo no hacía más que tratar de serlo: era yo quien viajaba solo en ese tren, sin pareja, sin hijas, sin destino. Pensé en Violeta y no en Marisela. Eso fue extraño, ¿sabes?, muy extraño. Sentí un dolor profundísimo, como si me estuvieran atizando los huesos. Casi me voy en llanto, allí mismo, frente a los demás viajeros. Estaba totalmente deschavetado, de atar, te lo juro. Pensé, al fin, en Marisela. Y descubrí, o me atreví a descubrir, que ella es la única mujer que podría unir esos pedazos rotos, pero ella no hace nada al respecto, ni lo hará nunca. No le interesa. Descubrí que ella era sólo un pedazo más, un trozo incapaz de llegar al todo. ¿Me explico?
- No mucho...
- Ella lo puede todo, pero a la vez no puede nada. A los pocos minutos llegamos a Toledo. Me pasé lo que quedaba de la mañana tomando fotografías. A las dos de la tarde entré a almorzar una tasquita. Bebí un par de cervezas y comí algo ligero, como si tuviera prisa. En realidad estaba inquieto, muy inquieto. Apenas terminé, volví a la calle. Después de más de una hora de caminata me di cuenta de que me había perdido. Me gustó sentirme así, a la deriva, sin rumbo.
- Eso ya me lo dijiste - cortó Roraima.
- Te aburro. ¿Prefieres que bailemos?
- ¡Que no, coño! Sigue contando, pero no te repitas.
- Entonces vi a la toledana.
- ¿Cuál toledana?
- En una de las callecitas, muy cerca de la casa de El Greco. Estaba regando matas en el balcón de su apartamento. Vestía un pantalón corto y una blusa anaranjada muy ceñida. Me acerqué a ella para verla mejor. Ella me miró extrañada y me sonrió. Entonces la deseé, con furia, como un animal en celo.
- ¿Y..?
- Solo eso. La deseé. Luego pensé en Marisela. La pensé más como ausencia que como presencia, ¿me explico? Marisela-la-que-no-está. Sentí que le había llegado la hora, que su tiempo se había vencido. A veces pienso que la vida tiene su propio reloj y desconocemos la duración de sus medidas. A todo le llega su hora, y muchas veces nuestra voluntad no cuenta para nada. Llega y punto. He esperado durante casi tres años que el amor llegue a Marisela, pero nunca llega. Llega la pasión, alguna forma de cariño, alguna forma de ternura, pero nunca el amor. El tiempo de esperar se me terminó. Eso lo sé, pero me asusta: no es mi decisión. Algo o alguien decidió por mí, y yo simplemente me limité a descubrirlo, a leer el decreto.
- ¿La vas a dejar?
- Creo que ya le dejé. En Toledo. Allí dejé a Marisela, mientras miraba la franela naranja de la toledana.
- Pero, tú quieres dejarla, ¿no?
- Lo último que deseo en el mundo es dejarla.
- ¡Estás loco!
- Sí. Creo que enloquecí en Toledo.
- O tal vez recobraste la razón. Ven. Sácame a bailar.
Son casi las cinco de la mañana cuando salimos del "Sevillana Latina". Estamos borrachos. La tomo de la mano y caminamos hacia Virgen del Lluc. No apareció un maldito taxi durante todo el trayecto.
- Esta mierda de ciudad es un pueblo mugroso - protesto.
- ¡Bingo! - exclama Roraima, muerta de la risa sabrá dios por qué razón.
- ¿Dónde coño está la vida nocturna de Madrid? - pregunto.
- En nuestros corazones.
Entonces mi cuerpo se inclina hacia adelante, como empujado por un dedo gigantesco. Me sostengo como puedo contra el capote de un Renault y me voy en vómitos. Roraima permanece a mi lado, diligente y atenta.
- Disculpa - digo, sólo por decir algo.
- Gajes del oficio, compañero - me consuela.
Seguimos caminando en silencio. De pronto me detengo para decirle:
- Ella lo puede todo, pero no lo sabe. Hoy enloquecí gracias a que no le perdono su ignorancia. No sabe lo que ella me significa. Ella piensa que la vida es así. Y ese es su acierto y su error. Marisela está muerta. ¡Muerta! Debo estar loco. Tal vez el muerto soy yo. ¿O soy yo el vivo? ¿Soy yo quien respiro?
- Estás borracho. Anda, camina. Me muero de sueño.- me dice Roraima.
- Si y no, Roraimita. Creo que nunca más la veré. Regresaré a Caracas y ella no estará. Ella no está. ¿Sabes lo que es un zarzal?
- Creo que sí.
- No, no lo sabes. Es una pesadilla. Un enjambre de espinas en el que buscas y no encuentras nada. Allí habita Marisela: en su jardín de zarzales. Ella camina y yo la persigo. Ella camina como quiere y yo la persigo como puedo.
- Mira que la quieres, ¿no?
Seguimos caminando. Roraima me deja tomarla de su cintura.
Nos despedimos al amanecer, frente a la entrada de su edificio. Intento besarla, pero ella esquiva mi boca con una suave dulzura Acaricia mis labios durante unos segundos y me dice:
- Es una lástima, pero lo pensaste demasiado.
(No me doy cuenta en ese momento, pero qué torpeza intentar besar a una mujer que te acaba de ver vomitar. Vainas de borracho).
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Cuento publicado en "El atador de cabos", Monte Ávila Editores Latinoamericana, 2000. De venta en las librerías "Del Sur" y las librrías de Monte Ávila. Para mayor información, favor comunicarse con la Editorial a los teléfonos 0212-2656020 ó 0212-2638505. Este relato está protegido bajo leyes de Copyright 1999. La reproducción parcial o total de este relato sólo podrá realizarse bajo estricta autorización escrita del autor o de la casa editora. Email del autor: mesones2256@gmail.com

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