viernes 27 de junio de 2008

ACUÑA(LO) POR PARTES...

NOTA PRELIMINAR:

En este relato aparecen una serie de notas al pie de página que, lamentablemente, no pueden reproducirse en este blog sino al final del relato. Si el lector tiene paciencia, en cada oportunidad que se tropiece con cada una de estas notas, podrá dirigirse al final de la publicación y leer el contenido de ellas. La otra opción es ser muy memorioso, retenerlas y leer el contenido de todas al final. Yo recomiendo la primera opción. Pero ya sabemos lo que vale las recomendaciones del autor a la hora en que el lector decide leer un trabajo.

Cuando mis colegas se enteraron de mis intenciones de abrir un seminario que versaría sobre la obra literaria de Rosendo Acuña, los más discretos se limitaron a guardar un silencio glacial.

No es secreto para nadie la pasión —o adicción— que sentía Acuña por ver sus escritos en letra impresa. Grafómano impenitente, no dudó en publicar verdaderos adefesios que, inevitablemente, terminaron por oscurecer lo mejor de su obra. Pero esos pocos títulos (me refiero a los mejores), algunos de ellos de brevísima extensión, son verdaderas joyas de la poesía y de la narrativa contemporánea venezolana.

Cuando alguien, como yo ahora, lo menciona, el lector entendido admite sin reparos que los primeros cuentos y poemas de Acuña fueron promisorios y apuntalaban hacia una obra literaria de mayor envergadura que, finalmente, nunca llegó. Es así que lo mejor de su trabajo ha quedado relegado implacablemente a una maestría de novato o a una mera inspiración juvenil. Difiero de ellos: esta apreciación no hace más que delatar la ignorancia del lector en apariencia entendido: Acuña publicó en 1953, a la edad de diecisiete años, su primer libro: "Poemas para nadie"
[1]. Sin lugar a dudas, una obra aguda y exquisita. En 1955 consigue el primer lugar en el concurso de cuentos del Concejo Municipal de Caracas con el relato "¿A dónde miran los ángeles cuando miran al cielo?" Dos años más tarde publica un libro de relatos[2] en el que además del ya mencionado, destacan dos importantes textos narrativos: "Canción de cuna para un diablo enfermo" y "Macuto". Con el primero ("Canción de cuna...") logra, a mi juicio, uno de los puntos climáticos de su obra: un texto de apenas diez páginas que puede ser leído como un relato poético o como un poema narrativo. Cualquiera sea nuestra elección como lectores o como impertinentes taxonomistas, la obra hay que decretarla como un paso obligado dentro de nuestra literatura del siglo XX.

Luego, es cierto, comenzaron a aparecer los libros menores: críticas y reseñas literarias, comentarios cinematográficos y teatrales, una historia interpretativa de la plástica venezolana. Para 1970 ya había publicado tres novelas, cada una de ellas peor que la otra. Pero en 1974 publica un librito de apenas treinta y tres páginas, continente de un largo poema, más bien un monólogo, titulado: "Confesiones a Altuser"
[3]. Era esa la diminuta obra poética para la cual había estado preparándose durante casi veintiún años de torpeza creativa.

Si "Canción de cuna ..." es un niño malcriado que logra conmovernos, irritarnos y avergonzarnos a un mismo tiempo, "Confesiones ..." es un guerrero enardecido que no duda ni por un minuto en levantar su hacha de batalla para decapitarnos de un solo y certero tajo.

En 1986, dos años después de su repentina muerte, aparece "Cantos mercenarios para una mujer de la calle", un conjunto de poemas derrotistas y descentralizadores de los valores materialistas, éticos y afectivos de una sociedad marcada por el consumo mercantilista y la urgencia por el éxito. En ella Acuña nos muestra una mirada resentida ante lo que para él había sido una vida llena de grandes pérdidas, profundas amarguras y eternas privaciones.



*

Confieso que no fueron pocas mis reflexiones —muchos más mis temores— antes de atreverme a abrir una cátedra sobre Rosendo Acuña. Primero que nada, no soy una autoridad en literatura venezolana. De hecho todos mis cursos han versado sobre narrativa norteamericana: William Faulkner, Carson McCullers, el incomparable J.D. Sallinger, Truman Capote (uno de ellos exclusivamente sobre "Música para camaleones"), Raymond Carver, William Kennedy, Nathanael West, Scott Fitzgerald o "las maravillosas maquinarias"
[4] narrativas de Donald Barthelme.

Pese a ello, o quizás motivado precisamente por esta irresistible atracción profesional hacia la narrativa norteamericana, fue que llegué a descubrirme como un obcecado lector de la obra de Acuña: descarnada, lacerante, irónica y cínica, cargada más de pretensiones humanas que literarias. Sus protagonistas son seres solitarios y perdedores, personajes abofeteados implacablemente por la noción que insistimos y perseveramos en llamar felicidad. En pocas palabras, seres honrada y legítimamente fracasados y humillados.

Mi segundo paso fue decidirme entre abrir un curso convencional, una lectura dirigida o un seminario. La primera opción me obligaría a un discurso absolutamente académico: exponer información y esperar, pasivamente, intervenciones o preguntas de mis alumnos, sin ninguna garantía de que ello llegara a ocurrir. La lectura dirigida me limitaría a un recorrido hedonístico de su trabajo: yo seleccionaba fragmentos de obras para su lectura en clase y los alumnos escucharían, sin más. El seminario, en cambio, además de permitirme la exposición de un cierto punto de vista sobre una determinada obra, obligaría al estudiante a una investigación y participación continua a lo largo de su evolución. Es decir, el encuentro docente sería un acto dialéctico e interactivo entre el profesor y el aula. Pero, precisamente por ello, los objetivos académicos de un seminario debían estar sustentados sobre bases absolutamente sólidas. De hecho, un estudiante de Letras de la Universidad Católica Andrés Bello podía cursar cuantos cursos o lecturas dirigidas quisiera (siempre y cuando no sobrepasara su carga académica), pero nunca podría cursar más de un seminario durante un mismo semestre. De hecho, los seminarios son las cátedras con mayor número de créditos.

El primer obstáculo que tuve que solventar fue justificar teóricamente la validez de abrir un seminario sobre un escritor devaluado y poco apreciado como lo es Acuña dentro el medio académico y literario venezolano. Después de muchas vueltas y maromas intelectualosas, encontré un concepto que a la vez de servirme de tesis, la podría usar como título para el seminario: “Rosendo Acuña, literatura incomprendida y subliteratura editada”. Luego se me ocurrió el pequeño ardid de encerrar el título entre signos interrogativos: “Rosendo Acuña, ¿literatura incomprendida o subliteratura editada?”

Al final mordieron el anzuelo: el Consejo Académico aprobó la apertura del Seminario.



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Para mí, la tesis del poeta o narrador juvenil es una tesis errada: creo que, antes que nada, Rosendo Acuña fue más poeta que narrador, y lo fue desde el momento que sus manos escribieron su primer verso, hasta prácticamente el día en que dejó de existir. En el medio hubo mucha basura, es verdad, pero no podemos permitir, como ya dije al principio, que la pestilencia de esa porquería escrita y —por desgracia, publicada— nos arrebate el dulce aroma de su más auténtica poesía.


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Rosendo Acuña nació el 27 de julio de 1936 en la población guariquense de Parapara de Ortiz. El escritor fue hijo de padre desconocido y de una mujer analfabeta que se ganaba la vida como sirvienta doméstica. El mismo Rosendo fue analfabeta hasta la edad de diez años, lo cual podría explicar de alguna forma su concepción del lenguaje como un instrumento utilitario: para él la palabra escrita era una herramienta a su servicio, nunca lo contrario: el escritor esclavo y obediente servidor de la palabra. Apenas dominó la lectura y la escritura, se volvió un lector insaciable. La única referencia a los autores de quienes se alimentó durante estos primeros años de lecturas, la encontramos en una carta enviada a su amigo Ángel Cuevas:

«(...) todo fue casi por accidente. Un poeta me llevaba al otro, como si hubiera caído en un río de aguas turbulentas del que me era imposible escapar. Vicente Huidobro me condujo a Vallejo, de allí salté a Ercasty, Neruda, Ramos Sucre, Eliot, Miguel Hernández, Girondo. No pude tampoco resistirme al encantamiento de Nietzshe ni a las poderosas novelas de Dumas y Dostoievsky ...»
(A Cuevas, 23/1/1968)


A pesar de la buena acogida de "Poemas para nadie", los críticos no lograban hacerla encajar ni como una obra post-romántica, ni modernista, ni surrealista, ni simbólica. Incluso tenían sus reservas para catalogarla como un verdadero poema. Lo mismo ocurrió con los relatos "Canción de cuna para un diablo enfermo" y "Macuto". A pesar de que "Macuto" es un cuento cuidadosamente ubicado en la población guaireña del mismo nombre, con diálogos que delataban por sí mismos la condición social y cultural de sus personajes, con una detallada descripción de escenarios y acciones, sus resultados estaban muy lejos de ser catalogados como meramente costumbristas o criollistas. Acuña jamás se cobijó bajo ninguna tendencia literaria, o tal vez se acogió a muchas, creando su propio ropaje narrativo. De sus posteriores novelas no podemos decir lo mismo: eran relatos realistas, cargados de situaciones extraídas prácticamente del acontecer político nacional con personajes torpemente concebidos, maniqueos, predecibles, incapaces de subyugar al lector.

Son obvias las contradicciones que afloran entre su obra y su vida. Acuña asume la literatura casi como un acto místico, doloroso, profundamente moral y desprovisto de toda vanidad:

«Me gustaría decir, aún bajo pecado de plagio, que para mí la literatura es lo que para Jerome David Sallinger: una religión. Pero no, para mí es un leprocomio: un lugar al que se va a sufrir por OBLIGACIÓN y sólo la muerte nos puede librar de semejante espanto.»
(A Cuevas, 22/10/78)


«He conocido escritores que asumen su oficio con la mítica disciplina de las ocho horas de trabajo diario. Son como cirujanos asumiendo su rutina, sin pedirle a sus manos otra cosa que destreza y exactitud a la hora de amputar un brazo o una pierna. Personalmente, prefiero a los escritores temblorosos y angustiados que a duras penas logran evitar desmayarse cuando ven el chorro de sangre que emana de la vida.

«Admiro y respeto a los escritores que logran ver sus libros como un 'producto a ser vendido' una vez que colocan sus manuscritos en manos de sus editores. Pero si yo hiciera algo semejante, dudaría de la legitimidad de cada una de mis palabras. Seguramente, como siempre, yo sea el equivocado.»
(A Micaela Katz, 14/9/80)

Sin embargo, a pesar de su declarada ‘pureza literaria’, es notoria su especial predilección por académicos, teóricos literarios o escritores a la hora de seleccionar a los amigos con quienes se mantuvo unido durante años a través de una prolífica correspondencia. A Ángel Cuevas y a Micaela Katz los conoce en septiembre de 1966 durante el coloquio "Literatura política o compromiso social" organizado por la Escuela de Sociología de la Universidad Central de Venezuela
[5]. Katz, en representación de la Universidad de California, venía con una ponencia sobre poesía chicana, mientras que el teórico mexicano Cuevas habló sobre la “Literatura Urgente”, una tesis que lo había paseado por toda Latinoamérica y con la que sostenía la validez y vigencia del panfleto literario, del graffiti y del relato testimonial como vehículos expresivos de los nuevos sentimientos que embargaban el alma de los pueblos.

A Javier Luque, escritor judío de origen cubano, lo había conocido un par de años antes (1964), en la Habana, durante un congreso literario organizado por Casa de las Américas. Allí conoció también al entonces aclamado autor de "Memorias del Subdesarrollo": Edmundo Desnoes, uno de sus novelistas preferidos. Acuña llevaba bajo el brazo su segunda novela: "Tierra de Sangre"
[6], un híbrido periodístico-novelado sobre la guerrilla y el fracaso de la Reforma Agraria venezolana, auspiciada por el entonces presidente venezolano Rómulo Betancourt.

Tanto con Luque, Katz y Cuevas mantiene una larga conversación literaria durante poco más de veinte años, sin embargo, es con Luque con quien asume un tono más personal e íntimo:

«No entiendo tu fascinación por "Canción de cuna para un diablo enfermo", pero confieso que me halagas a rabiar. "¿Una delicada mueca a medio camino entre la sonrisa y el escupitajo?", me escribes. ¿Me endosas la fría soledad del emperador Adriano en las catastróficas llanuras del Escamandro? ¿Me hablas de los upanishads sánscritos? ¿A dónde pretendes llevarme? ¿Qué, no te basta con decir que es un texto muy triste? ¿No te basta confesarme que te ha hecho llorar e irritar a un mismo tiempo? No, no intentes confundirme, amigo mío...

«"Macuto" no es más que un texta-mento prematuramente escrito. No hay en ese relato la más mínima intención de acercarme a un sentimiento sagrado, ni siquiera religioso. Es, sin más, un cuento de putas... Hay tristeza en él, y mucha, mucha soledad. Pero eso, tú lo sabes, no es suficiente para convocar a lo sagrado...»

«"¿A dónde miran los ángeles cuando miran al cielo?" es sólo un sueño, Luque. Más nada. Un deseo incumplido de buscar y no encontrar. La dura ley del que pregunta y no obtiene respuestas. Es simplemente un cuento sobre el amor. ¿Por qué nadie logra leerlo de esa forma?»
(A Luque, 25/11/65)

En relación a "Canción de cuna para un diablo enfermo", esto es lo que le escribe a la profesora Katz:

«¿Qué más cree usted que me hubiera gustado hacer que mancillar el nombre de Dios? No pude más que mentarlo, y luego, injuriarlo. Es decir: blasfemar. Eso lo hace cualquier español al "cagarse en la virgen" por lo menos diez veces al día. No me dé méritos que no merezco ni merecen mis escritos»
(A Katz, 12/7/68).



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Alexandra Guanipa, una de las cursantes del seminario, se presentó una noche con un retrato fotocopiado de Rosendo Acuña. Debió ser tomado cuando el poeta tenía unos cuarenta años de edad. Confieso que no conocía este documento. Uno a uno fuimos mirando en silencio la fotografía de un hombre mestizo, gordo, calvo, en mangas de camisa. Parecía más un camionero que un escritor. Sus ojos pequeños y rasgados no transmitían inteligencia, al contrario. Al final de la clase Alexandra me obsequió la fotocopia con la imagen de Acuña.


*

En febrero de 1972 su única hija, Victoria, cae gravemente enferma a consecuencia de una meningitis bacteriana, resistente a casi todos los antibióticos conocidos para la época. Cuando la infección fue clínicamente contenida, el daño era irreparable: Victoria podría, con ayuda, apenas caminar. Había perdido totalmente el control de su motricidad, incluso para la micción y la defecación: se había vuelto como una bebé de meses a la que habría que asear y alimentar hasta el último día de su vida.

En una carta a su amigo Luque encontramos lo siguiente:


«No, no la amo. Como tampoco amamos las tumbas donde yacen nuestros muertos: tal vez veneremos esas cárcavas, tal vez las conmemoremos con flores cada vez que nos acercamos a ellas, pero sería una infamia y una hipocresía decir que amamos ese pedazo de tierra que se ha tragado a las personas a quienes más hemos profesado tanto amor. Y eso es mi hija: una tumba que persiste en respirar, mear y cagar».
(A Luque, 20/12/1972)


Dos años más tarde (1974) Victoria muere a la edad de diecinueve años.


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Mónica Bastidas, otra de las cursantes, intervino una semana después de haber visto la fotografía de Acuña:

— Es deprimente, profesor. Todo es deprimente en este hombre: su vida, sus poemas, sus cuentos, su aspecto físico. En la foto que vimos, se ve sucio, feo, con la cara grasosa. ¿Cómo podía ser la vida de un hombre así? ¿Quién podría compartir con él el amor? Era un fracasado en todos los sentidos. Tiene una hija y se le muere. Escribe y publica como un loco, pero nadie lo reconoce como escritor. No tiene criterio para discernir lo bueno de lo malo entre todo lo que crea. Tampoco supo aceptar que lo que tenía que decir ya lo había dicho en sus primeros cuentos y que debía tener la decencia de quedarse callado para siempre.

Tomás Fonseca llegó a afirmar que “ese tipo (Acuña) no era capaz de comprender verdaderamente lo que escribía, que era como esos locos parlanchines que un buen día dicen una idea genial, pero hasta allí. No dejan de ser locos por eso, ni tampoco son genios por ello”

— Me leí su segunda novela, “Alma Roja”
[7]—continuó Fonseca—, y es una bazofia. Eso no tiene ni pies ni cabeza: para contar la vida y penurias de un campesino apureño, Acuña estructura un tratado social trotskista, un canto al comunismo, una oda al Che Guevara, pero aderezadas con teorías religiosas orientales en las que habla del Nirvana, de Buda, de Soroastro. Lanza vomitonas filosóficas dignas de un Cioran trasnochado. Mete poemas suyos, obras de teatro, usa párrafos de varias páginas de longitud omitiendo cualquier tipo de signos de puntuación, como si quisiera ser muy vanguardista. Se ve que el tipo se metió una sobredosis de biblioteca e, indigestado, salió por allí a expeler lo que no pudo digerir.

Esa noche fue casi imposible no hablar de Poe, Baudelaire y Bukowski. Nos paseamos por esa orilla habitada por escritores malditos en el sentido literal del término, escritores cuyas palabras emanaban como un pus que, sin lograr sanar la herida, al menos la liberaban de sus más despiadadas presiones.

Yo escuchaba a mis alumnos intervenir a favor o en contra de Acuña, pero tanto los unos como los otros lo hacían con una mueca de asco y de desprecio en sus palabras o en el tono en que las decían. Estábamos diseccionando a un hombre que alguna vez estuvo vivo y que alguna vez escribió. Ahora abríamos sus libros para subrayar con marcador amarillo las pocas palabras que de alguna forma nos tocaban o atacaban. Éramos como un puñado de arqueólogos desenterrando una momia sin que sus manos agarrotadas, su boca petrificada o sus ojos cerrados y resecos fueran evidencia suficiente para reconocerla (a la momia, digo) como a uno de los nuestros, como a un ser que alguna vez fue un humano.

El dolor de la literatura de Acuña parecía brotar de su propia vida. Pero lo que no lográbamos ver ni aceptar era que el dolor de su vida, era el mismo que el nuestro. Sus fracasos y sus desencuentros no eran ni peores ni más significativos que los nuestros, sólo que era más fácil decretar que él, el que señalaba la ruta equivocada, era el equivocado.

Le indiqué a Mónica Bastidas y al resto del seminario que estábamos pasando por alto dos obras que jamás hubieran sido escritas si, tal como había dictaminado lapidariamente la señorita Bastidas, Acuña hubiera asumido que ya no tenía nada más que escribir: "Confesiones a Altuser" y "Cantos mercenarios para una mujer de la calle".



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«Vivimos, y no nos da vergüenza decirlo, en el siglo más tonto de la historia de la humanidad. Digo tonto por no decir mediocre, carroñero, rapiñero, depredador. Nos alimentamos del saqueo, del hurto y de la invasión de lo que en el pasado fueron verdaderas civilizaciones. Como niños, hemos caído en el fatuo engaño de creer a ojos cerrados que la solución es la única salida al problema. Esa errada fe nos ha hecho arrogantes y vanidosos. Y hemos olvidado lo esencial: nuestro trágico sino. Y al olvidarlo, al pretender ocultarlo bajo el breve entusiasmo de que somos finalmente los dueños de nuestro destino, hemos narcotizado la conciencia de que tarde o temprano moriremos, para regresar a la nada de la que un día nacimos. De rodillas o de pie, jóvenes o viejos, en la alegría o en la desgracia, siempre moriremos. Esa capacidad de poder elegir aún ante lo que es inevitable —es decir, ante la muerte— es la génesis de la libertad, el único privilegio que nos hace diferentes de un tigre o de una bacteria. Sólo a partir de esa conciencia vertiginosa de muerte y libertad, es posible, sólo posible, concebir al amor. Y sólo el amor puede hacernos más humanos.

(A Luque, 25-11-74)

En esas breves treinta y tres páginas sobre las que florece el poema “Confesiones a Altuser”, Acuña se desmantela a sí mismo, y con él, a todos nosotros, las soberbias criaturas que nacimos para alimentar a la más mediocre de todas las culturas que la humanidad haya vivido (sic). Un hombre de edad indefinida se inclina en mitad del camino y con palabras limpias y precisas, se confiesa. Por momentos pensamos que Altuser es Dios, o una amante secreta y nunca olvidada, o la cercana presencia de la muerte (“tú, que todo lo puedes, no puedes hacer nada para evitarme”). En otras páginas de las confesiones encontramos a un hombre solo y temeroso, escarbando con sus uñas las murallas del confín más solitario del universo, lugar donde ya no se puede creer ni en los dioses, mucho menos en los hombres, menos aún en el amor, menos que menos en la vida. Su inútil gesto de escarbar es, ¿acaso?, un testimonio de su huida o una demostración de su terca e infantil necesidad de seguir buscando: “lo peor es que sé que más allá, tampoco hay nada...”

“... sólo soy un glotón, un acaudalado y miserable comedor de pecados”.

Así terminan sus confesiones...



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En 1977 Acuña abandona Caracas. Sin éxito intenta radicarse en Maracaibo. De allí se va a Mérida, donde logra establecerse como taxista. Lleva una vida monástica, consiguiendo apenas lo necesario para comer y pagar la renta de una modesta casita. Su nuevo oficio le permite dedicarse a sus dos viejas pasiones: la lectura y la bebida. Por algunas cartas deducimos que su actividad literaria en esta época fue muy intensa:

«... estoy escribiendo una novela donde pongo en práctica mi tesis de que el hombre es un ser solitario por naturaleza, y gregario por cobardía. Todas sus relaciones y funciones sociales han fracasado porque son falsas e hipócritas. El matrimonio, la paternidad, el amor, todo es un fracaso. Por encima de ellos se alzan los amantes. Y lo logran gracias a que ellos son fragmentarios e imprecisos, volátiles y breves. Pero desde el primer momento en que buscan la permanencia el uno al lado del otro, se pierden. El amor sólo es posible cuando asume su propia naturaleza solitaria e incompartible con nadie. Es una experiencia personal en donde el otro no es más que un objeto de veneración».
(A Cuevas, 2/8/77)

Hay un párrafo de otra carta enviada a Luque unos meses más tarde, donde manifiesta una repentina conciencia sobre la calidad de su escritura:

«¿Sabes cuantos libros escribió el poeta argentino Pedro Bonifacio Palacios, a quien todos conocemos mejor como Almafuerte? Dos libros, Javier. Sólo eso le ha bastado para ser recibido en la corte de los inmortales. En cambio, yo escribo sin parar y hasta quedarme sin aliento, pero es como si nunca hubiera escrito nada. Ya ni siquiera creo que seré un autor póstumo, como Góngora o Kafka...»
(A Luque, 6/6/78)


A la hora de su muerte, nunca se encontraron rastros de sus últimos trabajos. Así lo dice Laura Díaz en carta dirigida a Javier Luque, fechada el tres de enero de 1985:

«(...) no sólo tengo referencias de las que usted me nombra, sino de otras novelas y otros muchos cuentos y poemas en los que dijo haber estado trabajando, pero que nunca me dejó leer. Cada día se volvía más receloso con sus escritos y no quería mostrarlos hasta que no estuvieran totalmente terminados. Sin embargo, poco o nada hacía para corregir lo que escribía. Su mesa estaba llena de papeles y cuadernos, pero era muy poco lo que llegaba a su maquina de escribir.

«Me temo que lo que escribía era muy malo y él mismo decidió destruirlo. No crea que se lo digo de mala fe. No. Fíjese usted, cuando terminó de escribir “Cantos mercenarios para una mujer de la calle", me lo mostró al instante, con las palabras escritas de su puño y letra. Y cuando lo pasó a máquina, apenas si cambio tres o cuatro cositas, nada sustancial. Sabía que era bueno, y lo mostraba. Por eso digo que los otros trabajos debieron ser muy poca cosa y quizás por faltarles calidad, los destruyó».



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Estudiante de Letras en la Universidad de Los Andes, Laura Díaz contaba con dieciocho años de edad cuando conoció a Rosendo Acuña en Mérida. Se había enterado de su presencia en la ciudad y lo buscó hasta dar con él. Para finales de ese mismo año (1979), Laura se había ido a vivir con Acuña.

«Tiene dieciocho años y no necesita ser bonita: le basta su edad y su gracia, con lo cual no quiero decir que sea una mujer (o una niña -adelantándome a tus predecibles comentarios-) fea. Es ceremoniosa y cree en los rituales: bañarse a diario, tender la cama por las mañanas, colocar la ropa sucia en su sitio, adornar con una cayena algún rincón de la habitación, servir la mesa (aunque sea para comer hallaquitas con mantequilla y guarapo endulzado con papelón) o decir cosas lindas y esperanzadoras después de hacer el amor. Pero quizás lo más importante de ella es que es alegre, legítimamente alegre: sonríe a cada momento y se ríe de mis manías y mis achaques con una risa estruendosa y cristalina, como un manantial joven y travieso».
(A Luque, 24/10/79)


«Estos meses han sido los más felices de mi vida, y me asusto: como la alegría de los tísicos, quizás esta sea para mí una felicidad postrera. Me asusto no por el fin de mi vida, sino porque este postre me sepa a poco, por haber llegado demasiado tarde a mi mesa, casi a la hora de rendir mis cuentas.

«La chiquilla quiere ser narradora, pero sólo de cuentos. No le interesa la novela y apenas si lee poesía: Kavafi, un par de versos de Antonio Machado, "Derrota" de Rafael Cadenas, el Capítulo 7 de la “Rayuela” de Cortázar (al que ella misma clasifica con seriedad académica como poesía) y "Anotaciones de otoño", de Julio Miranda. Más nada. Con una ternura infinita de su parte, su breve lista la remata con mi cuento (para ella un poema) "Canción de cuna para un diablo enfermo".

(A Luque 15-02-80):



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Acuña no logró publicar en vida "Cantos mercenarios para una mujer de la calle". Su lamentable prestigio lo antecedía a todas partes. Los pocos que recordaban su nombre, no lo consideraban otra cosa que un borrachín empecinado en escribir cuentos, novelas y poemas impublicables. La aparición de "Confesiones a Altuser", casi diez años antes, había sido una edición prácticamente clandestina de apenas quinientos ejemplares. Quizás algún funcionario cultural lo había mandado a la imprenta más por lástima que por convicción. Los pocos ejemplares que hoy se consiguen de ese texto se encuentran únicamente en la Biblioteca Nacional.



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A mediados de 1983 Laura y Acuña se separan, pero continúan estrechamente vinculados hasta su muerte. En una de las últimas cartas a Luque, cuando ya Acuña estaba atacado por el cáncer, le escribe:

«Hoy más que nunca la pobreza me abruma. Las satisfacciones elementales de los hombres más pobres se me presentan como lujos exquisitos: una mujer, un hogar, unos hijos, una salida al cine, ir a cenar pollo en brasas de vez en cuando. Poder excederme y comprar un libro sin la conciencia de que mi presupuesto mensual se irá a la basura, todo eso es casi un sueño para mí.

«Sé que la muerte me acecha: me he caído desmayado en tres ocasiones: una de ellas dando clases de ortografía en una academia para secretarias, otra en la calle, la tercera en mi casa. Laura me encontró tirado en el piso de la cocina. Me daba por muerto, así de débil sería mi respiración. Me desperté entre sus sollozos. Fue una alegría doble: revivir, la primera de ellas; la segunda: saborear aunque fuera unas migajas de ese viejo amor que aún late por mí en el corazón de Laura, mi chiquilla.

«Laura me visita todas las mañanas y me llama por teléfono en las noches. Hablamos poco. Todo es tan extraño: cuando la conocí, pensé que su misión en mi vida era brindarme un poco de felicidad. Me equivoqué: su verdadera tarea es visitar cada mañana mi casita para verificar que aún sigo con vida. Ella se encargará de mis trámites mortuorios. De no ser por ella, sé que depositarían mi cadáver un una fosa anónima, una tumba para indigentes, un sepulcro sin nombres. Morimos cuando somos olvidados, Javier: y a mí, en vida, ya nadie me recuerda. Soy un hombre muerto que camina. Algo menos, gracias a Laura.

«Ahora, con la muerte tocando a mi puerta, se me antoja un poco más de vida. Cada día que vivo, lo pienso el último. Y como no soy ni nunca he sido un hombre sabio, esa conciencia me hunde en la más extrema innocuidad. No soy más que un ser decrépito esperando, con el cuello obedientemente extendido, el golpe final del verdugo.
R. Acuña.»
(A Luque, 28/6/84)

El veintiocho de diciembre de 1984, día de los Santos Inocentes, Rosendo Acuña muere en el Hospital Central de Mérida.


*

En un estricto sentido académico, consideré que el seminario había sido un éxito: hubo polémica, opiniones encontradas, investigaciones particulares que arrojaron documentos poco conocidos (como la foto de Rosendo Acuña, o el prólogo del Dr. Alonso Almeida a la segunda edición del libro de cuentos "¿A dónde miran los ángeles cuando miran al cielo?") Si bien no podría vanagloriarme de haber logrado la reivindicación de la obra de Acuña ante mi alumnado, al menos conseguí que sus textos fueran leídos una vez más, quizás desde un punto de vista más amplio.

Sin embargo, no podía librarme de la sensación personal de que todo el seminario había resultado un estruendoso fracaso, que había equivocado de plano la perspectiva desde la cual he debido afrontar la vida y la obra de Acuña. El patrón usado había sido superficial y errado.

Sobre el escritorio de mi cubículo tenía un envejecido ejemplar de “Poemas para nadie”, su obra iniciática. Había un reto y una provocación en ese título, una advertencia de que sólo debía ser leído por unos pocos elegidos, o quizás por ninguno. Me preguntaba sobre las cosas que Acuña había escrito y destruido durante los años que antecedieron su muerte. ¿Serían realmente malos y merecían ser extirpados? ¿O habría entre ellas alguna página o quizás alguna frase lo suficientemente buena como para justificar el resto del conjunto? Desde la cómoda silla de mi escritorio comprendí que la mejor manera de acercarse a Rosendo Acuña era no acercarse a él de ninguna forma.



NOTAS DE PIE DE PÁGINA:
[1]"Poemas para nadie". Palacios & Pumar Editores. Caracas, Venezuela. 1953.
[2]"Macuto y otros relatos acuáticos". Fundacultura. Caracas, Venezuela. 1957.
[3]"Confesiones a Altuser". Ediciones Concejo Municipal del Distrito Federal, Caracas, Venezuela. 1974.
[4] Según el crítico literario Peter S. Prescott.
[5] En misiva escrita a Luque en diciembre de 1963:
«¿No te parece irónico que sea una Escuela de Sociología la que haya convocado a los escritores que consideramos nuestro oficio como un acto profundamente comprometido con los destinos del hombre nuevo latinoamericano? Mientras esto ocurre, la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela se desvela, entre buenos vinos y sabrosos canapés, por leer a Homero, a Proust, a Jorge Luis Borges y a Joyce. Nosotros mismos, los venezolanos, hemos hecho de la literatura un asunto de señoritas».
[6] "Tierra de Sangre", Editorial Cienfuegos, La Habana, Cuba. 1963.
[7] Ediciones Siglo XX. Gobernación Estado Apure. 1968.

sábado 7 de junio de 2008

VIRTU@L (novela)

Nacida sobre las luminosas pantallas de computadoras enlazadas en las redes de la Internet, hoy devuelvo esta novela a su lugar de nacimiento.
La escritura de la novela "VIRTU@L" ha sido parcialmente financiada por la Dirección de Litaratura del Consejo Nacional de la Cultura (Conac). Esta novela está protegida por leyes de Copyright año 2002. Su reproducción parcial o total deberá realizarse bajo estricta autorización escrita del autor.
CAPITULO I



De: "Sandra López"
Para: r-anzola22361@cantv.net
Asunto: Yo, Sandra...
Fecha: miér, 9 agot 2000, 18:55 —0600

Para cuando me leas, espero que estés muy bien y sea un día feliz para ti y los tuyos. Bueno, te cuento un poquito de mi vida, pero no te rías, que lo que voy a contar es para llorar, ¿okey? Como te dije en el chat, tengo veinticinco años y vivo en Guadalajara, México. Mi nombre completo es Sandra Berenice López González y soy estilista, profesión para la que no se necesita mucho cerebro, pero con la que se obtiene más dinero que en otras con las que te has pasado la vida estudiando para finalmente ganar como obrero. A mi anciana vida aun soy hija de familia: vivo con mis padres y dos hermanas menores. Además, tengo dos hermanos mayores que están casados y radicados en USA. Como ya te dije en el chat, no tengo novio. Bueno, hasta hace seis meses lo tenía, pero ya no. Y para nada estoy triste por no tenerlo, de hecho creo que me siento más feliz así. Y ¿qué más te digo?, ya lo sabes todo. Te advertí que soy muy aburrida y así es. Mi tiempo se pasa entre cortar unas cuantas orejas al día, charlar con mis amigos del chat y hablar por teléfono con los amigos reales, a quienes por cierto ya les vi las dentaduras y para nada quieren devorarme con sus afilados colmillos, eh, ¿qué te parece?

Bueno...esa es la triste y breve historia de mi vida. No me llevó ni diez minutos contártela.

No te creas, yo soy muy feliz así.... Y cada día veo como me salen más arruguitas de tanto reír, pero sigo siendo ¡TONTA Y FEA!

Aquí te mando una foto mía, para que lo compruebes. ¡Ah!, esta foto era de cuando andaba de novia y a punto de casarme, (nótose esa sonrisa ¡fingida!) Fue hace dos año. Luego te mando otra más reciente para que veas lo que ha hecho el tiempo conmigo. Te digo quién está a mi lado: ella es una de mis mejores amigas y se llama Mónica, (con blusa roja). Yo estoy a punto de lágrimas (con blusa blanca) por sentir acercarse el ¡"gran" día!

Ya te dejo para que rías a gusto y no lo hagas en mi cara...

Hasta muy pronto... Sandy.

Muchas veces a mí mismo me cuesta creer que todo comenzó de esta forma: con un simple email y la fotografía digitalizada de una muchacha bonita.

Solemos pensar que las cosas buenas y las cosas las malas le ocurren a las demás personas, pero a uno sólo nos ocurren cosas normales, acontecimientos ni fríos ni calientes. Ahora que ya todo ha pasado puedo explicar muchas de las cosas que a continuación voy a relatarles, sin ánimo de buscar atenuantes para mi conducta. A mi favor puedo argumentar que yo no me encontraba en el mejor momento de mi vida cuando conocí a Sandra aquella tarde en internet. Puedo mencionar, por ejemplo, la reciente muerte de mi padre. O mi traumático divorcio ocurrido tres años atrás. O alegar mi accidentada y poco gratificante vida afectiva, o mi lamentable situación económica. Aunque en realidad, la verdadera razón por la que permití que ocurrieran las cosas que ocurrieron, fue mi soledad. Una soledad esencial y perniciosa. Mis padres decían que la ociosidad es una mala consejera. Pero creo que la soledad la sobrepasa con creces.

La muerte de papá había sido -y quizás aún hoy lo sea- la experiencia más dolorosa que me haya tocado sufrir. Comprendí no sólo la pérdida de un ser amado, sino que adquirí la repentina conciencia de que cada miembro de mi familia —desde mi madre hasta mi pequeño hijo— era un buen candidato para danzar con la muerte. La vida de un hombre se divide en antes y después de haber enterrado a un ser querido. Una vez que hemos sido marcado con ese hierro, ya nada vuelve a ser lo mismo.

En pocas horas papá dejó de ser un hombre bonachón y optimista para convertirse en una masa de carne inerte, fría, pesada. Esa mañana del día de su muerte hablé con él por teléfono. Bromeamos sobre los resultados del partido de béisbol de la noche anterior entre los equipos Caracas y Magallanes. Nada en su voz delataba que no llegaría vivo al atardecer. Al mediodía sufrió el infarto. Tuve tiempo de llegar al hospital y verlo aún con vida. Estaba pálido y lucía cansado. Hablaba con esfuerzo, pero no se le veía asustado. Papá estaba en la cama con su cuerpo grande, con una manguerita de oxígeno pegada a sus fosas nasales y un montón de cables adheridos como ventosas a su pecho y brazos, apresuradamente rasurados por las enfermeras de guardia. Los médicos le habían prohibido hablar, pero igual tuvo ánimo para contar un chiste. Mamá le celebró la ocurrencia con una risita desencajada. Yo no podía disimular mi espanto ante lo que veían mis ojos: papá se estaba muriendo. Lo tenía escrito los ojos acuosos y opacos, se le sentía en la pastosa voz, se le notaba en el inquietante silbido cada vez que respiraba. El hedor a muerte bailaba oculto entre los vapores de desinfectantes químicos y mercuriocromo que emanaban de las paredes del cuarto.

A las cinco de la tarde caminé por última vez al lado de mi padre mientras lo acompañaba hasta las puertas de la morgue del hospital. Él iba acostado en una miserable camilla, con la cara cubierta con una sábana percudida. Nos lo devolvieron metido en una caja marrón. Contrario a su costumbre, lo habían peinado hacia atrás y habían colocado colorete sobre sus mejillas. Sin duda, aquella urna guardaba el cuerpo de mi padre, pero el rostro inerte y ridículamente tieso que se asomaba por la ventanilla no se le parecía en lo absoluto. Tenía el aspecto de un muñeco de cera. Y cuando lo enterramos, sentí que enterraba a un hombre que era el padre de alguien, pero no el mío. Lo velé sin dolor y lo enterré sin pena, ya que no podía entender que aquel cadáver tuviera algo que ver con papá. Cuando al mediodía regresamos a casa de mamá, descubrí y reconocí la muerte de mi padre cuando descubrí y reconocí su ausencia en esa casa. Como cada día estaba más ausente, cada día comprendía que estaba más muerto. Cómo duele aceptar que alguien con quien hemos pasado toda la vida, de un minuto para otro esté totalmente fuera del alcance de todos nuestros sentidos. Creo que el verdadero espanto de la muerte radica no en morirnos nosotros mismos, si no en ver morir a los que nos rodean.


A pesar de que me había divorciado tres años atrás, en el momento de conocer a Sandra, yo no hubiera podido afirmar que ya me encontraba recuperado de las devastadoras secuelas de la separación. Un divorcio es lo más parecido a la muerte de un ser amado, aunque quizás peor, ya que por lo general viene fielmente esposado de una abrumadora certidumbre de fracaso. Cuando me separé de mi ex-esposa me dolió comprender que hubo una última noche en que la toqué como mujer o reconocer el momento en el que por última vez la besé o disfruté del privilegio de contemplar su desnudez. El divorcio implica la separación del cuerpo y de la vida de una esposa, pero además significa la ruptura con una casa que fue nuestro hogar. Nos separamos de rituales y costumbres de limpieza, de la rutina de sacar las matas al balcón para regarlas los domingos por la mañana, del olor pimienta negra espolvoreado sobre algunas salsas, del sabor particular del agua que sale del filtro de ozono, de la agotadora pero divertida tarea de ir al automercado. Nos separamos y huimos, como si se tratara de inclementes verdugos, de ciertas tiendas, de ciertas calles, de ciertos cines, de ciertos museos, de ciertas canciones que nos recuerdan que alguna vez estuvimos casados y creímos que la felicidad era una tarea posible y duradera.

Aunque cada día los matrimonios duren menos, creo que todos nos casamos, aún bajo las circunstancias más irresponsables, para toda la vida. Y cuando comprendemos que eso no es posible con la persona con la que hemos decidido vivir, son muchos los sueños que se desploman. Además, con la separación de la pareja culmina un proceso que se inicia en el más loco enamoramiento para terminar meses o años más tarde en la más radical intolerancia hacia el otro. Es como alimentarse de frutas frescas para luego expulsarlas convertidas en maloliente pasta fecal. Eso es un divorcio.

Y lo peor es que cuando alguna mujer te vuelve a mirar con dulzura o te besa con ternura, ya no puedes ignorar que en algún lugar dentro de ellas se oculta la rabia, el hastío, la intransigencia, la terquedad, la tozudez, la rigidez, la ceguera, el fanatismo, los gritos histéricos, las palabras filosas, las llamaradas de fuego de su mirada. Una vez que has visto todo el odio que se puede desatar en el alma de una mujer, ya no puedes volver a besarlas sin la conciencia de que en esa boca jugosa de pasión, también florecen las dentelladas que eventualmente podrán clavarse en nuestra carne sin la más esencial consideración.

Como suele ocurrir, luego de mi divorcio me enredé en una cadena de relaciones marcadas por el desencuentro afectivo. Las probabilidades de que el amor se desate tras el contacto entre un hombre y una mujer son tan escasas como misteriosas. Si se logra alcanzar por lo menos un sabroso episodio sexual, deberíamos darnos por satisfechos, ya que hasta eso es infrecuente, independientemente de la poca o mucha belleza de la amante involucrada. Todo lo que ocurre entre un hombre y una mujer está signado por el capricho y, así, una mirada puede hacernos perder la cabeza por una mujer, o una sonrisa inoportuna dar al traste con todo nuestro interés por ella. Y después que las cosas toman por uno de esos dos caminos, es casi imposible volver atrás.

Hubo un momento en el que para mí las mujeres no fueron otra cosa que proveedoras de sexo de dudosa calidad. Con ellas forgé una cadena de apareamientos repetitivos y monótonos, ya que una de las cosas más aburridas del mundo es hacer el amor. No me malinterpreten. Lo que quiero decir es que acostarse con una o con otra en realidad es casi lo mismo. Y acostarse con cualquiera de ellas conlleva a un recorrido que al final se hace latoso: besar, tocar senos, hurgar piernas, palpar humedad, quitar pantaletas, desnudar, penetrar, escuchar quejidos (algunos de ellos formidables alaridos, otros pequeños suspiros de venaditas asustadas), eyacular, acabar y levantarse de la cama con la excusa de ir por un vaso de agua fría. Creo que el sexo es como un bosque que requiere ser explorado y conocido si quiere ser plenamente disfrutado. Pero con ese cambio prematuro de una amante por otra, no hacemos más que entretenernos en el umbral del bosque, sin aventurarnos realmente a penetrar en su follaje y excursionarlo a plenitud. Creo que soy de los hombres que prefieren una amante durante tres años, que tres amantes cada año. El erotismo no es cuestión ni de una noche ni de un mes. Es un trabajo sostenido y paciente sobre el cuerpo de la amante tratando de descubrir en ella nuevos atajos y deliciosos manantiales en donde la carne erecta pueda encontrar viejos refugios y nuevos placeres.

Pero nada parecido a esto llegó a ocurrirme durante mis tres años de hombre divorciado. Así, cuando salía con una mujer al cine o a cenar, o cuando escuchaba pacientemente sus aburridas historias, sus tristes problemas de mujeres frustradas, insatisfechas y envidiosas de todo, lo hacía simplemente por la pequeña ración de sexo que ellas guardaban para mí bajo sus faldas.

Ocurrió también —para el momento en que conocí a Sandra— que desde hacía un par de años mi negocio había comenzado a decaer estrepitosamente, permitiéndome a duras penas conseguir el mínimo indispensable para sobrevivir. Y nada más difícil que intentar seducir a una mujer desde la bancarrota.

Fue así como, casi sin darme cuenta, mis limitaciones económicas, el dolor ante la reciente muerte de mi padre, la desolación aún viva en mi alma como consecuencia de mi divorcio, mis insatisfechos intentos por encontrar una mujer que al menos me satisficiera en la cama, todo eso, digo, me llevo a enclaustrarme cada vez más dentro de mi pequeño apartamento y en mi trabajo, de por sí solitario. Me volví un monje. Cada vez me esforzaba menos por salir de casa o por conocer nuevas personas. Rehuía de las fiestas y de las reuniones sociales como de la peste. Ir al cine sin acompañante me deprimía, pero ir acompañado me fastidiaba y me ponía de malhumor. Llegó un momento en el que para mí era casi tan malo pasar la noche solo en mi cama, como meter en ella a una chica que no era capaz de diferenciar una idea de un par de zapatos baratos.

Así era mi vida para el día miércoles 9 de agosto de 2000, cuando Sandra López me escribió su primer email. Para completar esta especie de diagnóstico sobre lo que era mi vida para ese momento, les diré que me llamo Rafael Anzola Castillo y para el momento de conocer a Sandra yo contaba con treinta y nueve años de edad. Como ya lo mencioné, soy divorciado y con un hijo de seis años llamado Eduardo José en honor a sus dos abuelos. Soy fotógrafo de profesión, pero aunque durante muchos años intenté entrar al mundo de la publicidad y del modelaje, me he tenido que dedicar a hacer coberturas sociales: bodas, bautizos y primeras comuniones. Hace unos años logré alquilar un pequeño local en los sótanos de las Torres de El Silencio, donde monté un pequeño estudio fotográfico, el cual tuvo su momento de gloria, pero en la actualidad la ganancia que ofrece no rinde ni siquiera para cubrir los gastos que ocasiona mantenerlo abierto.

Un par de meses antes de conocer a Sandra, un cliente me había cancelado una vieja deuda que tenía pendiente conmigo entregándome una obsoleta computadora Macintosh Performa 475. Revisando las aplicaciones que estaban archivadas en el disco duro, me conseguí un programa para navegar por internet. Más por curiosidad que por otra cosa, averigüé los precios de afiliación, con la suerte de que en ese momento había unas ofertas interesantes en el mercado. El técnico que vino a instalar la conexión tuvo muchos problemas debido al obsoleto estado de mi computadora. Me advirtió que no podría entrar a todas las páginas, específicamente a las que requirieran soporte de JAVA. Igual me dijo que cada día más limitaciones para navegar por la web, pero que por el momento mi Performa 475 me serviría para visitar muchos sitios.

Al comienzo el asunto de la internet me pareció medio aburridor. Una vez que había visitado los web sites de los más importantes fabricantes de cámaras, películas y papeles fotográficos, así como los portafolios de los más grandes fotógrafos del mundo, para mí la experiencia de navegar por la red había llegado a su fin. Sin embargo, poco después y casi por error, entré a un salón de chateo. Yo ya había oído hablar de ellos, pero no sabía cómo funcionaban. Quedé maravillado. Era una sala colectiva en las que prácticamente todos hablaban con todos. Lo malo es que era en inglés y no podía entender muy bien lo que decían ni yo podía decir todo lo que quería. Había personas de Estados Unidos, Australia, Alemania, Bélgica, Argentina. A veces, cuando entraba alguien nuevo a la sala, se presentaba a los demás con saludos tan excéntricos como Hi, everyone. Here is the war dog, from Bosnia. Recuerdo una chica taiwanesa que no hablaba con nadie en especial, pero repetía una y otra vez los resultados de un partido de béisbol entre los Yanquis de Nueva York y los Orioles de Baltimore. Cuando ya consideró que todos nos habíamos enterado del puntaje del partido, comenzó a darnos los resultados del encuentro basketbolístico entre los Lakers de Los Ángeles y los Rockets de Houston. No pude evitar recordar mis años de muchacho cuando entraba a las ondas hertzianas de los radioaficionados abordando conversaciones con personas que ya eran casi nuestros amigos o con otras con quienes nunca antes habíamos hecho contacto. Al igual que en los salones de chateo, los radioaficionados manejábamos un código en lugar de nuestros verdaderos nombres.

En breve tiempo yo había descubierto en la red varias salas de chateo, pero todas en inglés, lo me significaba una gran limitación. Pero no tardé mucho en encontrar una de hispanohablantes. Me hice visitante habitual de este salón. Me inscribí bajo el nick de LOBO-ESTEPARIO22361. Obviamente lo de Lobo Estepario lo había extraído de la novela homónima de Hermann Hesse, una de las preferidas en mi adolescencia. Los números escondían la fecha de mi nacimiento: 22 de marzo de 1961.

Rápidamente comprendí las reglas básicas del chateo, como por ejemplo que la conversación entre personas del mismo sexo no es muy buscada ni aceptada. Con las chicas la dinámica es distinta. Lo primero que preguntan es de dónde es uno y, casi inmediatamente, si somos casados o tenemos novia. En el fondo estas conversaciones están teñidas de intenciones de seducción, ya sea en forma explícita u oblicua. Si la conversación fluye en forma amena, la chica pide se le haga llegar una foto de uno. Por su parte, ella promete enviarnos una de ella. Por lo general la cosa no pasa de allí y nunca más vuelves a saber de ella. O quizás te la encuentres en otra oportunidad, pero ella, al responder tu saludo, te pide disculpas y te informa que está ocupada charlando con otra persona. Fin del episodio.

Ya antes había leído sobre matrimonios entre personas que se habían conocido en la red o que simplemente se habían enamorado allí. Por lo que a mí respecta, llegué a conocer en el chat a un par de damas, una de ellas colombiana y la otra argentina, quienes me confesaron haber mantenido tórridos romances con hombres que habían conocido por internet. Tanto para una como para la otra, los romances habían sido largos, más de un año para la colombiana, y casi tres para la argentina. En ambos casos, los hombres era mucho mayores que ellas y estaban casados. En ninguno de las dos situaciones las parejas, aunque decían estar muy involucradas, llegaron a conocerse personalmente. No fueron otra cosas que amores virtuales.

Estas historias me parecían pueriles, definitivamente ingenuas y absurdas. Además, era difícil hacerme a la idea de que alguien pudiera complicarse afectivamente con nadie sólo a través del frío intercambio de palabras a través de un computador. Definitivamente, pensaba yo, había que estar muy solo y muy necesitado de afecto para caer en una relación tan patética y desnutrida.

Es curioso, ¿no?: toda una tecnología de punta como lo son las señales digitales, la banda ancha, la transmisión de voz e imagen, los correos electrónicos que recorren el mundo en cuestión de segundos, todo eso, digo, y nada, que muchos de estos internautas no han hecho más que regresar a esa forma de romance epistolar de hace dos siglos atrás. Dos personas escribiéndose mutuamente para encontrarse y tocarse a través de palabras graficadas en una pantalla de doce pulgadas. Uno de ellos haciendo las veces de un caballero andante y, la otra, como una damisela atrapada en la torre más alta de su Compaq Presario 4110LA.

Con Sandra las cosas fueron un tanto distinta. Era mi costumbre entrar a la sala de chato y lanzar la siguiente pregunta, la cual por lo general me había dado muy buenos resultados: «¿Alguna chica linda, simpática e inteligente disponible para charlar?» Aquella tarde del 9 de agosto de 2000 a los pocos minutos de haber escrito repetidamente mis requerimientos, obtuve respuesta de una muchacha de Guadalajara: «Soy fea, tonta y antipática, ¿te gusto así?»

Lo que me gustó fue su respuesta: una salida fresca e ingeniosa a mi impertinente solicitud. Casi siempre me respondía alguna chica afirmando que ella poseía esas y otras virtudes. Para mí la pregunta no era otra cosa que un simple anzuelo. Pero aquel día, fui yo quien lo mordió:

Lobo-Estepario22361: Hola, ¿de dónde eres?
Sandralo74: De México lindo, Guadalajara.
Lobo-Estepario22361: ¿Y qué andas haciendo en Puerto Rico?
Sandralo74: Paseando un ratito por tus playas, ¿eres de P.R., no?
Lobo-Estepario22361: No, para nada. Ni siquiera lo conozco. Soy de Caracas, Venezuela.
Sandralo74: ¡Oh!
Lobo-Estepario22361: «¿Oh?», ¿qué, acaso tienes algo contra los venezolanos?
Sandralo74: Nooo, para nada. Pero conozco muy poco de ustedes. Ricardo Montaner y una telenovela que hace unos años pasaron acá, era sobre una gitana o algo así, no me acuerdo.
Lobo-Estepario22361: ¿Qué edad tienes?
Sandralo74: ¿Y cómo para qué quieres saber mi edad?
Lobo-Estepario22361: Para nada en especial, para seguir conversando de algo, supongo.
Sandralo74: Ya andamos platicando bien sin que sepas mi edad.
Lobo-Estepario22361: Está bien, no me la digas.
Sandralo74: Veinticinco, casi veintiséis. Cumpliré años el 21 de octubre.
Lobo-Estepario22361: Vaya, eres muy joven para mí.
Sandralo74: ¿Sí? ¿Acaso eres un lobito viejito?
Lobo-Estepario22361: Sí, al menos para ti.
Sandralo74: A ver, dime cuántos.
Lobo-Estepario22361: Mejor no, vas a salir corriendo.
Sandralo74: A poco de verdad sí eres un ancianito, un auténtico lobito plateado.
Lobo-Estepario22361: Más o menos. Treinta y nueve.
Sandralo74: ¡Híjole! Maduro sí que eres, pero no un viejito. Estás bien para una de mi edad. Si gustas te presento a unas amigas mías que están rechulas, jajaja.
Lobo-Estepario22361: ¿Unas amigas? ¿Y por qué no tú? ¿Tienes novio?
Sandralo74: ¡Vaya, pareces una máquina de hacer preguntas! Y no, no tengo novio.
Lobo-Estepario22361: ¿Eres bonita?
Sandralo74: Ya te lo dije: soy fea, tonta y aburridora.
Lobo-Estepario22361: Ni tonta ni aburrida, quizás fea, pero eso habría que verlo.
Sandralo74: Creéme, soy feísima.
Lobo-Estepario22361: ¿Tienes fotos?
Sandralo74: Sí.
Lobo-Estepario22361: ¿Podrías enviarme una? Mi dirección de email es «r-anzola22361@cantv.net»
Sandralo74: No sé, déjame ver, ¿okey?
Lobo-Estepario22361: Si me das tu email, te envío una mía, si quieres, claro.
Sandralo74: Si te envío la mía y sigues animado después que me veas, ya sabrás mi dirección y me la podrás enviar.
Lobo-Estepario22361: Vale.
Sandralo74: ¿Cómo te llamas de verdad?
Lobo-Estepario22361: Rafael Anzola, ¿y tú?
Sandralo74: Sandra López.
Lobo-Estepario22361: Lindo nombre, suena muy mexicanote.
Sandralo74: Ni que me llamara Adelita, jajaja. ¿Eres casado, en qué trabajas?
Lobo-Estepario22361: Soy divorciado desde hace tres años. Tengo un hijo de seis años que vive con su mamá. Soy fotógrafo.
Sandralo74: ¿Eres un fotógrafo famoso? ¿qué tipo de fotos tomas?
Lobo-Estepario22361: Famoso para nada. Tengo un pequeño estudio fotográfico en el centro de Caracas, pero las cosas no andan muy bien por acá en estos días. Allí le tomo fotos a señoras, a bebés, a bachilleres recién graduados. Además, tomo fotos en bodas, bautizos y esas cosas. Alguna que otra vez he tomado alguna foto publicitaria o a algún político en campaña electoral. Ese es mi curriculum.
Sandralo74: Suena muy interesante, pero ya debo irme. Es tarde y debo trabajar mañana.
Lobo-Estepario22361: ¿Me enviarás la foto?
Sandralo74: Creo que sí. Bye. Gusto en conocerte, Rafael.
Lobo-Estepario22361: Igual. Hasta pronto.

Esa misma noche recibí en mi correo electrónico su fotografía. Para mi desconcierto, al bajarla me topé con dos chicas, una rubia y la otra morena. La morena llevaba el pelo suelto, largo, con las cejas muy bien marcadas por creyón y la boca pintada de rojo carmesí. Esta chica miraba de frente a la cámara, con una sonrisa bien plantada y una mirada retadora, casi pícara. La otra, la rubia, también tenía el pelo largo, pero recogido con una coleta. Tenía una mirada triste y aniñada, dirigida de soslayo, como si se sintiera cohibida ante la presencia de la cámara. Sus manos blancas descansaban sobre una de sus piernas cruzadas. Sus zapatos eran de tacón bajo. Tenía un aspecto tierno, como el de esas mujeres que al verlas, provoca abrazarlas y protegerlas, pensé. La foto había sido tomada en la sala de una casa, supuse que en la de Sandra. Los muebles eran imitación barata de modelos de estilo, forrados con tela estampada con tiras verticales con distintos tonos de marrón y verde. En el email al que se anexaba la foto, Sandra me aclaraba que ella la chica blanca. La otra chica era Mónica Ramírez, su mejor amiga.

Contemplé la foto durante unos minutos, escribí luego un email y le dije: «Me gustas mucho y me interesas, ¿eso te interesa?» Le anexé una fotografía mía, tomada un año atrás, en la que lucía un grueso bigote y unos lentes de montura metálica. Tenía una expresión muy seria, demasiado para ser la primera foto que ella viera de mí, pero en realidad era la única foto que tenía de mí mismo en formato digital.

A veces pienso que quizás no nos hayamos dado realmente cuenta del torbellino tecnológico en el que vivimos inmersos, querramos o no participar de él. Somos como niños grandes jugando con sofisticados aparatos y sistemas que por el solo hecho de tenerlos en casa y haber aprendido a manipularlos, pensamos que logramos comprender. Quizás algún día terminen de confirmar que los celulares sean altamente cancerígenos y en pocos años huyamos de ellos y de quienes los usan como ahora lo hacemos del cigarrillo y de los fumadores. He pensado que manejamos fuerzas desconocidas y tremendamente poderosas que por el simple hecho de que se han hecho parte de nuestra rutina, las aceptamos como inofensivas. Los celulares, el internet, los correos electrónicos, la televisión por cable, son parte de un mundo casi fantástico, un mundo casi inimaginable hace apenas veinte años atrás. Un hombre se lanza al vacío desde un rascacielos en Tokio y antes de que su cuerpo se estrelle contra el piso, ya en Perú, Miami, Caracas y Londres podemos ver su caída a través de las cámaras de CNN. Es algo verdaderamente increíble, casi espeluznante.

Lo mismo ocurre con el internet: un gigantesco banco de datos capaz de almacenar casi la totalidad de la información útil de nuestro planeta, una maraña de cables y de señales satelitales que sirven para reservar boletos aéreos, hacer el mercado, leer el periódico, pagar la factura de la electricidad o realizar transacciones millonarias de dinero. Para muchos es simplemente una diversión que se disfruta en las horas ociosas y aburridas de la vida hogareña, para otros una eficaz herramienta de trabajo, para muy pocos, un rentabilísimo negocio, pero para todos, un mundo casi mágico, un mundo virtual, un mundo que corre paralelo al nuestro, imitando sus colores y sensaciones, simulándolo y, muchas veces, hasta mejorándolo, como es el caso del correo electrónico si lo comparamos con el correo convencional, ahora prácticamente obsoleto para el envío de cartas o fotografías.

Hace años leí un cuento muy breve de Arthur Clarke (el mismo autor de la novela «El Centinela», sobre el cual Stanley Kubrick se apoyó para su película "2001, Odisea del Espacio"), en el que relataba como se habían reunido las más brillantes y destacadas mentes de la humanidad para diseñar y alimentar una supercomputadora que pudiera responder y despejar las grandes incógnitas que la humanidad no había sido capaz de resolver.

Luego de cinco años de arduo trabajo, llega el día en que finalmente encenderán la dichosa super-mega-computadora. Están presentes, además de los grandes cerebros del planeta, los mandatarios, presidentes y reyes de todas las naciones.

La encienden. Todo muy normal, muy tranquilo y muy silencioso. Se acerca uno de los padres de la gran máquina, le habla a través de un micrófono y le hace la primera gran pregunta:

— ¿Dios existe?

Apenas termina de hablar, de la nada aparece un rayo mortal y carboniza de una sola vez al preguntón científico. Entonces la computadora responde:

— Ahora sí.

Contado así, parece casi un chiste, y quizás lo fue para Clarke cuando escribió esta historia. A mí me parece que esa supercomputadora ya está inventada, y que la tenemos en nuestras casas: es el internet.

Todas estas cosas pasaron por mi cabeza una vez que le envié el email a Sandra. Sin embargo, me sentía como embrujado por la tímida sonrisa de la muchacha de la fotografía y por el delicado aroma de sus palabras. Destilaban sencillez, una profunda y legítima humildad, como si fuera capaz — aún sin saberlo — de separar con certeza lo superfluo de lo esencial, la piel de la osamenta. En menos de quinientas palabras ella había puesto en mis manos la historia de su vida.

Pero para mí lo más importante era el mágico embrujo que aquella jovensisíma mujer había provocado en mí. El dibujo de sus cejas, el contorno de sus labios, sus suaves manos — se veía, sí, que debían ser muy suaves — entrecruzadas sobre sus rodillas.

Comprendí o acepté o simplemente me dio la gana creer que ese brevísimo chispazo que estallaba frente a mis ojos al contemplar el espigado y blanquísimo cuello de Sandra López, era el fogonazo que durante años enteros había buscado sin éxito entre las deliciosas piernas, los erectos pezones y las amargas secreciones de mis estériles y breves amantes nocturnas.

Así empezó todo. Sin darme cuenta. Sin importarme las aleccionadoras experiencias de mis cyber-amigas, la colombiana y la argentina. Como ya dije al comienzo, siempre nos da por pensar que nosotros somos la excepción a la regla. Y así, pensé, cualquier cosa que llegara a ocurrir entre esa chica y yo, sería distinta a cualquier cosa que ya hubiera ocurrido en la red.

En el fondo esperaba que Sandra nunca respondiera ese email que acababa de enviarle y en el que le confesaba sin reservas mi enloquecida voluntad de acercarme a ella. Sus inquietantes cejas, su jugosa boca, sus finas manos entrecruzadas sobre su pierna, no serían más que retazos intocables de mi febril deseo de jugar al amor. Sin embargo, al día siguiente, al abrir mi buzón, me encontré con un nuevo email de Sandra:

De: "Sandra López"
Para: r-anzola22361@cantv.net
Asunto: Hola, soy Sandra, de nuevo.
Fecha: sáb, 12 agot 2000, 10:05 H —0600

Hola, Rafael, ¡buenos días!

Bueno, realmente no sé que decir, recién leí tu email y... ¡no sé que decirte! Espera, déjame ordenar mis ideas.

De verdad te agradezco mucho tanta confianza al darme tus teléfonos y dirección. Me dejas sin palabras y quizás te deba regañar: tú no sabes nada de mí, quizás yo sea parte de alguna mafia y te podría secuestrar o intentar hacer algún daño. Tienes suerte y no soy tan inteligente como para ser una bandida, pero deberías tener un poco más de cuidado a quien le das tu confianza, ¿no crees?

Haber, Rafael, ya pensé un poquito... Yo comprendo que estamos en edades en que ya no queremos perder el tiempo, y tratamos de ser lo más directos posible, y te agradezco que seas tan franco y me digas al tiro tus intenciones, pero ¿no crees que estas yendo muy rápido? Vuelvo a decirte no me conoces nada de ¡nada!...y pude ser que te guste por foto. Tu entusiasmo me recuerda una película que es una de las que más me ha gustado, "Pide al tiempo que vuelva", así se llama, ¿la has visto? Por si acaso tú repuesta es NO, te la cuento: es la historia de un hombre que se enamora de una mujer por su fotografía, pero es una imagen de otra época y decide volver al pasado para encontrarse con ella. Es una historia muy romántica y muy bonita, pero no deja de ser una ficción, no sólo por que no se puede regresar al pasado, si no porque es imposible que a través de una simple foto puedas ver más allá de la mera imagen. ¿Qué puedes encontrar tú en mi fotografía? O peor aún, ¿qué puedes encontrar tras un rostro, aunque lo estés viendo en persona, en vivo y en directo, como dicen? Así que no me digas que ya, sin verme siquiera, ya sabes que hay bajo mi rostro.

En este momento estoy viendo tu foto y me dice que eres un hombre maduro, moreno, me parece que eres fuerte, tienes cara de pocos amigos, ¿o será que tienes el ceño fruncido porque te molesta el sol?, ¿o será que eres muy enojón?.. ¿o será sólo que en el momento que te tomaron esa foto no estabas en tu mejor ángulo? ¿O será que estabas preocupado por algo?, ¿o será que no te dieron tiempo para hacer una sonrisa? No, de verdad tu foto no me dice mucho o nada de tu personalidad. Así que, mi querido Rafael, yo no te puedo gustar, ni mi interior ni mi forma de ser lo puedes ver sólo con mi foto. Y por favor, no me pongas trampas, me sabes tonta y me tiras migajitas como a un pollo, ¿verdad?

En fin Rafael, me gustaría mucho que fueras mi amigo, yo te ofrezco ser una buena amiga, yo no te puedo decir que quizás seamos algo más, porque no lo sé, pero de que podemos ser buenos amigos de eso si estoy segura, ¿tú que piensas?

Ya te dejo descansar de tantas barbaridades que digo, y además ya llego mi clienta...
Hasta pronto, Sandra.
P.D. Luego te digo porque tenemos internet en la estética.




De: "Sandra López"
Para: r-anzola22361@cantv.net
Asunto: Hola, soy Sandra, de nuevo.
Fecha: mar, 15 agot 2000, 16:21 H —0600

Si lo que recién acabo de leer es en serio, pues, ¡voy a salir corriendo lo más lejos posible de ti!, Rafael.

Si tú lo que admiras en una mujer es la valentía, hasta seis días atrás te hubiera dicho que "yo soy muy valiente", pero ahora, aunque me avergüence decirlo, debo reconocer que me estoy muriendo de miedo. De verdad tengo mucho, mucho miedo, Rafael. Me da mucho miedo esto que me estás haciendo sentir, me da pánico a la velocidad que vas, me espanta sentir que estoy perdiendo el control, estoy temblando hasta los huesos por la forma en que estás moviendo mi vida, me asusta terriblemente lo que te estás imaginando de mí. Porque me estás imaginando, Rafael, si no pregúntate que es lo que hace que me escribas así. No, no puedo entender qué es lo que hace que me digas todo lo que me escribes. Me estás enamorando y sé que me vas hacer llorar, porque de hecho ya lo estás haciendo.

Te cuento el por qué cancelé mi matrimonio con Horacio apenas tres meses antes de celebrarse la boda. Empezamos de novios cuando yo tenia veintiún años y él, veinticuatro. Horacio es de un nivel económico más alto que el mío, recién graduado de Leyes, nivel cultural superior. Es decir, tenía todas las condiciones para ser más dominante que yo y con una seguridad y dueño de sí mismo que a mí me hacia ver como una hormiguita. Total, para no cansarte con tantas tonterías, tres meses antes de la boda hubo una noche en la que no pude dormir imaginándome como sería mi vida a su lado y no me gusto lo que vi. Hasta entonces yo me había convertido en un reflejo de él, incluso ya tenia su mismo tono de hablar, me compraba mi ropa con el visto bueno de él, en fin, que esa noche me di cuenta que YO no era YO, sino una copia mal hecha de él. Al día siguiente me levanté siendo YO, tal como era en verdad, y empezamos con problemas porque a él no le gustaba lo que veía en mí. Y precisamente el 28 de octubre de 1997 se acabó. El no me aceptó como realmente era, y yo no estaba dispuesta a ser como él quería que fuera. Así que, FIN.

No creas, Rafael, no fue tan fácil. Fue duro enfrentarme a mí misma, enfrentarlo a él y enfrentar a nuestras familias. Todos pensaban que me había vuelto loca, y a lo mejor tenían razón. Es probable que no lo quisiera lo suficiente. Pero me dolió muchísimo terminar con él ya que fueron muchas ilusiones, muchos sueños hechos añicos. Pero me prometí a mí misma que trabajaría y me superaría día a día hasta donde estuviera a mi alcance y respetarme a mi misma y ser siempre YO. No sé si me explico bien, ojalá me comprendas, Rafael.

Después de eso duré algún tiempo sin fijarme en nadie, hasta hace como año y medio apareció Alejandro, un muchacho de mi edad, muy bueno, muy lindo, creo que me quería de verdad, pero él hacia lo que yo decía y eso tampoco me gustó, así que en este caso la mala fui yo y lo terminé. No tenia caso seguir con alguien a quien yo no respetaba... Y de ahí me formé la idea que todo debe ser equilibrado (libra al fin que soy) para que funcionen las relaciones. Y me hice una promesa más: "Mi próxima relación debería ser seria, con perfecto conocimiento, para no lastimar ni salir lastimada"

¿Qué más te puedo decir Rafael? Hasta ahora lo que me dices y por las razones por las que me escribes, me gusta, me gusta mucho, y ese es mi mayor miedo: que me gustes demasiado y me enamore, y que ya cuando me conozcas mejor te des cuenta que no lleno tus exigencias. No, no quiero pasar por eso, porque si con Horacio me dolió, creo que contigo me dolería mucho, mucho más.

Yo también quisiera tener una esperanza contigo, pero pienso demasiado en tantos inconvenientes, como mi familia, la distancia, lo económico...uuufff!! ¡tantas cosas! Me gustaría pensar que puede ser, pero es necesario que no vayas tan rápido... Por favor: conóceme, es importante que te guste como soy. ¿Lo ves?, ya voy a llorar. Ya son las dos y cuarenta de la madrugada y otra noche más sin dormir...¡¡Gracias Rafael!! (esto con MUCHA ironía, ¿okey?)

Hasta pronto. Un beso, Sandra.



De: "Sandra López"
Para: r-anzola22361@cantv.net
Asunto: No estés triste, Rafael...
Fecha: sab, 19 agot 2000, 17:51:27 —0600
Hola.
POR FAVOR, ¡¡¡NO ESTÉS TRISTE!!!

Rafael, no te pongas triste, yo sólo te digo que hay que pensar un poco las cosas. Para mí todo esto es nuevo y muy bonito, aun el miedo, aun las carreras, aun el sentirme atropellada por todas tus palabras, de alguna forma me gusta y quisiera que no cometiéramos ningún error, quiero que todo salga bien. Eso es lo que deseo.

Hoy no tengo mucho tiempo para escribirte. Debo estar a las siete de la noche en el lugar a donde vamos a trabajar, pero me conectaré al chat antes de salir, como a las seis. Si puedo antes te aviso con un email, ¿de acuerdo? Y RECUERDA:

POR FAVOR, POR FAVOR, ¡¡¡NO ESTÉS TRISTE!!!

No quiero sentirme triste, y me estas poniendo así. Te veo en la tarde... Un beso (con mucho cariño de ¿amigos?).

Sandra.


De: "Sandra López"
Para: r-anzola22361@cantv.net
Asunto: Buenos días, Rafael...
Fecha: lun, 21 agot 2000, 23:08 H —0600

¡Hola Rafael!
¿Qué tal tu fin de semana? Por fin me escape de mi mamá. ¡Es increíble todo lo que puede hablar sin respirar! Me gusta que lo haga y normalmente la escucho con atención, pero hoy mi concentración no está muy atenta que digamos. Me sorprendí varias veces a mí misma, mientras ella me hablaba, pensando en lobos esteparios, trenes descarrilados y formidables huracanes, y no sé si ella lo notó pues de pronto me dijo que me dejaría descansar que se me veía muy cansada. Me siento un poquito mal con ella, mañana haré lo posible por platicarle con más atención.

Las historias que me cuentas de tus amigos, de cómo se conocieron y enamoraron, me parecen de verdad unas lindas aventuras. Y sería realmente fantástico que algo así nos sucediera a nosotros. Creo que casi todos soñamos con encontrar así el verdadero amor, sin buscarlo, sin aviso y sin protesto. Tan simple como toparse con una mirada y saber que perteneces a esa persona. Mi profesión se presta para que las personas me tengan confianza y me platiquen sus vidas, y me han confesado historias muy románticas, muy locas y muy atrevidas de cómo han conocido a sus parejas, cómo se han enamorado de ellas y cómo llegan a casarse o a unirse y llevar una vida feliz. Igualmente me ha tocado casi ser testigo presencial de tremendos fracasos y errores que se cometen en nombre del "amor". Quizás yo no tenga mucha experiencia en cuestiones de romance, pero a diario veo y escucho las experiencias de los demás, y trato de aprender de eso.

¡La química!, que conflicto con la química, ¿verdad, Rafael? Yo creo que para todas las personas, hombres o mujeres debemos tener un poco de química, esto es básico para cualquier tipo de relación, amistosa, afectiva, hasta para hacer un negocio. ¡Esto tú lo sabes bien!, pero, ¿porque es tan difícil encontrar la química exacta para el Amor? ¿Sabes?, sueño con que alguna vez pueda sentir una mirada o un toque de la manos que me hagan vibrar, hasta olvidarme de ¡todo!

No se si es química lo que nos está sucediendo a nosotros dos, Rafael, pero para mí es algo bonito y a la vez muy extraño. Te lo juro, nunca he sentido esto, ni siquiera con la persona que yo creía que me iba a casar. Eso me sorprende, me extraña, me asusta, y como dice la canción, "pero también me gusta" .

Hoy me sorprendí mirando varias veces a hombres más o menos de tu edad y me preguntaba qué podría interesarles a ustedes de una chica de mi edad. Y no encontré respuestas. Digo, el interés sexual es obvio, pero, aparte de eso, ¿qué más, qué otra cosa les podría interesar tanto, para desear estar conmigo? ¿Sabes?, me duele la cabeza con tantas preguntas sin respuestas.

Rafael, ya me voy a dormir. No puedo mantener los ojos abiertos ni un minuto más...

¡Buenas noches! ¡Hasta mañana! ¡Un beso en cada mejilla con cariño y amistad!
Sandra.

El miércoles 23 de agosto fue un día importante: mientras chateábamos, le pedí me dejara llamarla por teléfono ...

Lobo-Estepario22361: Quiero escuchar tu voz ...
Sandralo74: ¡No inventes, Rafael!
Lobo-Estepario22361: Anda, no voy a morderte. Sólo quiero escucharte. Si me das tú teléfono, yo te llamo.
Sandralo74: No inventes, Lobo. Ya me quieres asustar con tus colmillotes.
Lobo-Estepario22361: Una llamada rapidita. ¡Anda!
Sandralo74: ¡Qué cosas me haces hacer, Rafael!
Lobo-Estepario22361: Dame tu número. Anda, anímate.
Sandralo74: 3—918452.
Lobo-Estepario22361: ¿Y el código?
Sandralo74: No lo sé. El tres es el código de Guadalajara.
Lobo-Estepario22361: Voy a buscar el código de México en mi guía telefónica. Ya lo tengo. Es el 52. Te estoy llamando.
Sandralo74: ¡Uy, qué susto!

— ¿Aló?
— ¿Bueno?
— ¿Sandra?
— ¿Rafael?

Fue la primera vez que escuché su voz. Parecía más joven de lo que realmente era.

— Vaya, al fin, ¡qué linda voz!
— Sí, tú también. Estoy nerviosa. Casi no puedo ni hablar.
— Di cualquier cosa. Me gusta tu voz. Me gustaría tanto que estuvieras cerca.
— No sé qué decirte.
— Lo que se te ocurra. Mira que cuando escribes eres muy "habladora".
— Es distinto, Rafael. Estoy nerviosa.
— ¿Quieres colgar?
— Tenemos que colgar. Esto es muy caro.
— Sí, tienes razón. Me encantó escucharte.
— A mí también. Bye.

Colgamos.

Cuando regresé al salón de chat, ella ya se había marchado. Ni ese día ni al siguiente recibí noticias suyas, a pesar de que le envié por lo menos cinco emails pidiéndole que al menos me dijera que todo estaba bien. Aunque tenía su número telefónico, no me atreví a llamarla de nuevo, suponiendo que la causa de su repentina desaparición había sido justamente la llamada telefónica que le había hecho. No fue hasta el viernes en la noche que encontré un email suyo en mi buzón:


De: "Sandra López"
Para: r-anzola22361@cantv.net
Asunto: Soy yo...
Fecha: vier, 25 agot 2000, 20:51 —0600

Rafael,

¡Me siento tan confundida! ¡Y tan derrotada! Ya no quiero pensar en ti ni en nada de esto que nos está ocurriendo, y mientras más lo intento, menos lo logro. ¿Por qué no naciste en Guadalajara? ¿Por qué no eres mi vecino y puedo escucharte y mirarte a la cara sin que todo sea tan difícil, tan extraño, tan fantasioso? Dime, ¿qué carajos quieres de mí? ¿Qué crees que te puedo yo dar? ¿Qué quieres que hagas con mi vida haciéndome sentir todo esto que me estás haciendo sentir?

Ya no quiero pensar en ti, pero no puedo evitarlo,
Sandra.

Inmediatamente le respondí:

«Sandra:

«Me siento como un hombre de otra época, como una especie de caballero andante enamorado para siempre de una dama a quien sólo ha visto en sueños y penumbras. Me siento como Cyriano, tratando dearrancarle pasiones a una mujer a fuerza de palabras.
«Me dices que me piensas, aunque preferirías no hacerlo. Entonces yo siento que te abordo y te invado a pesar de ti, no gracias a ti. Te resistes al huracán que he desatado en tu vida, pero el vendaval es tan fuerte que no podrás ignorarlo. ¿Cuando me invitarás a entrar en ti?
«Llevamos cuatro semanas escribiéndonos. CUATRO SEMANAS. ¿Es eso mucho o es poco? Todo ha sido como un terremoto que no ha dejado piedra sobre piedra. Tú has movido, removido y conmovido todos mis escombros. Hasta hace tan poco -¿tres semanas atrás?- yo no era más que un hombre muerto que caminaba.
«Quiero que me sientas. Lo único que deseo en este momento, lo que más deseo en este instante es que me sientas. Que me sientas a tu alrededor, que me sientas asediándote, que me sientas sobre y dentrode ti. Que sientas que soy una emboscada que salió de la nada y sin aviso, un bandolero desalmado que te robó tu sueño de un príncipe azul perfecto para dejarte a cambio la certeza de un hombre real que simplemente te anhela, desde siempre, desde antes de conocerte, desde antes de saber que existías, desde antes de saber que ya habías nacido. Que sientas que ya no podrás dar un paso sin pensar que me he atravesado en tu vida y en tu alma. Que sientas que soy un invasor que desmantela tu vida, tus recuerdos y tus anhelos con la única intensión de que me mires a la cara, aunque sea por una hora, aunque sea por un minuto, y sientas por mí, por ese bandolero, por ese invasor, por esa emboscada en la que me he convertido, algo parecido al amor.
Soy ambicioso: de ti, lo quiero todo.

Rafael



CAPITULO II


Sandra y yo continuamos escribiéndonos a diario.

Se me ocurrió hacerle llegar un álbum de fotografías, para lo cual me dediqué a la grata tarea de fotografiarme a mí mismo, a mi apartamento, a los lugares que me resultaban más emblemáticos de Caracas: los derruidos jardines de El Calvario, a donde de niño fui muchas veces a pasear; las Torres de El Silencio, donde mi madre había trabajado como ascensorista a finales de los años sesenta; las Torres gemelas de Parque Central, las más alta de la ciudad; la fachada de la Clínica "Leopoldo Aguerrevere", donde seis años atrás había nacido mi hijo Eduardo José; el centro comercial de mi barrio, donde semanalmente hacía el mercado y cortaba cada dos meses mi cabello; la entrada principal del Sambil, a donde había prometido a Sandra llevarla apenas pisara Caracas para reírnos de las más provinciana manía caraqueña de pasearse por sus pasillos sin comprar nada; el Grupo Escolar Nacional "Sorocaíma", la escuela pública en la que había estudiado la primaria; la acabada fachada, el destartalado mostrador y el ruinoso estudio de mi negocio, para que no se hiciera ilusiones de que yo era ni un gran comerciante ni un famoso fotógrafo. Además de tomar nuevas fotos, volví a copiar viejos negativos de mi hijo, mi mamá, mi hermana y mis tres sobrinos, quienes eran, sin más, mi familia. Lo mismo hice con Roberto y Alejandro, mis dos únicos y verdaderos amigos.

Durante unos cuantos días oculté a Sandra las fotografías que estaba tomando para ella, diciéndole apenas que estaba preparándole una sorpresa. Pero más pudo la tentación de decírselo que mis ganas de sorprenderla y, así, le confesé mis planes. Entusiasmada por la idea, ella comenzó a armar para mí su propio álbum de fotografías.

A pesar de que Sandra era la empleada más joven de la estética en la que trabajaba, era la encargada. La estética era uno de cinco locales esparcidos, además de Guadalajara, en D.F., Acapulco y Cancún. La dueña era Josefina Juárez (Sandra se refería a ella como JJ). Según me explicó, tenían internet en el negocio para facilitar el envío del reporte diario que Sandra le hacía llegar al administrador de la red de los cinco salones de belleza. Sandra debía permanecer en el local por lo menos doce horas al día, de las cuales trabajaba como peluquera unas ocho horas. El resto del tiempo lo usaba para labores administrativas del local. Aún así, le quedaba suficiente tiempo libre para escribirme sus emails o chatear un rato conmigo.

Habíamos adoptado la costumbre de hacer contacto telefónico por lo menos una vez a la semana. Ella me llamaba indistintamente a mi casa, al negocio o al celular. Yo la llamaba a la estética, ya que era el único teléfono que tenía de ella, además de su celular, pero a éste último era verdaderamente imposible comunicarse, aún a través de operadores de la compañía telefónica en Venezuela y/o México.

Aunque me costara admitirlo, el caso era que andaba hundido hasta el cuello en un romance por internet con una chica a la que nunca había visto en mi vida, salvo por unas cinco fotografías que había recibido de ella vía email. Recordé al príncipe Mishkin, en El idiota de Dostoievsky, que se había enamorado de Nastasia Filíppovna a través de una fotografía de su hermoso y portentoso rostro. Cuando la vio en persona, pocas horas más tarde, no la encontró ni tan bella ni tan portentosa, pero ya el aguijón de su imperfecta belleza había envenenado el alma del atolondrado príncipe. Y era precisamente esas imperfecciones de Nastasia Filíppovna las que le permitían a Mishkin beber su formidable hermosura de mujer.

Sandra era para mí como un rompecabezas, como una mujer hecha pedazos que se me mostraba en fragmentos: su voz casi de niña a través del hilo telefónico; su rostro, su cuerpo, su blancura y sus inquietantes labios a través de sus fotos; y su alma, a través de palabras escritas. El conjunto era tan delicioso y apetitoso, que me hacía daño cerrar los ojos e imaginármela y saber que estaba, al menos de momento, a cuatro mil kilómetros de distancia.

Aun así, no me olvidaba ni por un minuto de las frustradas historias de amor de esas dos chicas, la colombiana y la argentina, entregadas durante años a cultivar una relación virtual que nunca traspasó las fronteras de los emails, los chateos, las llamadas telefónicas y uno que otro paquete con fotografías enviados por correo convencional. Yo no estaba dispuesto a jugar ese papelote y, aún sin decírselo de esa forma, siempre le hacía saber a Sandra que debíamos planear la forma de vernos lo más pronto posible.

No podía ser directo con Sandra sobre este asunto, primero, para que no sintiera que estaba tratando de provocar un encuentro prematuro y, en consecuencia, quizás desastroso. La segunda razón, y quizás la más importante, era que las deudas me estaban comiendo vivo. La tienda fotográfica cada día iba peor. Prácticamente iba al negocio para abrir la santamaría en las mañanas y cerrarla en las tardes sin que la caja registradora hubiera sonado ni una sola vez en todo el día. Cada vez con más frecuencia la gente le pedía a algún amigo o familiar que le tomara las fotos de sus bodas o cumpleaños. Esto sin contar con las malditas camaritas digitales, que ahora todos las querían y que para verse allí mismo, dos segundos después de haber sido tomadas. Y las podían enviar luego por internet, y podían imprimir las que más les gustaran en sus impresoras caseras. Les importaba un comino que la calidad fuese infame. Además, a todas luces, una vez que tenían las camaritas esas, el costo de cada foto era mínimo, casi nulo.

El caso es que no tenía dinero para hacer ese viaje a Guadalajara. Así que si me ponía muy insistente con el asunto, capaz que Sandra me dijera «pues, tome su avión y véngase, que aquí será bien recibido».


De: "Sandra López"
Para: r-anzola22361@cantv.net
Asunto: Mi familia
Fecha: mart, 5 sept 2000, 19:55 H —0600


¡Rafaelito!

Se me ocurre platicarte sobre mi familia, ¿aguantarás un tema tan
aburridor?

Familia López González:
Padre: Francisco, edad sesenta y cinco años, carpintero.
Madre: María del Socorro, edad sesenta años, ama de casa.
Primer Hijo: Jorge, edad treinta y cuatro años, casado, tres hijos, vive en California, USA. Cocinero.
Segundo hijo: José Francisco, treinta y dos años, casado, dos hijos, vive en California, USA. Cocinero.
Tercer hijo (YO, jajaja): Sandra Berenice López González, veinticinco años, soltera, vivo en Guadalajara, Estilista.
Cuarto hijo: María del Socorro, dieciséis años, soltera con novio, vive en Guadalajara. Estudiante de Segundo de preparatoria.
Quinto hijo: Luz Adriana, quince años, anda de loca con su primer novio, vive en Guadalajara. Estudiante del primero de preparatoria.

Esta es mi familia. Y como te darás cuenta, mis hermanos mayores ya formaron sus propia estirpe, así que en mi casa (tu casa cuando gustes) mantenemos la economía entre mi padre y yo. Como ya te platiqué antes, mi padre cada día le ponen más trabas en el trabajo, se cansa más rápido, trabaja menos y, por lo tanto, cada vez sus ganancias merman más. Esto es duro para la economía de mi hogar, pero más duro para la autoestima de mi padre, que a diario trata de demostrar que aún está fuerte, pero por la noche se le ve la cara y el cuerpo realmente cansados. Él es un hombre muy trabajador y muy luchón, desde los catorce años tomó las riendas de su vida y siempre ha sabido salir adelante. Hace once años cuando unos amigos le ofrecieron asociarse en una fábrica de muebles de cocinas y laboratorios, todos pensamos que finalmente su buena estrella lo había iluminado. Él no tenia capital para invertir, así que sólo puso su trabajo y experiencia. Como no invirtió dinero, tenía menos ganancias que los otros dos socios, pero aun así ganó lo suficiente como para darnos una vida muy buena. Mientras esto duró, logró comprar dos buenas casas y una camioneta del año. A mis hermanos y a mí nos pusieron a estudiar en el mejor colegio de Guadalajara. En fin, todo era vida y dulzura. Todo parecía un sueño y así fue. De la noche a la mañana desaparecieron los amiguísimos-socios de mi padre, y junto con ellos, toda la maquinaria de la fábrica. Pero olvidaron llevarse las facturas que aún se debían de las dichosas máquinas y del material que por dos años no se había pagado. Así quebró la compañía y se acabó el sueño. Papá estuvo a punto de ir a la cárcel, pero gracias a Dios que había comprado las casas y eso sirvió de fianza, se vendió la camioneta, se acabaron los colegios privados, nos quedamos sin muebles. Total, sólo nos quedó el techo donde vivimos, pero con una hipoteca de diez años.

Mis hermanos para poder ayudar a mi padre se fueron a USA para ganar un poco más. Yo empecé a trabajar de ayudante en una estética. ¿Que si me explotaban? Como a una negra, pero me sentía feliz ayudando a la familia con mis cien pesitos a la semana. ¡Bendito sea Dios! Ya llevamos dos años sin apuros económicos y lo mejor de todo, sin el miedo de volver a perderlo todo. Hoy sólo nos queda el pago de la hipoteca y las mensualidades de un carrito que nos hacia mucha falta y ,claro, los gastos normales de una casa y una familia. Como por lógica sabrás, mis hermanos desde que se casaron ya no nos pueden ayudar, ellos tienen sus propios problemas, así que entre mi padre y yo tratamos de lo que podemos para que mi madre y mis hermanas vivan bien. ¡FIN! No ,no es verdad, continúa...

Yo sé que así me fuera a vivir a la China, nunca me separaría de mi familia, siempre estaríamos unidos por más distancia física que existiera entre nosotros. Cuando te digo que no estoy en condiciones de dejar a mi familia, me refiero en el plan económico. Mira, Rafael, mi padre por la edad, aunque se ve físicamente fuerte, ya no es el mismo de hace diez años. Últimamente yo noto que se cansa demasiado. Tú bien sabes que el trabajo de carpintería requiere mucho esfuerzo físico y él ya no está tan fuerte como quiere hacernos creer. Ya casi no le dan trabajo, y donde ahora labora apenas gana mil pesos por semana, lo cual sólo sirve para comprar los alimentos de la semana y nada más. Tenemos que cubrir los pagos de la hipoteca que aun faltan dos años para terminar con eso, la mensualidad del coche que faltan como seis meses, y cubrir todos los gastitos que da una casa como son la luz, el gas, el agua, el teléfono, la internet, los útiles escolares, etc., etc. Gastitos pequeños, pero que juntos suman una buena cantidad. Todo eso yo lo cubro, no me pesa, me siento en condiciones para poder hacerlo. Afortunadamente mi trabajo me da para hacer eso, pero a veces me provoca ver ya el fin de las deudas grandes como la hipoteca y el coche.

Afortunadamente mi trabajo es una bendición. Es una delicia siempre tener el dinero necesario para no andar con sustos. Aunque de chiquilla nunca llegué a pensar en ser estilista, no dejo de reconocer que el destino se movió para favorecerme y hacerme caer en esto. Y aunque nunca me doy el lujo de rechazar ningún trabajo, siempre me queda tiempo para estar en contacto con mis amigos. Pero eso sí, Rafael, tengo que cuidar cada peso que gano, y estar calculando que si me gasto uno, éste no me vaya a faltar al final del mes.

Bueno estas son las razones, Rafael, por las que me detengo a pensar tanto antes de salir en un viaje a Venezuela en donde no sé si nuestros problemas -los tuyos y los míos- van a terminar o verdaderamente van a comenzar.

¿QUE ONDA?...es como decir ¿que pasa? ¿como estás? ¿que haces? Es nada más por decir algo. Anoche mientras te escribía me sentí tan seria, tan "profunda", tan expuesta y tan formal que quise aligerarme un poco con un «¿Que onda?» No es nada importante ni significa nada en especial.

RAFAEL, ¡YA DESPIERTA! Supongo que estás tan cansado y desvelado que mientras me leías por lo menos tres pestañadas has dado. Ya te dejo, ya te arrulle lo suficiente, ve y duérmete un ratico a mi salud, ¿okey?

Por lo pronto tengo la agenda llena, pero si me cancelan mañana alguna cita te aviso a ver si puedes y quieres chatear, ¿okey?

Hasta prontito... Un beso ¿con sueño pero risueño?
Sandra.


De: "Sandra López"
Para: r-anzola22361@cantv.net
Asunto: Hola, soy Sandra :—)
Fecha: juev, 7 sept 2000, 17:51 H —0600

¡¡Hola!!

¿Como estuvo tu reunión? ¿Cenaste? ¿Te portaste bien?

Mmm, espero que sí, porque si te portaste mal, ¡eso sí que no te la perdono!

Tengo una curiosidad: ¿Lo haces con toda intención o sólo es casualidad? Digo, el que siempre que te despides de mí me dejas una "tarea" para pensar y pensar y ¡no dejar de pensar! Es una táctica que te traes conmigo, ¿verdad?

Pues si, mira que tengo que pensar y ¡mucho! Si esto sigue avanzando, ¿qué les voy a decir a papás y a mis hermanos?, y ¡¿cómo se los voy a decir?!

¡Mira que locura! ¿Cuando, a qué hora se me pasó por la cabeza que alguna vez viajaría a Venezuela? Y ahora me escucho diciendo que puede ser que en cinco meses este allá, ¡contigo! ¡Qué locura, Rafael!

Vaya, que mañana no me voy a sorprender si me pongo a preparar maletas. Rafa, ¿dónde esta mi cabeza, dónde está mi razón? De verdad, no me reconozco, yo no soy así... ¿No pusiste algún tipo de droga en tus emails? O quizás en los hielos del... ¡ah!, pero no, no me has dado ninguna bebida...¿verdad, Rafa? Algo debe estar pasando en el ambiente, quizás la capa de ozono está afectando mis neuronas. ¿O será cosa del diablo? ¡Uy!, eso si nos debería de dar mucho miedo, ¿no?.

Ya mejor no me cuestiono nada, creo que no encontrare respuestas... Sólo quería decirte que no voy a dejar de pensarte, y gracias por las "tareas" que me dejas...¿ok? Quiero desearte que en tu viaje te vaya muy bien, que te diviertas cuando se deba y que descanses cuando lo necesites.

¿Cuantos días vas a estar fuera? ¿Dos o tres?, Bueno, por cada día que estés lejos de casa te mando un beso...sólo uno por día, así que no los desperdicies ni los vayas a tirar, recuerda: "Un beso por día", ¿ok?

¡Ah!, otra cosita. Quería pedirte algo que siempre olvido decirte: cuando vayas a llamarme a la estética, ¿me avisarías primero por email, por favor? Te explico la razón: a ese teléfono no le funciona el timbre y cuando alguien llama, sólo se enciende una luz que parpadea, y como no esté algunas de nosotras viéndolo, pues nadie contestará. El teléfono está en la oficina donde se encuentra la computadora y no está a la vista desde la sala de la estética. Así que cuando quieras hablarme, por favor avísame cuando y a qué hora, para estar pendiente, ¿okey?.

Ahora sí, hasta pronto... y ¡buenas noches!
Sandra
P.D. En serio, ¡te voy a extrañar!



De: "Sandra López"
Para: r-anzola22361@cantv.net
Asunto: Hola, soy Sandra :—)
Fecha: sáb, 9 sept 2000, 10:20 H —0600

Aún debes estar de viaje, ¿cómo andarás? ¿Muchas cervecitas, mucho tequila? ¿Te gusta el tequila? Yo tomo poco. Con dos tragos ¡pum!, ya estoy lista, así que me tendrás que enseñar a tomar.

Anoche estuve con Mónica como te platique, pero no me anime a contarle nada de ti. No creo que me ayude mucho lo que me va a decir, ella o quien sea: yo misma me lo digo cada hora: ¡estoy loca! En todo el tiempo que charle con ella, pensaba en todo lo que me diría, y sinceramente aun no se me antoja que me despierten.

No dejo de pensar en ti y en toda esta situación, por más vueltas que le doy al asunto, no encuentro donde comenzó todo este lío.

Rafael, sin que me lo tengas que recordar, ¡¡te extraño!!

Hasta pronto... Un beso...(triste ). Sandra
PD: Escríbeme apenas llegues, por fa.




De: "Sandra López"
Para: r-anzola22361@cantv.net
Asunto: ¡Al fin noticias tuyas!
Fecha: dom, 10 sept 2000, 22:01 H —0600

Hola!! [:—)]< ¡Que alegría "verte", Rafa! Me alegra mucho que ya estés en casa y estés sano y salvo. Recién mi familia y yo vamos llegando, desde temprano nos fuimos a Tequila (un pueblo de Jalisco, ¿has oído de él?) a la boda de una prima. Mónica si me notó algo distraída y me preguntó si me pasaba algo, y le dije "creo que me estoy enamorando", pero no me creyó, porque sabe que no estoy saliendo con nadie... Y hace un rato en la fiesta me volvió a preguntar, le di la misma contestación riéndome (no sé si de nervios o de miedo a que me creyera), pero me dijo que no fuera ¡payasa! Le dije que era un secreto, que pronto se lo diría, me insistió a que se lo hiciera allí mismo, pero le dije que más adelante le platicaba todo... Creo que se molestó un poco. La llamaré por teléfono y le platicaré un ratito, en persona no me animo, porque se que tendría que contarle todo, no me dejaría en paz hasta saberlo todo... Que cobarde soy, ¿verdad? Gracias por las fotos que estas haciendo para enviármelas. La foto que tengo tuya me gusta. ¿Sabes?, la miro a diario y me imagino cómo sería ver tu sonrisa y ver cómo me miras a mí. Hoy estuve pensándote mucho, y más durante la ceremonia religiosa (quizás por la paz de la iglesia). Repasé todo lo que me has escrito, y volví a sentir todos los sentimientos que has despertado en mí, pero sobre todo el miedo... Ya descubrí que no es tanto miedo a ti, sino a ¡mí! Miedo a no saber de lo que soy capaz. Quizás esto no deba decírtelo, pero me espanta el como me estoy dejando llevar. Caramba, Rafael. ¿Ya reflexionaste todo lo que me has dicho? Si tuvieras una hija y algo así le sucediera a ella ¿qué le aconsejarías? ¿La alentarías a seguir adelante o te opondrías de plano? ¿Sí me explico bien? ¿Me comprendes? Compréndeme por favor, Rafael. Mira en qué lío me has metido, lobito. ¿Me perdonas si aún no te doy el teléfono de mi casa? Deja sentirme más segura, ¿sí? Por favor, ¿sí? Si quieres y puedes me llamas mañana a la estética. Te aviso temprano a qué hora puedo estar junto al teléfono, ¿sí? Voy a pecar de tonta contigo, pero a veces te pienso y quiero llorar de alegría y de tristeza. ¡No quiero que termine este sueño! ¡Te empiezo a querer, Rafael! Un beso... Sandra. De: "Sandra López"
Para: r-anzola22361@cantv.net
Asunto: El regaño de Mónica...
Fecha: lun, 11 sept 2000, 22:01 H —0600

Gracias por avisarme que hoy no podremos chatear. No te preocupes, te entiendo. Me hubiera gustado seguir charlando contigo el día de hoy, pero ya será en otro momento, ¿verdad?

Qué bien que me dices que también tienes vida social, por un momento pensé que sólo trabajo era tu vida. ¡Diviértete mucho!

Déjame te platico que ya le hablé de ti a Mónica. Te cuento más o menos lo que le dije, pero antes déjame actualizarte un poco de mi relación con mi amiga, para que puedas comprenderla mejor. Nos conocemos desde que teníamos ella tres y yo dos añitos. Era mi vecina y siempre jugábamos juntas. Cuando ella tenía once años sus padres murieron en un accidente de coche. Eso nos unió mucho más, y nos hizo muy buenas amigas, casi hermanas o quizás mejor que hermanas, porque tenemos la franqueza de decirnos nuestras verdades y el cariño para no sentirnos heridas por ello. Con el tiempo ella se ha convertido en un miembro más de mi familia y mis padres la ven como a una hija.

Somos muy diferentes en carácter, y quizás por eso nos entendemos mejor. Creo que nos complementamos. Mientras yo soy la bien portada, Mónica es como ella misma se dice ¡"una vale madre"! Es necesario que te diga que ella ha tenido todos los novios que ha querido, ya perdí la cuenta y creo que ella también. Es de las que conoce un muchacho en la mañana, por la tarde ya es su novio y en la noche tiene el corazón "partío". De todos los novios que ha tenido creo que sólo un par de ellos le han durado más de dos meses. No es que lo haga a propósito, si no que se ha enredado con las personas equivocadas y no se da tiempo a conocerlas lo suficiente antes de embarcarse en una relación.

Bueno, total que ayer noche le platiqué con santo y seña lo que pasó en la fiesta después que ella se fue, y sólo al final le dije un poquitito de ti. Le conté que tenias treinta y nueve años, divorciado y muy inteligente, que creo que eres muy amoroso y todo un caballero (nada de bandolero, como tú insistes en llamarte a ti mismo, creo que por el sólo placer de aterrorizarme) y que estabas llegando a mi corazón de una forma poco usual, por email y chateando. Le aclaré que eres de Venezuela y que sólo te conocía por una foto y que apenas tenemos ¡treinta y cuatro días tratándonos! Le dije que me gustabas, pero que todavía lo estaba pensando mucho. Esto se lo dije para que no me creyera tan inconsciente, tú sabes, ¿no? Mientras yo hablaba no me interrumpió para nada, en un momento me dio la impresión que estaba anotando todo lo que le decía, porque sólo me decía "aja" "mmm" "si". Me dejó hablar y le pude decir mis inquietudes, mis temores, mis dudas, en fin, todo. Cuando terminé, ella me empezó hablar de sus experiencias y cuántas veces ella creyó estar segura de encontrar al amor de su vida y sólo fue un fraude más. No te voy a mentir, no me despejó ninguna duda, Rafael, al contrario, acrecentó mis temores. Pero sí me dijo que me dejara llevar, pero que ¡NO CERRARA LOS OJOS! Después me hizo varias preguntas para aclarar algunos puntos de nuestra historia. Cuando lo hice, me dijo: "Sandra, es muy bonito todo, pero es muy sospechoso, ten mucho cuidado". Me dijo que le preocupaba todo, y que si decidía continuar en contacto contigo, que la mantuviera muy bien informada. Que si yo quería aún no les dijera nada a mis padres pero que a ella no le ocultara ¡nada!

¿Sabes? En el fondo quería platicarle todo esto a Mónica porque pensé que me inyectaría algo de su "vale madre" y algo de sus destrampadas locuras, pero no fue así. Quizás ya de tanto juntarse conmigo ya le pegue un poco de lo precavida que soy.

Claro, Rafael, ella no será tu archienemiga, como tú la llamas. Ella es solo mi amiga y me quiere mucho, por eso ,según ella, me protege y me cuida como a su hermanita menor, aunque las más de las veces se comporta más inmadura que yo.

Y bueno, ojalá tú sí puedas convencer a mi "Angelita" de que no debe temerte y que ella me ayude a mí también a confiar más en ti.

Que bueno que hoy hubo mucho trabajo y no tuve tiempo de estar mucho en esta máquina, si no te hubiera extrañado mucho más. Ahora que entré y encontré mi bandeja de emails vacía, me sentí un poquito triste. Creo que cada día estás tomando un poco más de mi vida, pero no estoy segura si sea bueno o malo.

Poco a poco le iré contando a Mónica lo demás. Ya te platicaré lo que me vaya diciendo. ¿Cómo lo ves?, ¿estuvo bien lo que le dije?, ¿o le dije de más?

Apenas te envíe este email, me conecto al chat. Quiero ver si me encuentro con una amiga, si puedes y quieres, búscame, estaré en el salón de Puerto Rico, ¿okey?

Hasta prontito. Un beso.... Sandra.



De: "Sandra López"
Para: r-anzola22361@cantv.net
Asunto: ¡HOLA!, SOY YO...
Fecha: lun, 18 sept 2000, 9:28 H —0600


¡¡Hola!!

Buenos días, ¡¡Rafael!! ¿Que tal dormiste?...¿No sientes que te remuerde la conciencia? Disfrutas mucho por no dejarme dormir, ¿verdad? Te lo juro, una semana más así y me voy a morir, ¿okey?

Me has quitado el apetito, y mira que para que eso suceda debe ser algo realmente muy importante. No logro concentrarme, cualquier día me atropella un coche por andar pensándote. No conforme con eso, no me dejas ni ¡dormir! :-( He tenido una noche, que aunque fueras mi peor enemigo te la deseo: me despertaba ¡CADA MEDIA HORA! ¡Quiero llorar! :-(

Sí, Rafael, claro que me atrevería hacer todo lo que me dices, pero no tan !RÁPIDO! al menos no dentro de una semana, ni en un mes y quizás ni en cinco meses. ¿Sabes qué me pasa? Yo tengo en mi cabeza a dos Sandras, así como vez en las caricaturas: del lado izquierdo tengo a la "Sandrita diablo" y del lado derecho a la "Sandrita ángel". Y siempre están ahí, hablándome y metiéndose en mis decisiones. A veces no me molestan y dejan que yo me imponga. Pero desde que te conocí, no me han dejado en paz ni un segundo, aquello parece una convención política. Cada vez gritan más fuerte cada una por su lado, a tal punto que anoche sentí que me ahogaban. Me hablan tanto que me siento chiquita y a ellas cada vez más grandes. Te juro que creo que me ¡ahogan! La "Sandra ángel" me dice que no confíe lo que me dices, que tú puedes ser incluso hasta un traficante de drogas (jajaja, es broma). Mientras la otra, la "Sandra diablo", me dice que YA me monte en ese avión y me olvide de todo lo que dejo. Y en todo esto yo tengo que tomar un camino sin obedecer ni a una ni a otra. ¿Te animas Rafael a lidiar no sólo conmigo, sino con las tres? Piénsatelo bien, estoy muy, muy, pero muy ¡loca!

Estoy comprobando que es verdad que eres un bandolero. ¡No seas tan tramposo!, en todo este tiempo no haces otra cosa que ponerme trampas. Yo soy una niña buena, no soy mal pensada, soy limpia, trato de no pensar más allá de lo que veo, y TÚ me haces pensar en una ¡"boda en una capilla de algún pueblito mexicano"! Por favor, Rafael, no acostumbro a decir malas palabras, pero te juro que estás haciendo que piense unas muy buenas dedicadas a ti... pin..., Rafael. No me hagas imaginar tanto así, por favor.

¿Sabes? A veces me molesta ser como soy. Quisiera no ser tan "equilibrada", y dejar que mi balanza se inclinara de un lado o del otro y saber aprovechar y disfrutar el momento, pero es más fuerte que yo.

¿Te molesta mucho que no quiera ir tan rápido como tú? Cuando te pienso quisiera correr así como tú lo haces, y no fijarme en las consecuencias. Como te digo, me preocupa mucho la vida diaria. Si yo decido estar contigo no sólo querré ser tu compañera de cama, si no tu amiga, tu alumna, querré ser tu confidente, en fin , ¿eso es mucho pedir? ¿es mucha ambición de mi parte? Dime la verdad, por favor.

¡Deseo tanto conocerte en persona!... sólo para romperte la cabeza por todo lo que me estas haciendo. Y lo digo en serio. Jajaja...

Hoy casi no tengo trabajo, estoy libre hasta el mediodía y después de las cinco de la tarde (hora de México). Si quieres podríamos "vernos" en el chat, ¿te parece? Con todo esto que te he escrito, puedes reírte todo lo que